PREMIO DE LA COMUNICACION DE LA ASOC. DE LA PRENSA DE SEVILLA

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4 de febrero, Día Mundial Contra el Cáncer. #yomecuro

Hoy es el Día Mundial contra el Cáncer, y no es que sea el día de mi santo, pero sí que es una jornada que vivo con intensidad porque es el día de la enfermedad que me llegó hace algo más de un año y que se ha convertido en protagonista de mi vida. Afortunadamente por ahora estoy bien, mejor de lo esperado gracias a la eficacia del tratamiento -muy duro- que he recibido, y afortunadamente también creo que llevo encima mi cáncer de la forma más ligera, positiva y optimista de la que sido capaz. Es el #yomecuro. Por eso hoy me parece adecuado recordar su breve y sencillo mensaje.

#Yomecuro es una actitud, un propósito. No puede ser exactamente una afirmación ya que el cáncer se supera, no se cura. No es una herida que cicatrice, no es un sarampión, no se pasa. Pero eso no quiere decir que te mueras. En absoluto. Hace tiempo que el índice de supervivencia al cáncer es superior al número de fallecimientos, por tanto rompamos con la vieja idea, tenebrosa, terrible, de que CANCER=MUERTE. Ya no.

El cáncer es una enfermedad que no debemos ocultar. Cuántas veces leemos o escuchamos eso de “una larga y penosa enfermedad”, o “el bicho” para referirse en conversaciones informales…  Pues se llama cáncer, con todas sus letras, no es vergonzante ni deshonroso padecerlo. Llamarlo por su nombre es el primer paso para hacerle frente.

Tener cáncer es duro, es durísimo. Es muchas cosas, y además distintas para cada uno de los que lo padecemos. Respetando y comprendiendo al máximo la actitud de cada enfermo, #yomecuro invita, en la medida de lo posible, a ser positivo y optimista, a confiar en el tratamiento que nos dan nuestros médicos y en su eficacia. #Yomecuro es intentar que el cáncer no te tumbe en un sillón y te deje pegado a la tele, es intentar seguir haciendo tus cosas con normalidad. #Yomecuro es mantener nuestra sonrisa y la de las personas que nos rodean, especialmente la de quienes nos cuidan. Es ser consciente de que la vida sigue girando a nuestro alrededor y no tiene que detenerse. El cáncer no es un carnet, ni una excusa para ser egoístas.

El cáncer es un tsunami que cambia nuestra vida y la forma de percibirla. #Yomecuro es el propósito de ver las cosas buenas que nos trae el cáncer, porque aunque parezca paradójico, las trae. Recibir el cariño y la ayuda de los demás es un regalo maravilloso, sentimos a los nuestros mucho más cerca y todos coincidimos en que encontramos el verdadero valor de lo que realmente importa y empezamos a “pasar ampliamente” de cosas que antes nos traían de cabeza. Nuestra mirada ha cambiado para siempre.

No hay mucho más, #yomecuro es algo sencillo e incluso puede valer para quienes no tienen cáncer. A mí me funciona, y puedo afirmar que el cáncer me ha hecho mejor persona. Te invito a que lo hagas algo tuyo.

¡¡Gracias!!

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Buenas noches, papá

Puede que sienta más cerca la vida, puede. Puede que sea que la tengo más viva, y que en estos días de frío se haya alejado la muerte a buscar otro calor. Puede ser que me guste tanto vivir, tanto-tanto, que me enoja y entristece que mi cuerpo no me permita saltar de una sonrisa a otra, ni caminar rápido entre decenas de amigos, ni correr detrás de las ilusiones que hace unos meses no quería albergar.

Puede que me den miedo las esperanzas, mirar el  calendario hacia los meses de abajo, la llegada de la primavera y hasta mi Feria de Abril. Puede que mire a mi pelo temiendo que crezca y  que me asuste en ocasiones al escuchar, otra vez tronando, mi propia voz. Puede que me dé pavor no llegar al bautizo de mi ahijado Valentín. Puede que no sea cansancio lo que me acuesta sino recelo a salir a disfrutar del sol. Puede ser.

Puede que cada sesión de quimio sea un clavo al que me agarro, que encuentre confortable el Hospital y que cada pastilla que tomo sea como una dosis de “todo sigue igual”. Y es que puede ser, puede, que sentirme mejor me esté llenando de incertidumbres y esté barnizando con laca de miedos todas las ilusiones que el cáncer me quitó hace ya más de un año.

Es miedo a encontrarme bien por si más adelante vuelvo a encontrarme fatal, miedo a creer que me estoy curando, miedo a olvidar que dentro de cuatro semanas un TAC y una Resonancia Magnética serán un tribunal inapelable que dicte cómo están mis metástasis, y si pintan bastos, tendré que volver a parar. Ya no quiero parar pero tengo miedo a todo aquello que me espera si voy a poder seguir.

Qué paradoja… He sido capaz de encajar el peor de los miedos, el miedo a la muerte, y ahora me turba una posible vuelta a mi vida porque no sería capaz de resistir un diagnóstico malo cuando ya me haya instalado de nuevo en la ilusión. Me deslumbra tanto la vida que, convertida ya para mí  en una suerte frágil, tiemblo al ser consciente de que se puede apagar. Porque en este tiempo he visto morir o empeorar a personas como yo, mejores, mucho mejores que yo.

Ese es hoy mi miedo, pero desde hace días mi hija Julia me manda antes de acostarse un mensaje de audio diciendo “buenas noches, papá”  y saca, potente e intacta,  la fuerza que me determinó a acuñar mi lema y ya el de tantos: #yomecuro. Es un resorte que me impulsa,  arrasa con la posibilidad de  instalarme en ese miedo y sin elección me lleva a levantar la vista, a pronunciar de nuevo la palabra “futuro”, a querer escuchar esta voz mía por la radio, a ser más valiente y a volver a besar -como ya os dije- el aire que respiramos.

Nada en la vida, y tampoco el cáncer, es blanco o negro, o par o impar. La vida es compleja y claro, el cáncer también. Quizá yo lo tenga más fácil porque yo sé, estoy seguro, que yo me curo.

PD: La ilustración es de @CCornejo21, my girl.
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Las caras del cáncer

El dolor tiene gesto, el miedo tiene manos y a la esperanza le he escuchado la voz. Me gusta cómo camina la ilusión y he visto los ojos de la incertidumbre. Porque yo, al cáncer,  ya le pongo cara. Cuando hablo de la enfermedad, veo caras. Si hablo del día de una revisión, de la salida de una quimio, de cuando el oncólogo tiene algo malo que decirte, o de esperar unos resultados, veo las caras de personas que a lo largo de último año he conocido y como yo, tienen cáncer.

Benito sonreía nervioso, todavía sin pelo, cuando entró a verme mientras yo me daba una quimio de las malas en el Hospital. El médico acababa de decirle que estaba como nuevo. No pudimos darnos un abrazo en nuestro primer encuentro porque yo estaba conectado a la máquina. Su cara, con sus ojos bien abiertos, era la de la prisa por comunicárselo a los suyos, y aún así  el primero en saberlo fui yo. Al día siguiente me escribió diciendo que después de meses con una especie de nebulosa gris, su cabeza estaba limpia y emocionada. Twitter y el #yomecuro han cruzado nuestros caminos.

A Manoli se le ha reproducido el tumor que tiene alojado en el cerebro, me ha escrito pidiendo una ayuda que yo no puedo darle. Su cara es de una mujer asustada porque el ensayo clínico no funciona y ya no la pueden operar.

Marina sonríe, Marina se ríe desde su silla de ruedas, con hidrocefalia y parálisis cerebral.  Su cara es la de la alegría y me remata diciendo que vivir es precioso. Mi cara es de admiración.

José  Manuel no tiene cáncer pero su madre sí. Me habla de ilusión para recorrer el camino que les espera. Su cara es la de la determinación. Como Diego, que hace unas semanas llevó al mar de Almería las cenizas de su padre, como homenaje a quien no perdió la entereza en ningún momento. Gema asegura que nadie es lo suficientemente fuerte como para aguantar esto. Ella lo está aguantando porque aunque ha tenido  mucho miedo, muchísimo,  ya lo ha arrinconado. Su cara es la de la seguridad y la confianza.

Ese miedo está ahora en el rostro de Mónica, quien acaba de recibir la mala noticia de que su cáncer está instalado en el hueso de la frente tras pasar por el pulmón y destruir sus mamas. Está dispuesta a luchar de nuevo pero en su cara hay hastío y pereza al saber la dureza del tratamiento que le espera.

Pepi tiene en la cara el orgullo por su sobrina, dos años con cáncer y demostrando un coraje excepcional. Y Nati con su padre, o Ramiro, que quiere tomarse unas cervezas conmigo para comentar nuestro cáncer de pulmón, y Raquel, está Angel, lo último que supe de él es que estaba en paliativos… Virginia, que ha vuelto a correr pero aún le duele al agacharse con los niños… Y también está, Pepa, Amelia, Ana Belén preocupada por “el amor de su vida”, Alberto preocupado por uno de sus huevos, o Paqui preocupada por las reacciones de la gente…

Pilar ha aprendido a llorar sin que la vean, sobre todo su pequeño Julio, su hijo, esperando que lo de la médula salga bien. O Juanma, que es caso aparte (juanmadiaz.es), lleva casi dos meses hospitalizado, grandes dolores, los médicos buscando los caminos y él animando a los suyos y concitando una oleada de apoyos por ser un enfermo ejemplar.

A alguno desgraciadamente le hemos dicho adiós, como Antonio Roales, y quizá alguno más y no nos hemos enterado. Esto es lo que acaba con la épica del cáncer: la derrota, la muerte.

Y por seguir nombrando a algunos… Milena, Manoli, Isabel, Mari Paz, Belén que me da estupendos consejos y ojalá haya podido volver a trabajar, Pedro, Antonio, Elisa, Justi, Lole, José Luis, Juan, Efraín, Chema, Nito, Antonio, Jeanette, Cecilia, Alberto, Mercé, Rosa… Y tanto otros… En Twitter estamos casi 11.000 en torno al #yomecuro. Personas que de una forma u otra tienen o han tenido cerca el cáncer. Por eso ahora, cuando hablo del cáncer, cuando he pedido SALUD al año recién estrenado, ya no pienso tanto en cifras y esas cosas. Hablo y no hace falta que cierre los ojos para que pueda ver  esas caras y esas historias, caras como la mía, historias como la mía, historias de personas que  tenemos la muerte cerca, nosotros, los que queremos VIVIR.

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Hoy hace un año

Hoy hace un año que tengo cáncer. Hoy hace un año que me encontré mal y fui a Urgencias del Hospital Virgen del Rocío y vieron una mancha negra en un pulmón. Hoy hace un año que cambió mi vida.

Como hoy, era el día del Sorteo del Gordo. Uno de los días que más me gusta trabajar en la radio. Pero no me encontraba bien, sentía un dolor en el pecho que subía de intensidad a medida que pasaban las horas y se iban repartiendo millones. En el último tramo del programa, de 13 a 14, el dolor era ya muy intenso. Aun así me fui a comer con Jorge y Humanes, era nuestra comida de Navidad, tres buenos amigos que nos dábamos un homenaje y no quería fallar a pesar de lo mal que me encontraba. Pasé por casa antes de la comida y,  sin saber por qué ni para qué, me llevé un termómetro, algo totalmente inútil en esas circunstancias. Comimos y nos fuimos a tomar una copa. Yo estaba mal. Cristina, mi novia, se sumó al copicheo, así como Ana e Isabel, dos buenas amigas de la radio. No aguanté mucho y Cris insistió en que nos fuéramos a casa. Así lo hicimos.

Pasaron unas cuantas horas de dolor, como si me hubieran dado una patada en el pecho, pero son horas que no recuerdo muy bien. Pasada la media noche le dije a Cris que llamara a una ambulancia que finalmente no vino porque no atendía este tipo de cosas. Entonces cogimos el coche y pusimos rumbo al Hospital. Creo que no pasaron muchas horas -quizá el efecto de un fuerte calmante me ayudó a hacer la espera más liviana- hasta que me vi en la consulta de los médicos, una mujer y un hombre, que tenían en la mano mi radiografía.

 

Pericarditis. Usted sufre una pericarditis, es una inflamación de la membrana que cubre el corazón.

– Vale.

– Pero mire aquí, en la parte baja de su pulmón derecho… ¿ve esta mancha negra?

– La veo. ¿Qué es?

– Nosotros aquí no se lo podemos decir con exactitud, pero podría ser un cáncer. O quizá neumonía. Ya le hemos cerrado una cita urgente con Neumología dentro de tan solo unos días para que los especialistas lo analicen con detenimiento.

– ….

A partir de ahí solo recuerdo la palabra “cáncer” rebotando en mi cerebro y la cara asustada de Cris en el coche regresando a casa. Y mi empeño en no decir nada a nadie. El pecho me seguía doliendo pero mi mente ya no se centraba ahí. “Cáncer, cáncer… o no. Quizá no. Acabo de cumplir 50 años y tengo dos hijos que me necesitan mucho. Quizá no” En el coche también comentamos lo que nos habían dicho en Urgencias, que gracias a la pericarditis la mancha negra había sido descubierta. Bendita pericarditis, eso pienso ahora, pero aquella noche de frío en Sevilla no lo veía así. No sé que veía.

Recuperándome del dolor hice una vida casi normal hasta la cita con la neumóloga días después. Antes de esa cita los médicos vieron mi caso mientras yo estaba en Madrid y se decantaron   por una posible neumonía; de hecho me pusieron un tratamiento. Sin embargo cuando ya estuve frente a la especialista, ésta tardó poco en enviarme inmediatamente a Urgencias del Virgen de Rocío porque allí estaban los aparatos para hacerme las pruebas adecuadas. Yo iba solo. Me hicieron esas pruebas. Cris no tardó en venir. No me daban los resultados y me dejaron allí conectado a unas máquinas. Mandaba mensajes a Jorge y a Humanes que respondían con incredulidad y optimismo. Como era muy probable que me quedara ingresado tuvo que ir a casa a por cosas para mí. Era por la tarde. Mientras Cris iba a Triana a por una muda y esas cosas, el médico responsable de Urgencias me llamó a su despacho. Me veía muy inquieto pero entero y por eso habló conmigo. Fue exquisito, delicado y muy amable. De verdad.

-Valentin, tienes cáncer, cáncer de pulmón, es grave. Lo siento. Tu novia está viniendo. ¿Quieres llamar a alguien? Toma mi móvil.

-Sí, gracias, voy a a llamar a mi hermana mayor, ella también es médico.

En ese momento mis decisiones dejaron de ser totalmente mías. En ese momento comenzó mi resistencia al cáncer. Ha pasado un año, una operación, cuatro metástasis,  41 sesiones de radioterapia, 8 de quimio de la dura, Tacs, resonancias, pruebas de todas clases y el tratamiento está siendo eficaz.

Ha pasado un año. Mi vida ha cambiado como nunca pude imaginar. Convivo con la muerte y con decenas de cosas hermosísimas que no había visto antes. Hago todo lo posible por curarme, recibo cariño a manos llenas y he llegado a la conclusión de que soy un tipo con buena suerte.

Y estoy vivo. VIVO.

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Y días normales

Los días van pasando, fluyen y no me hace falta buscar motivos para disfrutarlos. Estoy tumbado sobre mi cáncer, descansando de su amenaza y de sus requerimientos para sacarlo de mí. Está más presente en mi cuerpo que en mi mente. Me habla mediante el dolor en las articulaciones de los pies, el dolor en la zona donde estaba el medio pulmón que me han quitado, el dolor al pincharme la heparina y cada vez con menor intensidad, mediante el cansancio.

El miedo está desapareciendo y se lleva de la mano a la amenaza de muerte. Es la VIDA quien va rellenando los espacios que deja. No sé cuánto tiempo durará este intercambio, aunque no pienso demasiado en ello. Vivir me tiene ocupado, aunque sea una vida entre paréntesis, provisional y tan condicionada por la enfermedad. Estoy siendo feliz y también infeliz, es decir, que estoy viviendo. Tengo muchos días normales, aunque reconozco que lo normal sería que pudiera estar otra vez haciendo radio, trabajando. Lo echo de menos pero aún no estoy en condiciones para hacerlo, no sería serio. He sustituído -en parte- la actividad laboral por una intensa dedicación a mi presencia en las redes sociales arrastrado por el éxito del #yomecuro. Más de 10.000 seguidores dan mucho que hacer y llenan horas de sorpresas de todas clases, alegrías, tremendas penas, envíos de pulseras y mucha compañía. Sigue siendo un resorte de compromiso diario con el optimismo y con la actitud positiva para resistir al cáncer. Hay que resistir pase lo que pase hasta que ya no pase nada.

Percibo que lentamente la vida a mi alrededor gira con una velocidad y unos contenidos que se van alejando de mi condición de enfermo. Ese protagonismo del que he intentado huir siempre ya no atosiga como antes y hay más centros donde ocurren cosas en su alrededor. Vivo en un centro compartido. Me alivia el olvido. Mi aspecto ha mejorado y eso ayuda a que los demás me traten con más normalidad.

Empiezo a pensar en cómo van a ser las cosas después del cáncer, nada será igual y quiero estar preparado, quiero comandar ese futuro como si fuera a durar muchos años. La  vuelta a la vida va a ser para mí, no pienso dejarla en manos de otros aunque yo ya no tenga las mismas fuerzas. Haga lo que haga y sea lo que fuere, intentaré que mis pensamientos y actos estén impregnados de todas las enseñanzas buenas que me ha traído mi cáncer.

Mi vida va encajándose, y me gusta. Resisto. Soy un tío con suerte y no me voy a rendir.

 

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Dulces y grandes

Creo que por fin estoy aprendiendo a llorar, sin complejos y con sonrisa.

Estoy tranquilo y contento. Los médicos me han dicho que mi cáncer va muy bien para mí y mal para el cáncer. De hecho, aunque siga yendo cada tres semanas a darme mi quimio de mantenimiento, no tienen previsto hacerme una revisión hasta dentro de tres meses. ¡¡Tres meseeeeeeees!! Eso es porque todo el esfuerzo está dando resultados positivos. Me siento aliviado y  feliz. Cuando salí del hospital me metí en unos soportales para llamar y contar las buenas noticias, pero lo que hice fue, sobre todo, llorar. Me puse a llorar unas lágrimas grandes y dulces donde cabían los meses que llevo de enfermedad y varias puertas hacia la esperanza.

Días antes me dieron el Premio al Mejor Blog de Sevilla. Este blog tan personal como el nombre que lleva y donde desde hace nueve años y con un ritmo absolutamente irregular he ido contándome mis cosas. El premio es realmente por lo que he escrito en este 2018, por lo que he escrito desde que tengo cáncer. En la gala de entrega subí al escenario a recogerlo acompañado de mi hijo Valentín, casi 15 años y discapacitado intelectual. Ha sido uno de los momentos más felices de mi vida. Valentín es mi mejor premio y juntos alzamos victoriosos los brazos mientras recibíamos un aplauso enorme, cariñoso, largo, sincero. Más de mil personas nos estaban aplaudiendo a los dos. En cuanto pude, me puse a llorar, con unas lágrimas grandes y dulces donde cabían el orgullo mutuo al cruzar nuestras miradas, la alegría, el reconocimiento y la reivindicación. https://www.youtube.com/watch?v=TP9Oc6bDlv8

Sólo dos días después y con motivo de este premio me entrevistaron en Radio Sevilla de la Cadena SER. Allí trabajé nueve años y tengo buenísimos amigos que me quieren bien. La entrevista llevaba la sorpresa de meter en antena, vía telefónica, a mi hijo para que comentara su experiencia recogiendo premio. Valentín no estuvo precisamente locuaz, en la radio siempre pasa esto con los niños.  La sorpresa fue doble, ya que después terminar su breve intervención, no quedó satisfecho, de modo que llamó él a la radio porque quería decir más cosas, y las dijo, vaya que si las dijo: “Eres el mejor papá del mundo, eres un campeón y te quiero mucho”.  Me puse a llorar, con unas lágrimas grandes y dulces donde cabía uno de los momentos más felices que me han pasado en 26 años tras un micrófono.  https://www.youtube.com/watch?v=gAS0N1jC8Sw&feature=youtu.be

Todos los días se me cruza un motivo para llorar lágrimas grandes y dulces. Tengo mensajes de wasap preciosos (sobre todo de mis hermanos) que me aferran a la vida, o fotos que me envían mis amigos en las que se ve que cuando están montando el Belén de sus casas, lo adornan con la cinta de #yomecuro, o esa misma cinta -la pulsera-, en el talón del paso más Poderoso de Sevilla (gracias Carlos). Tengo llamadas en las que intento disimular que mi voz se quiebra, hasta tengo una bandeja de rosquillas maravillosas regalo de mis vecinas…rosquillas dulces como mis lágrimas.

Y la gente, la conocida y tanta desconocida… Lo de Twitter merece una entrada aparte otro día en este blog, y es que a la estela del #yomecuro, donde estoy contando mi cáncer, la siguen ya en esta red social más de 10.000 personas que me dejan a diario apoyos, deseos, fotos, reflexiones y testimonios que me emocionan y me hacen llorar.   (Por ejemplo: “No te conozco, ni te sigo, pero ahora lo haré, aunque sólo sea para leer lo que escribes día tras día, ánimo no me falles. Estamos aquí para ayudarte en lo que necesites. Animo!!!!!!”)   Se está produciendo una conexión muy potente y auténtica, una comunicación de largo recorrido que me hace muy feliz y relaja mis anhelos de volver cuanto antes a trabajar a la radio

En todas estas ocasiones lloro y sonrío al mismo tiempo porque son emociones felices que ahora me llegan más directas y visibles, desarmado por la debilidad y a la vista por la nueva forma de mirar la vida. También hay veces que las lágrimas no son dulces… Son las del cansancio y la debilidad, las de dolor, las de la impaciencia y la frustración, las de la torpeza de movimientos, las del miedo… Todas ellas son enjugadas por Cris, esos malos ratos se los ha echado a la espalda sin permitirle siquiera llorar sus propias penas.

Nunca pensé que iba a llorar tan a menudo, y menos estas lágrimas de felicidad que el cáncer me está regalando. Quizá sea porque está a punto de cumplir un año…

 

 

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Un poquito menos de cáncer

Más aire, más sonrisa, más voz, la mirada apuntando un poco más lejos y mi caminar despacito, sí, pero con otro swing mucho más vacilón, mucho más yo. Así me siento. Sé que no es un triunfo, que no he ganado nada, que todo es provisional pero me ha cambiado la cara, y a mejor.

Tengo cara de “un poquito menos de cáncer” . Entonces estaba en plena efervescencia de células malignas construyendo las cuatro metástasis que me comían y que ahora se han parado o van remitiendo. Lo dicen los estupendísimos resultados del TAC y de la Resonancia que me hicieron el día 15…  “No se observan claros signos de recidiva local – Disminución de tamaño del nódulo suprarrenal izquierdo –  Mejoría radiológíca respecto a control de RM anterior, con reducción del engrosamiento del tallo hipofisario y lesión intraselar previa. Respecto a control de RM del 3/4/2018 esta mejoría es más clara y evidente”  

Esas palabras escritas en “mediqués” me suenan a pura poesía, a versos que se deslizan con soltura por mi cuerpo iluminando mis venas, a 20 poemas de amor a la vida y una canción esperanzada tras los días de angustiosa espera para un veredicto que me  parecía un cara o cruz. Y ha salido cara.

En estos momentos las cosas marchan bien, qué narices, ¡¡muy-muy bien!! Estos resultados me han dado una carga de ánimo enorme, y aunque sigo con el bajonazo de fuerzas a causa de la retirada de los corticoides, me siento mucho mejor. Reconozco que  unos resultados  negativos me habrían llevado a un punto mucho más débil  para mi resistencia contra el cáncer. No estoy ahora igual que en enero, arrastro tantas horas de dedicación a la enfermedad que pesan tanto…

Y sé que todo es provisional, que en la próxima revisión puede salir la bola negra, y que así será ya el resto de mi vida. Me pregunto si seré capaz de acostumbrarme a saber qué va a ser de mí con una periodicidad totalmente programada, señalando en el calendario fechas en las que sabré si sigo, si me paro, o si retrocedo. Es uno de los cambios que ha llegado para quedarse, uno de tantos. Nunca más seré el de antes, nada ya será como antes pero eso no quiere decir que sea necesariamente peor. Estoy absolutamente dispuesto a hacer que todo lo nuevo sea bueno, a hacerme el dueño de toda la vida que el cáncer no me arrebate. Quiero una vida buena.

 

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La mala cara, la cara mala.

Desde hace más de un mes vivo recorriendo la distancia que hay entre lo que quiero hacer  y lo que puedo hacer. Esa distancia es cada vez más larga y el recorrido de un punto a otro cada vez me deja más cansado. No estoy en un buen momento, no es bueno este largo momento. Pero es pura verdad este jodido momento.

Son cosas del cáncer. Corrijo, cosas de mi cáncer,  que seguramente no tiene nada que ver con el tuyo o el de alguien que conoces. A mí lo que me ha pasado es que me han retirado los corticoides y eso produce como efectos principales una enorme fatiga, debilidad, aturdimiento… y mucho sueño. Aplicado a mi vida real, me levanto, ducha, me visto, y me tengo que acostar porque tengo sueño y vestirme me deja agotado. Entonces duermo un par de horas más, hasta que se levanta el zombi para comer. Como, el careto es para verlo y me acuesto otra vez, a dormir como si volviera de una fiesta de Fin de Año. A las 17 sonará la alarma del móvil, tengo que pincharme la Heparina, ya no sé dónde ni cómo hincar la aguja para que no me  escueza como si me hubieran arrancado uno de los michelines que me sobran. El resto del tiempo, lo que queda de tarde, dependerá de lo que me quede de fuerza, que apenas será nada. Casi no salgo y lloro mucho.

Así desde hace unas seis semanas. No todos los días son tan trapo, menos mal. Con suerte puedo hacer una cosa, pero solo una. Si hago dos, la segunda será sufriendo. No sufro dolor, no es eso, es cansancio, puro cansancio, pura falta de fuerza. Necesito ayuda para casi todo. Me muevo muy lento, camino muy despacio y si puedo iré apoyado en mi acompañante. He descartado algunos recorridos porque en las calles no hay bancos, y quien no me conozca creerá que soy un cristiano devoto porque entro en todas las iglesias que me salen al paso. Siempre me puedo sentar.

No puedo cargar peso. Si me agacho un poco, a sacar algo de lavavajillas por ejemplo, me mareo y se me nubla la vista. No guardo el equilibrio para ponerme los pantalones y tienen que ayudarme a quitármelos. Apenas tengo apetito y como poco, pero no consigo quitarme unos kilos que me sobran al tener medio pulmón menos. Un día a la semana tengo que orinar en un bote, apuntar todo lo que orino y todo lo que bebo. Tomo diez medicinas diferentes cada día, además de otras cosas que llevo para el dolor. Han pasado 8 meses desde que me operaron y todavía me duele.  Tengo entumecidas parte de las manos y las plantas de los pies. Cosas de la quimioterapia, que me sigo dando cada 21 días. El pelo, ahí va… lento. Las articulaciones  doblan como si fuera un señor mayor. Tengo 51 años y me siento dependiente.

Con este plan, me estoy perdiendo muchas cosas.  El cáncer me las quita. Le pegué un buen empujón al dichoso plazo que me marcaba para volver a la radio, a trabajar. No tengo ni idea sobre cuándo podré volver, ahora sería imposible. Y cada día, cada semana, pierdo oportunidades para estar con mis hijos. Quedo a una hora para verles y tengo que llamar diciendo que no puedo levantarme. Me ha pasado varias veces. Ya lo sabes, eso es lo peor de esto. Creí que estar cerca de ellos cambiaría todo y resulta que no puedo.

Me pregunto si estoy perdiendo. Perder entendido como dejar de tener lo que tenía o lo que buscaba, no en el sentido de derrota, porque lo que tiene que ver estrictamente con mi resistencia contra el cáncer parece que va bien. De todas formas el día 15 me hacen las pruebas que señalarán si las metástasis siguen en retroceso o hay alguna mala novedad. Por tanto el miedo  ya ronda mi casa.

Terminé el tratamiento previsto por los médicos y en lugar de descansar me siento peor. Creo que es por no tener en mi día a día la quimio, radio, y consultas a mogollón que me daban la sensación de pelear. Entonces el cáncer se ha convertido en una especie de absoluto y sin hacer ruido, distraído por la propia enfermedad, me voy perdiendo cosas y alejando de personas.  Sé que no estoy perdiendo puntos en mi resistencia, que el bajonazo físico que me arrastra es metabólico y nada tiene que ver con mi cáncer. Tengo que aguantar y lo haré apoyado por los que no se han movido de mi lado: Cris, mi familia, mis amigos, mis compañeros y miles de desconocidos que me alientan. Me han dado dos premios, dentro de poco me dan otro, todos ellos me comprometen aún más con mi propósito de curarme. Sigo regalando las pulseras del #yomecuro, no las vendo para mandar dinero a ninguna fundación.

El cáncer me está dañando pero no me va a ganar. Hoy  toca volver a mostrar ese lado donde la sonrisa es una rareza. Ya me gustaría escribir otra clase de texto, pero me comprometí a contaros lo que ocurriera y a mantener el optimismo, a subrayar cada mañana el #yomecuro. Sigo convencido de ello pero tengo que pasar por esta fase que está en medio del camino hacia la superación de la enfermedad. El cáncer es una bomba. Yo voy a vivir.

 

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Viejecito temporal

Como un viejecito. Así camino muchas veces ahora. Y si no es como un viejecito, poco menos. Tengo un estado de cansancio permanente combinado con unas ganas continuas de dormir. Pero de dormir-dormir, nada echarme en un sofá. Vaya plan…

Por lo que me dicen mis superoncólogos (qué grandes son) se debe a que estoy dejando de tomar los corticoides. Eso es, sumado a la paliza de 10 meses de tratamiento, lo que está detrás de este nuevo estado físico en el que me encuentro. Y no se pasa en dos días…

¿Y ahora? Pues lo mismo, idéntica receta que anteriormente. Seguir afrontando lo que venga con optimismo y alegría, aunque sea duro. Me lo tomo como una fase más de las que me va trayendo el cáncer, como cuando he estado inmerso en la quimio o en la radioterapia, o anteriormente en la operación… ¿Ahora toca esto? Pues a por ello… Si me cuesta caminar, caminaré todos los días hasta que no me cueste, y vuelvo al gimnasio para ganar músculo y… perder peso. ¡Qué trabajo cuesta eso! Nunca antes me había visto en la necesidad de quitarme kilos, y es muy difícil. Me sobran unos 8 kilos y me faltan camisas y pantalones donde quepa. Además los corticoides hinchan y tengo una cara de papa tremenda… Parezco un cantaor de los antiguos.

Mientras tanto, a ver qué truco se me ocurre para no quedarme dormido por las esquinas. Hoy mi amiga y “prescriptora”  Pepa me ha dicho que lo mejor es echarse a andar pero por donde haya bares, para poder parar… no sé yo…

Lo más complicado de todo esto es que hay que seguir retrasando mi reincorporación a la vida normal, al trabajo fundamentalmente, porque así es imposible ir a la radio y hacer lo que tenga que hacer. Una nueva patada a esos plazos que uno, inevitablemente, se pone para ver cuándo dejará de verse como un enfermo. Aunque hace tiempo que aprendí que los plazos no valen para nada, creo que es normal que tenga cierta prisa en ver cumplidas mis ilusiones.

En cualquier caso, no se me olvida en ningún momento que esto que me pasa no es nada, que podrían estarme pasando cosas muchísimo peores, que mi cáncer está reduciéndose y mi vida aumentando. Son problemas menores que hace solo unos meses eran un sueño.

Y ahora poquito a poco,  que los “viejecitos temporales” tenemos que ir despacito…

 

 

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