LA ONCOLUMNA

Jamás hubiera pensado que yo era fuerte, o tan fuerte como para afrontar un cáncer. No sabía cuál era mi capacidad de resistencia ni los resortes que tenía en mi interior que me llevarían a partirme la cara cada día por seguir viviendo. Resorte, energía, ánimo, fuerza, fe, ganas… cada uno lo llamamos de una forma, cada uno es movido por cosas diferentes, pero lo importante es que nos movemos.

Resistir al cáncer requiere en muchas ocasiones plena dedicación. Ocupa mucho tiempo. Yo, por ejemplo, esta semana, tengo sesión de quimioterapia, la número 21,  y además me han hecho una Resonancia Magnética específica para la hipófisis (uno de mis puntos en rojo) con lo cual tengo mi dosis de momentos de tensión e incertidumbre. Paso por mi obligada analítica y mi obligada visita al oncólogo y a la endocrino. Sobre mis espaldas, y desde que me diagnosticaron cáncer de pulmón hace 18 meses, llevo también el desgaste de 41 sesiones de radioterapia  y dos operaciones. Horas y más horas de hospital, decenas de pruebas e innumerables visitas a diferentes especialistas. Sumemos los días y más días convaleciente y una merma física bastante notable. He vuelto a trabajar pero mi rendimiento dista mucho del que tenía antes. Si me pongo a pensar, este párrafo de consecuencias de mi cáncer sería mucho más largo, pero creo que es suficiente para ilustrar cómo se detiene una vida, cómo gira derrapando y cómo puede quedar. Y sin que nadie pueda aventurar qué es lo que me espera.

Estoy cansado, mucho, muchísimo, y sin embargo no dejo de hacer todo lo posible por superar la enfermedad. Como yo, miles de enfermos de cáncer se levantan cada mañana dispuestos a sacar el día adelante. Si toca ir al médico, pues al médico. Si toca quimio o radioterapia, pues al lío. Si no toca nada, pues a darlo todo. Tenemos motor, tenemos ese «algo» que, cuando no tenía cáncer, me hacía admirar a quienes padeciéndolo se comían la vida a mordiscos. El mismo sentimiento que ahora otros me dicen que tienen conmigo y que hace que me pregunte de dónde sale ese impulso tan difícil de sostener.

La respuesta es confusa, variada, preciosa y muy particular. Si cada cáncer es un mundo, los trampolines para saltarlo también son otro. En mi caso, las fuerzas nacen de una combinación de miedos y ganas de disfrutar de mi indomable pasión por la vida, venga como venga. Es el ancestral miedo a la muerte, el miedo al dolor, el miedo a la pena, miedo al sufrimiento largo, miedo a la incapacitación, y algunos miedos más que dan para otra Oncolumna.

Y junto al temor, sacando pecho, el sabor de la vida en los labios. A mí me encanta la mía y no quiero bajarme de un carro que espero me siga llevando a tantos paraísos como hasta ahora. También cada uno tenemos nuestros paraísos ¿verdad? Un día entero de risas con mis hijos, un salón con chimenea con mi familia, una almohada con mi novia, un bar sin tele con mis amigos, un estudio de radio, un recuerdo de mi padre… Esos son algunos de los míos y quiero seguir recorriéndolos muchos años más. Quizá no pueda porque el cáncer me mate pero mientras tanto, y otra vez vuelvo al «mientras», mientras tanto me viene la determinación para encontrar a diario trocitos de paraíso y no paredes de infierno.

Mucha gente opina que la actitud cura. Yo no lo creo, pero estoy seguro de que ayuda a que el cáncer pese menos. Y eso es muy bueno, es buenísimo porque hay días que pesa mucho, como el de hoy, porque en lo que se tarda en escribir una columna me han dado el resultado de la Resonancia en la cabeza y resulta que el nódulo cancerígeno de la hipófisis ha crecido y tengo un poquito más de cáncer.

Mis ganas de vivir han crecido mucho más.

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LA ONCOLUMNA

Tienes cáncer, el tiempo se ha convertido en tu bien más preciado, y resulta que pasas horas y más horas, simplemente, esperando. Perdiendo tiempo, perdiendo oro. Son gajes del oficio de enfermo oncológico. Esperas para la consulta de los diferentes especialistas, esperas para las analíticas, para el traslado en ambulancia, para la resonancia, para el TAC… Desde que me diagnosticaron, las salas de espera se han convertido en uno de los escenarios habituales de mi vida, y afortunadamente, les he encontrado su puntito para que me gusten, porque en las salas de espera, además de  horas, también pasan cosas.

Lo que me mueve y conmueve sucede en determinadas salas de espera. No me interesan por tanto las de los médicos especialistas, analítica y las de pruebas como TAC o resonancia. Allí todo es más rápido y los pacientes presentes van por decenas de patologías distintas. Para mí el relato está en las esperas donde sólo estamos los enfermos de cáncer y acompañantes, es decir, en Oncología, Quimioterapia y Radioterapia. Quizá me deje alguna pero será que a mí no me ha tocado ir.

Al contrario de lo que me esperaba, allí no hay demasiadas conversaciones entre pacientes. Apenas intercambiamos experiencias ni nos contamos nuestro historial médico. ¿Para qué? Sabemos que lo del otro no nos sirve para nada porque cada uno tenemos nuestro propio código de barras. No me aporta nada saber qué tratamiento recibe el señor de enfrente, o cuántas sesiones lleva. Ni siquiera saber dónde está su cáncer. No es desinterés, es otra cosa. Es que tenemos tanto en común que para qué nos lo vamos a contar. Compartimos el miedo a que el médico nos diga que estamos empeorando, compartimos la ilusión por unos resultados favorables, compartimos el temor a los efectos de la quimio en la entrada del Hospital de Día y el recorrido hacia la sala completamente aislada donde nos tumban y anclan para una sesión más de radioterapia que dará la cara semanas más tarde.

No hablamos, pero nos miramos, y al mirar es cuando empiezo a pensar, a imaginar, a suponer cómo es, quién es, desde cuándo tiene cáncer y una retahíla de preguntas sugeridas por su edad, su aspecto, su compañía…

Mientras espero el pitido que hará que todos alcemos la mirada a la pantalla buscando la extraña combinación de letras que tenemos en nuestro ticket, mientras espero que una enfermera diga mi nombre para entrar en la quimio, construyo esas vidas que, como la mía, están en el aire. Lo hago a pesar de que es casi imposible que acierte en algo. Lo único que es seguro aquí es que no nos queremos morir.

Observo sobre todo las miradas buscando cansancio o vigor, y en muchas ocasiones me parece hallar un aire de pena por sí mismos. Me dan ganas de decirles algo positivo pero aquí el respeto es máximo y nadie rompe la intimidad. Muchos están adormilados a consecuencia de los calmantes que toman a diario. Algunos tosen con dificultad. Muchos otros sin embargo tienen un aspecto estupendo que no indica que tengan cáncer. Algunas mujeres llevan peluca, pero la mayoría de las que han perdido el pelo se cubren con un turbante o un pañuelo. Las más jóvenes se muestran más seguras con sus tocados que las mayores. En todas encuentro una belleza que solo te da la valentía. Los hombres somos más de gorra o sombrero. Cuando yo perdí el pelo, llevaba unos divertidos sombreros ingleses que me compré por internet y creo que triunfé en la sala de espera.

Suele haber silencio, pero no es tristeza, es serenidad a pesar de la clase de pensamientos que rondan en esas cabezas nuestras. A los más nuevos se les distingue porque suelen hablar más con sus acompañantes. Los veteranos tenemos menos dudas o incluso vamos solos si es posible. Es curioso, pero no hay demasiados teléfonos móviles en las manos. Libros, algún periódico, pasatiempos, o nada. Manos llenas de esperanza que a veces vuelven vacías a sus casas. Ocurre cuando el oncólogo, en la consulta previa a recibir la sesión de quimio o radio, le dice al paciente que la analítica no está bien y hay que esperar a estar en mejores condiciones para recibir el leñazo de un tratamiento que en primera instancia te debilita. Salen y en silencio se encaminan hacia el pasillo sin cruzar la mirada. Nadie comenta nada, por supuesto. Cuando me daba sesiones diarias de radioterapia coincidía con una mujer a quien le ocurrió esto dos o tres veces. Hasta que dejé de verla. Nunca pregunté por ella ni las enfermeras me dijeron nada.

Son secretos de sala de espera.

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LA ONCOLUMNA, VIERNES 28 DE JUNIO 2019

«¡¡Muchísimas gracias!!»

Por sonreírme cuando tengo dolor o pretendo disimular el miedo, por explicarme mi cáncer para que lo entienda, por haberme operado con éxito, por pincharme sin que me duela, por llevarme y traerme, por cuidarme, por escucharme y por callar, por levantarte tú, por los mensajes de whatsapp, por buscarme un sillón tranquilo para darme la sesión de quimio; gracias hasta por decirme en la consulta de Urgencias que tengo cáncer y desplegar una impagable humanidad mientras me hundía por la noticia, gracias por… por cientos, por miles de razones.

Desde que tengo cáncer, GRACIAS es la palabra más digo cada día. Seguro. Y me encanta, porque me siento a gusto mostrando gratitud a quien hace algo por mí aunque sea ése su trabajo y a quien lo hace movido por el cariño. Pero no siempre me resulta fácil.

En estos 18 meses que llevo en el «Estado de Gracias», he recibido mucho más de lo que he dado, lo que me deja además en una situación de deuda permanente que no me dará tiempo a devolver aunque me curara ahora mismo y viviera mil años. Por eso en ocasiones no encuentro una forma adecuada de mostrar mi agradecimiento.

Me ocurre por ejemplo con mi entorno más cercano, es decir mi familia y mis amigos. No paran de acumular ocasiones en su haber y su correspondiente apunte en mi debe. Mi familia es mi primer escudo y mi brazo principal: compañía, gestiones, conversación perfecta en cada momento, apoyo con mis hijos, llamadas en el momento oportuno (o inoportuno), adaptar las citas a mis horarios, fuerzas y necesidades… la lista es variadísima e interminable. Otro ejemplo con algo que me da la vida cada día: mis amigos, Los Desorganizaos, llevan desde el principio  saludando todas las mañanas y  cada uno de ellos en nuestro grupo de whatsapp con un «¡¡Buenos días, #yomecuro!!». El primero Pepe, a eso de las 6.30 de la mañana, antes de irse a dejar como nuevas las casas de Villamanrique. Y así todos, todos los días. Menudo chute. ¿Qué hago, les doy las gracias cada día? Me dirían, me dicen, que no sea pesado con eso.

Después llego a la redacción de Canal Sur Radio y en cuanto abro la puerta mis compañeros inmediatamente me preguntan: ¿Cómo estás hoy? Son las 7 de la mañana, y no es una pregunta al aire porque esperan ese parte médico con atención a pesar de que están a tope y algunos llevan horas trabajando. Todos, absolutamente todos incluidos mis jefes, están pendientes de no pedirme lo que no tengo fuerzas para hacer. Y Jorge y Jose Mari tendrán un ojo en el ordenador y otro en mí. ¿Cómo puedo corresponderles?

¿Y a quien más me cuida? Aquí corono, la mega top cum laude es Cris, mi novia. Se come toooooooooodos los marrones -y hay para dar y regalar- de mi cáncer. ¡Además sonríe! Su dulzura es tan infinita como la lista de cosas que ha hecho, hace y hará por mí. Necesitaría mil ediciones de diario.es para contarles. «No me des las gracias», suele responderme. Entonces, ¿qué le digo yo?

Me pregunto cómo los enfermos deberíamos mostrar la gratitud debida a nuestros principales cuidadores. Yo no sé cómo, pero sí sé que siempre será insuficiente, y por eso no siempre me siento bien porque temo caer en convertirme en un desagradecido -y para mí eso es terrible- si me quedo corto.

Otro de mis desasosiegos son los agradecimientos que no he dado como me hubiera gustado. En el transcurso de la enfermedad hay momentos en los que uno no está en condiciones de decir lo más adecuado, e incluso está en las mejores condiciones para meter la pata. El cáncer es una enfermedad larga que da para muchas vicisitudes, que uno observa en su justa dimensión a toro pasado, y no sabes si es mejor callar que dar las gracias tan tarde. Son gracias enconadas que espero ir dando cuando vea la oportunidad.

Tantas gracias… A veces siento una fatiga de darlas, la verdad. Unido ésto a la fatiga que causa el mismo cáncer y a la fatiga del tratamiento, y unido a que todo va envuelto en una pequeña dosis de retórica optimista, hay días que creo que mi principal papel es el de un pobrecito enfermo a quien todos tienen que ayudar. Me tratan de un modo diferente al resto, y distinto a cómo lo hacían antes del diagnóstico. Es entonces cuando recuerdo que no estaba en el centro sino en un lado, cuando no necesitaba ayuda, cuando el teléfono sonaba menos, cuando no daba ni un poco de pena, cuando sentía que me querían por ser quien soy y no por el cáncer que tengo dentro. Afortunadamente ese pensamiento se me pasa pronto y vuelvo a un hecho indiscutible: soy un tipo con mucha suerte al tener a tantos que hacen tanto por mí. Así que… ¡¡Muchísimas gracias!!

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La Oncolumna, 21 junio 2019

Una de las cosas que me ha traído el cáncer es la permanente incertidumbre. La inquietud  principal es evidente: ¿Cuánto tiempo me queda por delante? Esa pregunta, lo sé, es común a todas las personas, pero supongo que los pacientes de cáncer nos la hacemos con más frecuencia. A mí sin embargo esa cuestión no me provoca especial desasosiego. Llevo peor las otras incertidumbres, las que nacen del ritmo y de los hitos de la propia enfermedad.

Hoy, mientras escribo esta ‘Oncolumna’, estoy en una de esas incertidumbres, quizá la peor de todas: la incertidumbre de una revisión. Ese momento en el que tras unas pruebas médicas nada agradables, te dicen si las cosas van bien, mal o regular. Si tu cáncer ha crecido, ha disminuido, se ha quedado como estaba o si han salido nuevas posibles metástasis. Un momentazo que me toca mañana. Día D en el oncocalendario.

Me pregunto si llegará el momento en el que no me ponga nervioso. A mí me encanta vivir por encima de todas las cosas y ahora me he amoldado a mis quimios cada tres semanas -que pasan volando-, a sentirme muy flojo muchos días y he aceptado con deportividad limitaciones físicas que tendrían que haberme llegado dentro de diez años. Es como si me valiera un «todo sigue igual» frente al riesgo de perder la vida que tengo. A esto se le llama, directamente, miedo, y defiendo este miedo que siento como uno de los más fuertes resortes para seguir resistiendo porque me hace ser consciente de la suerte que tengo por haber llegado hasta aquí y por tener a mi alcance una sanidad que puede sacarme adelante.

Pasan por mi cabeza los diferentes escenarios. No puedo evitar ponerme en lo peor e imagino el rostro casi doliente de mi médico. Me doy cuenta de que me da una enorme pereza volver a un tratamiento que me ate a diario al hospital. Tiemblo al pensar en el regreso a las quimios fuertes con su gélido sabor a cisplatino, la vuelta a las incómodas sesiones de radioterapia y sus efectos inesperados, no quiero tener que dar noticias malas… Tengo miedo.

Claro, que también podría ser que el TAC y la resonancia magnética destapen sólo un pequeño contratiempo que no merezca una preocupación mayor. Y por supuesto, también puede ser que salga todo modo del carajo de la vela y me digan que el cáncer va en retroceso.

Me apunto a esto último, claro, pero si no es así, si aparecen problemas nuevos, pondremos soluciones nuevas, con ilusiones nuevas, con la fuerza que sea capaz de esgrimir y sobre todo, con todos esos apoyos -pegados, próximos y lejanos- que me muestran la grandeza de estar vivo.

Reconozco que esta víspera es dificililla. El #yomecuro es también #avecestengomiedo. Es admitir que el cáncer impone sus reglas, es aprender que no es justo, que no distingue ni tiene piedad y sin embargo… Es vencible. Te tengo miedo a ti, bicho, pero no a la muerte. Y como en la lucha contra el cáncer no hay leyes, como no se cumple la relación causa-efecto, uno que es de letras se sale por la tangente y dice… Soy andaluz, donde las palabras hermosas se conjuran para componer mensajes de amor como este: “Yo quiero enviarte un mensaje largo y suave para que puedas tumbarte sobre él a descansar. Y un mensaje corto que al abrirlo suenen los pajarillos del nido de tu casa. Quiero mandarte un mensaje de colores, para que te pongas a pintar los más raros dibujos que haya visto un hombre. Quiero mandarte un mensaje finito y muy corto, un papel de fumar que llevaré a tus labios para que escribas un beso en mayúsculas…”.

Quizá mañana salga de la consulta cantando palabras de amor. Entonces habrá dado igual lo que ocurriera dentro, porque habré ganado.

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La Oncolumna, 14 junio 2019

Hola, me llamo Valentín García y tengo cáncer. El cáncer es lo que me trae a partir de este viernes a firmar cada semana esta ‘Oncolumna’ en diario.es desde Andalucía. Soy periodista, y desde que me diagnosticaron, hace ahora año y medio, he ido contando en las redes sociales y en mi blog cómo me siento y qué pienso. Además, emprendí la campaña denominada #yomecuro con la que pretendo modificar la forma de hablar del cáncer bajo un prisma de optimismo y buen humor. Y afortunadamente cada día hay más personas que se sienten identificadas con mis reflexiones y les sirven para, por lo menos, afrontar el cáncer con mejor ánimo. Tengo 51 años y dos hijos, estoy en una época fantástica de mi vida, así que ¡¡morirme me viene fatal!!

Como estamos de presentaciones, completo el cuadro: me diagnosticaron un cáncer de pulmón. Me han operado y pudieron sacarme el tumor, llevándose por delante la mitad de mi pulmón derecho, pero a las pocas semanas fueron apareciendo metástasis, hasta cuatro. Primero en las glándulas suprarrenales, luego otra en el cerebro y finalmente otras dos en las vértebras. Llevo encima 41 sesiones de radioterapia y 20 de quimioterapia.

Afortunadamente en estos momentos mi cáncer está en retroceso y estable; los médicos están consiguiendo su objetivo: dejarme la enfermedad como crónica. Sigo dándome mis quimios cada tres semanas y así voy a estar sine die hasta que los médicos digan otra cosa. Es un latazo darse una quimio cada 21 días pero, como comprenderán, yo firmo si ese es el precio que tengo que pagar para seguir vivo. Que me den todas las quimios que hagan falta hasta convertirme en un viejecito que se muera de otra cosa. Sé que esto es poco probable, así que, como muchos pacientes de cáncer, vivo de una manera distinta a antes de enfermar. Todo es distinto, pero no tiene que ser necesariamente peor. Es más, en aspectos fundamentales, mi vida es mejor. La principal diferencia es que, aunque cualquiera de nosotros puede morir cualquier día, en mi caso la amenaza de la parca está absolutamente presente.

Cada cáncer es un mundo, cada uno tiene su propio «código de barras» y yo sólo hablo de cómo me siento yo. De hecho, no me gusta nada que me cuenten el cáncer de otros, porque sé que sólo va a servir para confundirme y ponerme nervioso. Somos enfermos distintos, con tratamientos distintos, e intento evitar ese empeño -comprensible- que tiene la gente por contar el cáncer de su familiar o del vecino. Aún así, me he tragado casos como para escribir un libro de «cancerología de pasillo».

El cáncer es una cosa muy seria pero no siempre es necesariamente terrible. De hecho, en España actualmente en el 65% de los casos el paciente sobrevive. Cáncer ya no es sinónimo de muerte. A pesar de ello, es una palabra innombrable para muchos. Y en los medios se repiten las referencias a «una larga y penosa enfermedad», como si no hubiera otras que son igualmente largas o igualmente penosas. Es uno de los varios estigmas que, en mi opinión, tiene todavía el cáncer entre los españoles. Menos mal que por las calles y en los trabajos hay tantísimos supervivientes que lo desmienten.

Aquí tienen a uno que lo es, al menos por ahora. Siempre es por ahora,y yo quiero que por ahora dure siempre. «Hoy es siempre todavía»: no se puede mejorar a Machado cuando abro los ojos por las mañanas. Hoy, cada día, es un todavía. Vivo exprimiendo los adverbios de tiempo, instalado en un mientras. Mis meses duran 21 días, lo que separa una quimio de otra. Y el año -quizás una vida- dura el tiempo que transcurre entre cada revisión en la que me dicen si esto avanza, retrocede o se ha quedado pasmado ante el #yomecuro y mis ganas de vivir.

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DISCURSO DE AGRADECIMIENTO A LOS DONANTES DE SANGRE

El pasado viernes 14 de junio tuve la suerte de pronunciar el discurso de agradecimiento en el Acto de Homenaje a los Grandes Donantes de Sangre organizado por el Centro de Transfusión, Tejidos y Células de Sevilla. Una oportunidad extraordinaria para, en nombre de miles de personas, darles las gracias por darnos LA VIDA. Lo comparto con vosotros.

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Los pies en el susto

El cáncer me ha recordado estos días que es él quien pone las reglas. El cáncer tiene el tapete verde, las cartas, los dados, las fichas, el cáncer dice lo que vale y lo que no vale, y el cáncer, sobre todo, no permite las trampas. Ninguna condescendencia con quienes involuntariamente nos hemos sentado a echar una partida con la enfermedad.

¿Una obviedad? Seguramente, pero como  llevo mucho tiempo resistiendo y las cosas van bien, había olvidado un poco que el cáncer vino a éste mi cuerpo para hacer de las suyas, es decir, crear tumores malignos. Me había instalado en la inercia del optimismo, en contagiarlo a otros, en un tratamiento casi rutinario, en recuperar la mayor cuota posible de mi vida antes del cáncer, en vivir una nueva normalidad, en saborear todo aquello que ahora veo… Y todo eso está muy bien, creo que es estupendo, pero para que sea realmente bueno y eficaz es necesario tener presente que yo no tengo todo el mando.

Ocurre que hace tres semanas empecé a sufrir unos terribles dolores de cabeza, de media cabeza, como si me fueran a arrancar el ojo izquierdo. Dolores cada vez más frecuentes e intensos. Por una extraña razón que ni yo mismo soy capaz de justificar creí que su origen estaba en una contractura muscular en el cuello, en lugar de pensar que podían tener relación con la metástasis que tengo en el cerebro, en la hipófisis concretamente. No informé a mis oncólogos y en su lugar pasé por la consulta del fisio. No me extiendo en detalles, pero hasta que el fisio, con total acierto, no me dijo que tamaño dolor no podía estar vinculado a la supuesta contractura, hasta que no me dijo que debía ir al médico, no lo hice. Y eso que desde hacía días algunos me lo estaban diciendo. En cuanto informé, cita corriendo para hacerme una Resonancia en la cabeza. ¿Qué estaría ahora haciendo el cáncer en mi cerebro? ¿Una nueva metástasis en otra parte? En menos de 24 horas tenía los primeros resultados y eran, en principio, preocupantes. No había metástasis nuevas (buena cosa) pero el nódulo cancerígeno de la hipófisis había crecido. Si en las dos revisiones anteriores había disminuído, ahora el signo cambiaba. Chungo pa mí. Temor. Elucubraciones. Preocupación. Expectación. Horas que han sido eternas hasta que esta misma mañana, antes de mi sesión de quimio, el oncólogo me explica que lo han analizado con detenimiento y que el ajmento es poco significativo, que no cambiamos el tratamiento y que por ahora unicamente incrementamos la frecuecia de las revisiones. Alivio enorme pero…

Pero me ha dado un toque de atención. Si me duele algo, al oncólogo. Mi médico de cabecera es el oncólogo. Claro que sí, porque aunque es magnífico afrontar el cáncer como yo lo hago, hay que tener los pies en el suelo, ese suelo al que no quiero caer. Porque en un cáncer como el mío vendrán problemas, recaídas, esto es así, el cáncer es así. Y hay que estar preparado, primero para poder actuar a tiempo y segundo para evitar un bajonazo psicológico. El cáncer puede matarme, no es seguro y además tengo opciones, pero mata. El cáncer hace sufrir.

Hago por tanto hoy un ejercicio de humildad. Yo no sé nada. Lo saben los médicos. Yo no puedo interpretar nada, lo hacen ellos. Optimismo sí, buen ánimo, pero sin olvidar cómo es el cáncer.

Una médico me ha dicho hoy, al salir de la consulta: «Valentín, es que vamos a por todas. Vamos a que vivas». He repasado estas dos frases palabra por palabra, de principio a final y de final a principio. Le encuentro varios sentidos, diferentes mensajes, todos contundentes. Trabajan para que yo viva, para que pueda seguir resistiendo y mejorando este «mientras» que es la vida de los pacientes de cáncer. Para que sea un «mientras» largo y feliz.

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Cosas por celebrar

Hoy escribo desde la tristeza, pero con la mirada puesta en la esperanza y en lo mejor de la vida. Hoy el cáncer ha vuelto a enseñarme su peor lado, el de la muerte, y se ha llevado a Paloma Tortajada, una excelente y querida periodista que consagró su vida a la radio. La edad de Paloma, su amor a la radio, los tiempos de su enfermedad y haberla conocido han hecho  que sienta esta muerte como algo muy cercano. La verdad es que me ha afectado mucho, seguramente porque encuentro algunos paralelismos entre los dos. He releído una decena de veces en facebook la felicitación de cumpleaños… «Compi, cuántas cosas vamos a celebrar pronto», me dejó escrito. Y me lo he tomado como un reto. Tengo, tenemos cosas que celebrar aunque ya no sea con Paloma.

Confieso que a veces no quiero ver que el cáncer mata, llevo puestas las ganas de vivir que intento extender con el #yomecuro, mi soporte de resistencia compartido con tantísima gente, y en ocasiones esas ganas dejan velada la tristeza de la muerte, esa tristeza que hoy se ha sentado a mi lado. Apurar la vida hace que me sienta más alejado de su final y hoy, por la cercanía o por lo que sea, tengo delante la fragilidad de mis días desde que tengo cáncer. No sé si la pena que siento es por Paloma o por mí, como una especie de anticipo de lo que tendrá que llegar en algún momento.

Pero no, las cosas, (mis cosas) no funcionan así. El cáncer viene a hacer lo suyo, a multiplicar sus células malignas y mortales, y frente a su frío, nosotros… Médicos, sanitarios, investigadores, familia, novia, amigos, conocidos, cada uno aportando su trabajo o cariño para lograr un resultado en el que las células disminuyen y al paciente mientras tanto le crece el corazón y las ganas de vivir. Esos son los actores de este encuentro. A veces gana el cáncer (cada vez menos) y otras veces ganamos los otros (cada vez más).

Para mi, la clave es lo que ocurre en medio, en ese mientras tanto. Ahí, en el tratamiento te juegas la vida, y fuera del tratamiento te juegas cómo quieres tomarte esa vida que el cáncer te deja, cuántos días (muy difícil de saber) y cómo quieres que sean esos días.

Ya sabéis cómo pienso sobre esto, ya sabéis qué es el #yomecuro. Sigue siendo mi andamio para construir la nueva normalidad con la que debo afrontar mi vida, dure lo que dure. He vuelto a trabajar y las fuerzas no me responden como esperaba, sigo con dolores en los pies, cada 21 días sesión de quimio, diez pastillas diarias y la mano izquierda hinchada como un guante de baseball…. ¿Y qué?

Pues que sigo vivo, que salgo a la calle, que puedo apañarme solo, que quiero a mi novia más y más, que mi familia sigue siendo la referencia inequívoca, mis amigos mi mejor calor y volver con mis compañeros de la radio es un subrayado de felicidad en mayúsculas. ¿Puedo morir? Por supuesto, dentro de un mes me toca revisión y las cosas podrían estropearse pero mientras…  

Mientras, querida Paloma, compi, voy a celebrar esas cosas a las que supongo que te referías porque los que tenemos cáncer nos entendemos bien. Voy a celebrar la vida cada mañana, la vida cada noche, caminar aunque sea más despacio, los bares, la risa, sonrisas como la tuya, a celebrar que la ciencia avanza, la Feria de Abril, mi estreno de nazareno un miércoles santo, los mensajes de apoyo, la gente que me pide consuelo, enviar todas las semanas sobres cargados de pulseras a toda España, hablar frente a un micro, contar los resultados de las elecciones, estar con mi hijos respirando el milagro de la primavera en Sevilla… En tu nombre celebraré la alegría, ese arma que tanto usamos los pacientes de cáncer para entretener a la muerte mientras llega cuando tenga que llegar.

Y algún día, querida Paloma, quién sabe dónde ni cuándo, brindaremos juntos por todo lo que teníamos que celebrar.

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¡¡Vuelvo a la radio!!

Pasado mañana, el jueves 28, vuelvo a trabajar. La sensación que tengo es tan potente y compleja, tan buena, que me cuesta definirla. Es la mejor noticia en torno a mi cáncer desde que me diagnosticaron hace 15 meses. Siento nervios, ilusión y muchísima emoción.  Tengo los pies en el suelo y la sensatez me deja muy presente que sigo siendo un enfermo de cáncer, que cualquier día las cosas se pueden torcer, pero el gustazo que tengo entre mis manos en estos momentos no me lo puede arrebatar nada. Sé que cada mañana tengo que seguir repitiendo en voz alta que #yomecuro, que todavía sigo recorriendo el camino, que cada tres semanas tengo quimio y cada tres meses revisión, que tengo que tomarme un puñado de pastillas a diario. Sé que todo eso me mantiene en un «todavía»  largo y duro.

Pero vuelvo a la radio, vuelvo a trabajar. Dentro de mí suenan melodías alegres escritas en partituras que llevan algunas notas de miedo y prudencia. Es como si tuviera que reír en voz baja y ocultarme un poco porque de mis ojos brotan lágrimas cargadas de felicidad. Quiero caminar dando saltitos y a la vez me pesa esta carga de cansancio y de todo lo que he vivido para no morir. Desordenadas y en colores me vienen a la cabeza muchas imágenes…  El tubo de drenaje clavado en mi costado tras la operación, las máscaras de plástico que me fijaban a la camilla para las sesiones de radioterapia, las consultas en las que me decían que había otra metástasis, o mi cara desteñida de vida en los peores días de quimio. Y luego, todas las  imágenes de un álbum que es para un sueño delicioso, el álbum de vuestras miradas, el sonido de vuestro apoyo jaleándome sin parar y sin dejarme sitio para que me pudiera caer, cientos de brazos levantándome cada día, tantas manos acariciando mis heridas… y claro, las manos más cercanas, las que no se han despegado de mí y van a seguir conmigo.

Todas estas sensaciones me tienen en un estado de inmensa felicidad, con la ventaja de que sé que nada es definitivo. Volver a trabajar 15 meses después es, en mi caso, una cosa extraordinaria. El doctor que me ha valorado en el Tribunal Médico para darme el alta me dijo que lo mío es como para una incapacidad permanente, pero que dado mi estado era adecuado que intentara volver a trabajar. Habrá días en los que no me encontraré bien y me quedaré en casa. Ojalá sean pocos. Otros tendré que ir al tratamiento y por tanto no podré estar en el micrófono. Por eso no puedo hablar de una vuelta a la normalidad porque ya nada será como antes, así que es más correcto pensar en que voy a establecer una nueva normalidad en mi vida. Creo que es lo que debemos hacer los pacientes de cáncer, resistir adaptándonos como mejor podamos. Aprender de lo que nos pasa para que  nuestra vida sea la mejor posible. Yo lo voy a intentar. Y con la suerte de contar con todos vosotros. ¡¡Qué suerte tengo y qué contento estoy!!

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Premios

¡¡Qué cosa tan bonita es recibir un premio!! Y desde que tengo cáncer y lo retransmito  aquí y en las redes sociales con el #yomecuro, me ha llegado un puñadito precioso. Paradojas de la vida, es evidente, aunque yo prefiero decir que es algo que se suma a las cosas buenas que el cáncer me ha traído.

El pasado lunes me dieron el Premio Conecta de Canal Sur Radio, un premio muy especial porque es de mi casa, donde trabajo desde hace 18 años y donde tanto disfruto de mi oficio. Un premio de mis compañeros como reconocimiento al #yomecuro. Anteriormente he recibido el Premio Solidarios de la ONCE, el Premio al mejor Blog de Sevilla que otorga Blogosur, el Premio de la Asociación Lazo Rosa de Sevilla y el Premio de la Comunicación de la Asociación de la Prensa de Sevilla. ¡¡No está nada mal!!

Todos estos premios me han venido por mi forma de contar el cáncer pero cada uno de ellos es especial. Cada uno tiene un matiz para los jurados, y como me han ido llegando en  momentos distintos de la enfermedad los he ido recibiendo de una manera diferente. Los cinco tienen en común que me ha sorprendido recibirlos, que me han hecho inmensamente feliz y que siempre los entiendo como un premio a todos los que tenemos cáncer pero buscamos el lado bueno (o menos malo) de todo lo que la enfermedad nos trae. Me emociono muchísimo cuando subo al escenario para agradecerlo… Aquí dejo el vídeo del premio del lunes como prueba de ello. ¡¡Gracias siempre!!

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