Metástasis

Mi cáncer viene peleón. De lo contrario no habría aparecido súbitamente en otro sitio que nada  tiene que ver con el escenario donde debutó.  A ver, que desde la parte de abajo del pulmón, hasta la base del cráneo, hay casi tres cuartas!!!  ¿Qué leches pinta ahí el dichoso cáncer?

Dice mi oncólogo (ya he desarrollado un sentimiento posesivo) que se llama metástasis única. Pero sea lo que sea, la clave es que el término METASTASIS ha entrado y esto cambia sustancialmente las cosas, muchísimo más que el afeitado de la cabeza que me he metido.  El cáncer está ahora en la hipófisis. (Copio-pego: Glándula de secreción interna del organismo que está en la base del cráneo y se encarga de controlar la actividad de otras glándulas y de regular determinadas funciones del cuerpo)

 Yo ya había dibujado mi cáncer, tenía una medida, un peso, un color, una duración… Y resulta que el dibujo no vale para nada porque un cáncer no se puede dibujar, chavalote.

Llegados a este punto, llegados a la  decimonovena línea de este texto, me gustaría tener una ocurrencia simpática, incluso graciosa, un giro de palabras que significara que estoy tan tranquilo, que no pasa nada y tal, que esto lo ganamos y esas cosas,  que el ingenio se mantiene tan intacto como la confianza en una salida airosa de este trance.

Pues no.

Tengo miedo, tanto, que miedo me da decir a qué tengo miedo, pero estoy seguro  de que no hace falta que lo explique. Ese miedo sí que lo podemos dibujar cualquiera de nosotros.
Pero también tengo confianza. Confío absolutamente en los médicos que me están tratando y en los que me van a tratar en esta nueva fase. Confiar me da muchísima seguridad y me endereza. Confío totalmente en las personas que me rodean. Mi “primer círculo” es infatigable, firme, confortable… es cientos de adjetivos positivos. Y como las ondas en el agua, lo que hace ese primer círculo se va repitiendo en círculos sucesivos que se van situando más lejos de mí pero que actúan y yo  lo noto.  Durante los días de Semana Santa he recibido muestras de cariño que dan para escribir un hermosísimo libro. Soy de Sevilla, y allí es algo muy importante pero a la vez es un momento muy íntimo en el que muchos me han tenido presente. No he dejado de preguntarme porqué en medio de ese complejísimo y personalísimo sentimiento que a los sevillanos les proporcionan esos días, un buen número de ellos se han acordado de mí, personas que conozco y maravillosos desconocidos.  Y he llorado, claro, y qué.

Sigo sin tener frío, sin sentirme solo y sin temblar. Sigo siendo positivo y espero contagiar a quien le haga falta. Estoy “reseteando” la situación, porque con la metástasis esto va a ser más largo, más pesado y con nuevos riesgos.

Lo que no cambia es el final, porque me voy a curar.

 

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¿A qué sabe la quimio?

Carboplatino. Esa es la cosa que durante 4 horas  me pusieron hace 10 días en el hospital, con mi vía perfectamente inyectada en una vena de la mano izquierda, entrando en mi cuerpo para acabar con las células malas, las que se reproducen más rápido de lo normal, las del cáncer de pulmón. Lo que pasa es que se llevan por delante algunas cositas más y sobre todo, entra en tu cuerpo y te deja la clara sensación de algo muy terrible: has sido envenenado. (Entonces aquí tarareo canciones que saltan solas… Dicen que tienes veneno en la piel, o  Dame veneno que quiero morir dame veneeeeenoooo) Importante: no he buscado nada sobre el carboplatino en Google, es que no lo he hecho con nada desde que me diagnosticaron el cáncer de pulmón. Y creo que me estoy ahorrando muchos disgustos gratuitos.

La sesión de quimio en sí misma aporta poco, y como he ido nada más que a una, esperaré a tener más material para contar. Pero vamos, fueron 4 horas y salí de allí tan normal,  y tan normal estuve los dos días posteriores pero… al tercer día… al tercer día iba yo sentadito en el AVE y me entraron los fríos sudores de la muerte, qué digo de la muerte, peor,  los fríos sudores de irte como un mirlo por la legdown (pataabajo).

En pocos minutos todo había cambiado. Me encontraba realmente mal, muy mal. Tuve que pedir a mi novia que saliera antes de trabajo para recoger en la estación lo que quedaba de mí… Yo, que había entrado en un vagón de Ave con paso firme, dos horas después salía de ese vagón encorvado, arrastrando los pies y apretando todos mis músculos hacia un mismo punto redondo que no debía relajarse bajo ningún concepto.  (Para los escatológicos, sabed que llegué casa inmaculado)

La quimio sabe a metal frío en la punta de la lengua. Es decir, no sabe a nada pero sabe fatal. A tu lengua solo llega frío y hierro. Envuelve la lengua pero no cala; es como si te pusieran una funda de carboplatino y por tanto nada sabe a lo que es, solo sabe a metal.

El agua fresca, metal. El zumo de naranja recientito, metal. La Cruzcampo (¡La Cruzcampo!), metal. El café con leche, metal. Y así los líquidos que queráis, pero con el gran inconveniente de que  tu cuerpo es ahora una esponja. Tras la quimio, bebo casi un litro de líquido por hora, y cada noche unos 2-3 litros. Y todo me sabe a metal. Cuando termino de beber tengo la misma cara que cuando te ponen un cubata bien cargao y tienes que echarle más refresco.  Afortunadamente no hay problemas para orinar, salvo que voy tantas veces que ya tengo ganas de pintar algo bestia con rotulador en las losillas del baño, no sé tipo… “Agarralá mientras puedas” o “mira a ver si se te ha caído”, pero no creo que sea del agrado de mi santísima madre (por cierto, ella merece un post).

El sabor a metal afecta a líquidos y sólidos y otras cosas que se comen en casa de mi madre. Es bestial, es absoluto, es como si una fábrica de alimentación hubiera desarrollado una línea de productos que sepan todos a lo mismo. Por ejemplo, bollería con sabor a Teja, legumbres sabor teja, carne de teja, pollo de teja, arroz teja con huevos teja y tomate frito de teja con sus papas teja… Todo sabe igual de mal, pero tú tienes que comer.

Tienes que comer, que dentro llevas lo más grande… Pero el estómago se ha cerrado. El hambre no existe ni las ganas de comer tampoco. Hay que hacerlo, necesitas fuerza porque ya vas notando el peor efecto de la quimio: tus fuerzas desaparecen y sientes que tu cuerpo tiene como 98 años. No puedes. No puedes.

A la cama, tumbado, respirando lo justo. No es nada en concreto pero es todo en conjunto, tienes muy mal cuerpo, muy malo. Te pesa. Salen ronchas que pican en la pelvis y en los tobillos. Duelen las articulaciones. La tensión se ha descolocado por primera vez en la vida. Otra pastilla más. Tomo 11 cosas diferentes cada día.  Necesito una listilla para no liarme. Esa lista es de las pocas cosas que leo, porque no tengo la cabeza para leer. Y me da rabia. No tengo ajustada la atención, y además temo que los libros también me sepan a metal.

Porque con la quimio cambia el sabor de las cosas,  pero ahí está lo bueno, no todo sabe a metal.  La “paleta” es ahora muy variada y me está abriendo puertas a sabores que no imaginaba.

Los mensajes de aliento y ánimo que recibo en el móvil saben a galletas recién hechas. Tengo decenas de cajas llenas. Los mensajes a través de Twitter y Facebook me saben a todo, porque llegan de todos los lugares y son sabores desconocidos, como desconocidos son la inmensa mayoría que me dicen “tío, no te conozco pero te vas a curar, o sigue peleando, o yo ya estoy en cuarto de quimio y va todo bien”. Son muchos, no digo la cifra porque me sonrojo y porque en realidad da lo mismo. Pero ese sabor lleno de mil sabores, que hay que pensar bien si uno lo quiere, a mí me encanta. Sobre todo porque parece estar sirviendo  de aliento a otros que están en su respectivos cursos de quimio.

Luego está es sabor de las llamadas que no atiendo porque me falta el resuello; es un sabor algo amargo pero enseguida se diluye entre la seguridad de un buen amigo. El sabor de mi familia, a vino criado en una barrica de la mejor madera, sabor firme e inequívoco, seguro, sabor a una tierna maroma que siempre está cerca. El sabor de mi novia, esencia de la dulzura, y últimamente con brotes de sabor a paciencia. El sabor de los buenos amigos, animando cada minuto, sabe como el primer trago de una cerveza a mediodía.

 Me saben muchas cosas. Pero hay algo extraordinario. Nada me sabe a muerte. A dolor, sí. A sufrimiento, a hartazgo, a impotencia, también. Pero a muerte no me sabe nada de nada.

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Quiero

Quiero dejar dejar el centro y pasar a un lado con poca iluminación.  Quiero que dejen de mirarme, de auscultarme. Quiero no necesitar ayuda y si la necesito, quiero pedirla antes de que me la ofrezcan. Quiero que el teléfono vuelva a sonar poco, quiero que apenas digan mi nombre. Pero no quiero que me olviden entre mis miedos y mis dolores. No sé lo que quiero.

Quiero comer como antes, beber cerveza, conducir, cabrearme por una tontería y me quiero reír como un loco. Quiero que la tristeza no me haga daño, quiero no llorar por casi todo, quiero no tener que dar las gracias todo el rato. Pero no quiero que dejéis de ayudarme. No sé lo que quiero.

Quiero a mis hijos cerca y hablar con ellos sin pensar que es un privilegio. Quiero sentir que me quieres por que me quieres y no por lo que tengo dentro. Quiero no darte ni un poco de pena. Pero no quiero que dejes de pasar tu mano sobre mí. No sé lo que quiero.

Quiero mi vida entera, no el trozo que tengo ahora.

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Esa felicidad

La felicidad, o eso que se le parece, mata.

La felicidad da sed y quita el hambre, enfermas de salud, te peina y te limpia los zapatos.

Esta tranquilidad te quita el sueño, se lleva los silencios de los que nacen las palabras.

Te rompe los huesos, te cierra los ojos, te cura la piel, te mete en casa.

Te pone en una mesa con dos platos y postre, te sirve vino caro y las cuentas empiezan a salir a la primera y te quedas sin cosas que contar.

La felicidad  con alguien es nostalgia de la tristeza, cree pero no crea, dice pero no chilla, y ya no rompe nada.  Dejas de perder, ganas lo que no te vale.

Esta felicidad que mide, pesa, que es como la de tu vecino, que acaba contigo.

 

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Su sitio

Su sito es un sitio lleno colores. Todos los colores, y  todos tienen nombre. Yo estuve y solo fui capaz de nombrar media docena. Su sitio coloreado cambia a menudo de color, porque lo colorea, lo menea, lo estira si toca o lo ensancha si quiere más aire.

Su aire es de color, de colores. Color sonrisa roja, color mirada miel, color palabra blanca, color silencio transparente, color carne-carne, color alma rosa…

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Y te pinta. Entras en su sitio y esa mano poderosa pasa por tu cara y te convierte en una caja de ALPINO. Te hace preguntas de colores que tienen respuestas CARIOCA y tus risas serán la caja grande de MANLEY.

Pinta el suelo que pisas para que camines con rumbo, pinta tu cama para que duermas bien, te pinta las letras para que los poemas sean felices y te pinta el alma de un color secreto, ese que lleva años buscando y que sólo le sale cuando lo extiende por tu corazón.

Me contaron que se había escapado de un cuento, que se hizo una escalera de colores con la penúltima página y saltó porque vio que el final no era feliz.

Entonces se convirtió en un Hada de los Colores. Dicen que desde entonces quiere saltar al principio de otro cuento y que mientras lo intenta -que no es nada fácil- reparte su paleta de colores entre quienes necesitan salir del gris, del marrón y del negro.
Ella es así, y así es su sitio.

 

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El pasillo

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Desde que salí de la última casa donde tenía calor, vivo en en el pasillo de un hotel, como si fuera una camarera de piso. Voy por libre, sin horario ni salario. Arriba, abajo, arriba, abajo… La mayor parte de los días camino y me asomo sin entrar en habitación alguna. Algunas puertas de esos cuartos están abiertas; entonces a veces entro casi sin llamar, casi sin mirar quién hay dentro porque sé que solo voy a deshacer la cama.  Y cuando me voy ya estoy tan lejos que no escucho si cierran con un portazo al ver que he dejado la habitación hecha un desastre.

Otras veces paseo distraído delante de esas puertas abiertas hasta que me invitan a entrar. No siempre lo hago, pero si cruzo el umbral seguramente lleve una flor, una botella de ron y la sonrisa de un vendedor de Thermomix. Si me siento cómodo, tras deshacer la cama esperaré hasta el amanecer para salir, otra vez corriendo, procurando no dejar rastros y con el deseo cierto de no dejar ningún arañazo en la piel. No miro atrás, no quiero recordar nada, solo quiero correr para que en el aire no quede nada de mi, para que mis pasos vuelen y no pueda encontrar el camino de vuelta.

Otras veces, muy pocas veces, me he quedado más tiempo, da igual si la puerta estaba abierta o llamé. He deshecho y hecho la cama, he escuchado la radio, he dormido y despertado, a veces comí, incluso cerré los ojos. Casi estaba allí. Casi.

Porque desde que entré tenía ganas de salir, sentía una fuerza absurda e inevitable empujándome de nuevo al pasillo, arriba y abajo, arriba y abajo, mirando al suelo o cerrando los ojos para no ver la puerta de la habitación tras la que creía que estaba mi casa.

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¿Hay alguien ahí?

¿Hay alguien ahí?

Es que escribo, o mejor dicho, pongo cosas y me pregunto si hay alguien a quien le interesa leer este despropósito.

Buenas noches.

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Quiero que seas mi héroe

Tengo miedo.

Si miro al pasado veo a las personas que no siguieron nuestra lucha, los sitios que no hemos ido, los amigos que no has tenido, las cosas que en colegio no has aprendido, veo los cumpleaños a los que no te han invitado y las medallas que no has ganado.
Cuando miro al futuro, tiemblo, veo cuánto miedo tengo. Cómo serás cuando midas 1.80, cuando tus manos sean más grandes que las mías, cuando mi voz ya no te deje parado, cuando tu edad y tamaño sean demasiado grandes para ti y para los demás. Los problemas van a crecer contigo.
Vivo el presente, tan cansado, tan limitado, montados en una montaña rusa que no te divierte nada. Los días son espinosos, días a veces de dinamita, viviendo en máxima y permanente alerta. Si estamos juntos tengo un ojo consagrado a ti, y si estamos separados te consagro mis pensamientos. Y siempre lleno de miedo.
Miedo aún no sé a qué, pero me atenaza. Es un miedo absoluto y largo que no me permite llevar con libertad mi propia vida porque no puedo cometer ningún error que te pueda afectar. Por eso ya siempre estaremos solo nosotros tres, tu hermana, tú y yo fabricando un minúsculo universo donde tengamos los menores riesgos posibles, donde no te hagan daño ni tú puedas hacerlo a otros, donde nos entendamos lejos de quienes nunca, jamás, nos va a entender. Quizá algún día veas que no somos como ellos, que pesamos demasiado en este mundo donde hay que ir ligero de equipaje, libre de compromisos, lejos de batallas que no sean las de cada uno. Porque ellos son uno, y yo soy tres; tu hermana y tu despertáis ternura pero no corazones que se vayan a quedar a nuestro lado. Tú mismo lo viviste, cuando ya creíamos que teníamos un sitio acabamos fuera de allí. Y desde entonces no se han preocupado nada por ti, así que será que estábamos de prestao y que no nos querrían tanto.
Yo, que tengo tanto miedo, ya no me atrevo a buscar un sitio para mí que sea también vuestro sitio. Por eso he hecho este castillito en Triana, para que solucionemos nuestras cosas a nuestra manera, sin dar guerra ni explicaciones a nadie. Y si tengo que dejar de coger tus manos para que sean otras las que a mi me den calor, ya lo viste, me quedo contigo.

Sin título

Iba a titular el post así; “Quiero ser tu héroe”, pero al escribirlo y pensarlo voy a titularlo de otro modo: “Quiero que seas mi héroe” De hecho ya lo vas siendo, porque me doy cuenta de todo lo que has mejorado, reaccionando de la manera opuesta a la que tu cerebro te indica porque sabes que eso no es bueno. Y apuesto porque seguiremos mejorando, pero para ello tendría que no morirme nunca, o por lo menos no morir hasta el día siguiente al que tú lo hicieras, porque sin mí no puedes vivir, pero es que yo, que me visto solo, que sé leer y escribir, que trabajo, que no me pongo fatal porque me hayan quitado una silla y tengo siempre una respuesta amable a quien me habla, yo, yo tampoco puedo ya vivir sin ti.
Te prometo que algún día irás conduciendo la furgoneta roja que tanto nos gusta y serás mi héroe.

 

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Mediterráneo

 Esta noche hueloDSCF9065 (3) aquel mediterráneo al que no volveré porque el   azul se me ha borrado. Puedo tocar las paredes de cal, blancas como mis deseos, donde ya no me apoyaré para tomar un respiro. Veo la estela del barco como cuando buscaba el atardecer en la popa, y se disuelve sin llegar a perderse en el horizonte; el mar ahora acaba en un precipicio. Este mediterráneo que veo se está cerrando, se me apaga, se ha despegado de la piel. Debajo hay otro mar que ya no es aquel mediterráneo mío de las dos sonrisas y la ilusión. Ese mediterráneo al que no iré  esta rodeado de ruinas y una es la mía porque una vez, yo, estuve allí.

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Mis mejores deseos

dibujo-a-lapiz-de-la-playa-del-veranoLe deseo que el sol abrillante sus hombros y que la arena suavice aún mas el tacto de sus pies. Que las alpargatas que los cubran pinten colores alegres con soltura elegante.

Deseo que beba los mejores vinos, las bebidas con más sombrillitas y que se haga decenas de fotos de esas en las que en todas sale bien. Que coma platos imaginativos en restaurantes de moda y que beba su cubatas en los bares más cool, donde un camarero guapetón se aprenderá el primer día cuál es su combinado habitual.

Deseo que ría mucho, rodeada de guapos y monas que celebrarán su belleza, firmeza e ingenio, que aplaudirán admirados sus ocurrentes palabras llenas de autoridad.

Deseo que la futilidad de todo con lo que arma su verano sea máxima para que pueda resumirlo en dos o tres frases.
Le deseo el azul del mar, el blanco de la luna, el naranja de su pareo, el rojo de sus gafas y el amarillo del sol. Y el negro para un par de trajes en las cenas de vino caro.

Deseo que viaje y compre, que gaste, que necesite otra maleta más para regresar.
Deseo que despierte entre sábanas blancas y brazos fornidos después de noches llenas de deseo borracho.
Deseo que se siente en la playa a leer historias emocionantes.
Y deseo que cuando cierre los ojos, recuerde los míos.

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