Viejecito temporal

Como un viejecito. Así camino muchas veces ahora. Y si no es como un viejecito, poco menos. Tengo un estado de cansancio permanente combinado con unas ganas continuas de dormir. Pero de dormir-dormir, nada echarme en un sofá. Vaya plan…

Por lo que me dicen mis superoncólogos (qué grandes son) se debe a que estoy dejando de tomar los corticoides. Eso es, sumado a la paliza de 10 meses de tratamiento, lo que está detrás de este nuevo estado físico en el que me encuentro. Y no se pasa en dos días…

¿Y ahora? Pues lo mismo, idéntica receta que anteriormente. Seguir afrontando lo que venga con optimismo y alegría, aunque sea duro. Me lo tomo como una fase más de las que me va trayendo el cáncer, como cuando he estado inmerso en la quimio o en la radioterapia, o anteriormente en la operación… ¿Ahora toca esto? Pues a por ello… Si me cuesta caminar, caminaré todos los días hasta que no me cueste, y vuelvo al gimnasio para ganar músculo y… perder peso. ¡Qué trabajo cuesta eso! Nunca antes me había visto en la necesidad de quitarme kilos, y es muy difícil. Me sobran unos 8 kilos y me faltan camisas y pantalones donde quepa. Además los corticoides hinchan y tengo una cara de papa tremenda… Parezco un cantaor de los antiguos.

Mientras tanto, a ver qué truco se me ocurre para no quedarme dormido por las esquinas. Hoy mi amiga y “prescriptora”  Pepa me ha dicho que lo mejor es echarse a andar pero por donde haya bares, para poder parar… no sé yo…

Lo más complicado de todo esto es que hay que seguir retrasando mi reincorporación a la vida normal, al trabajo fundamentalmente, porque así es imposible ir a la radio y hacer lo que tenga que hacer. Una nueva patada a esos plazos que uno, inevitablemente, se pone para ver cuándo dejará de verse como un enfermo. Aunque hace tiempo que aprendí que los plazos no valen para nada, creo que es normal que tenga cierta prisa en ver cumplidas mis ilusiones.

En cualquier caso, no se me olvida en ningún momento que esto que me pasa no es nada, que podrían estarme pasando cosas muchísimo peores, que mi cáncer está reduciéndose y mi vida aumentando. Son problemas menores que hace solo unos meses eran un sueño.

Y ahora poquito a poco,  que los “viejecitos temporales” tenemos que ir despacito…

 

 

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Ahora

Aprender a tocar la batería. Comprarme un monopatín eléctrico. Hacer el Camino de Santiago. Escribir más. Escribir mejor. Grabar podcasts. Cambiar el sofá rojo. Adelgazar 10 kilos. Más tiempo con los niños. Volver al gimnasio con ellos. Comer mejor. Dar más veces las gracias. Apuntarme a escritura creativa. Y a bailar sevillanas, que ya me vale. Ir a Galicia y más veces al mar. Dejar de planchar. Diseñar camisetas. Leer. Escribir poemas. Pintar. Pintar la casa. Respirar mejor. Explorar la música. Los tangos. Recuperarme.

Ir a Lebrija. Deshacerme del coche. Dormir. Cocinar más.  Ver alguna serie de TV. Comprar una planta para la casa. Escanear las fotos. Cantar bajo la lluvia. Volver a la radio. Hacer mejor radio. Dejar que el pelo crezca. Pisar un hospital lo menos posible. Limpiar la agenda de contactos. Reducir la medicación para el dolor. Preparar charlas. Preguntar más. Ordenar y limpiar la casa.  Buscar la risa. Un voluntariado. UN fin de semana en Granada. Estudiarme el móvil nuevo. Pensar mucho. Vivir más despacio, vivir menos seguro. Vivir. Vivir. Vivir…

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Y a partir de aquí, y al día siguiente de escribir la lista anterior, voy añadiendo las sugerencias que me están haciendo a través de Twitter:

Viajar. Ir a una Discotaku. Hacer el Camino de Santiago. Ir a tomar a La Moderna, en Jerez. Tomar chicharones de la calle Feria. Vivir. Ser feliz. Hacer deporte. Hacerme representante de futbolistas. Disfrutar. Comprar un telescopio. Disfrutar de lo ordinario y de lo extraordinario. Abrazar más. Escribir un libro. Tener el valor de ser uno mismo. Disfrutar. Volver a la radio. Hacer un programa de discos dedicados. Cervecita en el Tendido 11. Leer o releer Guerra y Paz, Machado. Oír cantar a los pájaros. Dejarte la melena y hacerte trenzas. Seguir adelante. Disfrutar de ti, de la vida y de los tuyos. Vivir en paz. Servirse, beneficiarse, rendir, poseer, usar, gozar, deleitarse, regocijarse, divertirse, solazarse. expansionarse, entretenerse, evadirse, recrearse,… VIVIR!!. Hacer mucho el amor. “VIVIR Y DISFRUTAR. Hacerle un banquete a personas que no tengan que comer, irte un dia a un spa y que te den masajes..que te hagan manicure y pedicure. Oler diferentes especias…y sentir al tacto sus texturas. Echar vinos, quesos y una buena conversa con amigos. Saborear media de manzanilla fresquita y media de jamón en el bar Las Palomas, en Sanlúcar de Barrameda. Sonríe, sonríe mucho. Dejar que te cuiden. Unas cervecitas con tu chica los viernes por la tarde. Respira hondo,mira hacia delante y vive!. Unos días a solas con tu madre, sin nadie más, relajados.  Un día en Bolonia (Cádiz), independientemente de la estación del año, y recrearse con el atardecer mientras escuchas el rumor del mar. Tírate por la rampa del Salvador, túmbate en una azotea a ver las estrellas, vuelve a ser niño. Escucha las canciones que te levantan la dermis, cántalas. Abraza, observa la vida pasar desde el velador de un buen bar, báñate en el mar lloviendo… Fotografía, mucha fotografía. Tu familia, tus lugares. Pero, sobre todo, tu punto de vista a través de la imagen. Quererte mucho y dar gracias a la vida. Un Scape Room. Jugar a Rodeo Stampede en el móvil. Apuntarte a Kick Boxing. Yo que tu me iria a El Palmar. Hacer Pilates , pasear por la orilla del mar, salir con amigos,iniciar algún aprendizaje. Comprate una autocaravana. Querer y dejarse querer, cantar por Zenet, reír, reír más.. ah! Y ser Desorganizao Puro. Yoga, meditación, reír a carcajadas, montañismo, estudiar, aprender otro idioma… VIVIR.  Vente pa Cai. Na vegar. Escuchar músiva indie española. Amar simplemente amar. Amar a la vida, a los amigos, a los desconocidos, a la felicidad. Tomar un vermut a mediodía en el Parque de María Luisa.  Indudablemente paseos playeros. Comerte un chuletón de buey de medio kilo con un buen vino en compañía de un puñado de buenos amigos. Ir juntos a Vejer. Ver amanecer desde la playa amarilla (Isla del fraile, Aguilas/Murcia). Venirte conmigo a desayunar chocolate con churros. Seguir ayudando a tantos, enfermos de salud y soledad, como hasta ahora…y comer más gambas. Ir al mercado tradicional y comprar al día te obliga primero a salir y a relacionarte con el vecindario. Volver a la rutina, bendita rutina. Ir al Caminito del Rey.  Dejarte llevar por tu corazón y hacer lo que realmente quieras sin pensar en lo que tú crees que los demás quieren de ti. Escribe un libro, escribe y cuéntalo.

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Contar

Esta semana se cumplirán nueve meses del día en el que me dijeron que tenía una mancha negra, fea y grande, en uno de mis pulmones. Llevo por tanto nueve meses conviviendo -que no “conmuriendo”- con el cáncer.  Y creo que he aprendido cosas nuevas, cosas que me gusta contar, de las que me gusta hablar. Todos entienden que la llegada de un cáncer fuerte a tu vida te zarandea como si fuera un tornado y te deja desprovisto en muchos casos de tejado y paredes… Cuando eso se produce, no queda más remedio que empezar a aprender.

Primero hay que aprender a tener cáncer (que tiene bastantes  capítulos) y luego viene toda esa parte, mucho más subjetiva, rica y reconfortante, en la que las lecciones vienen en forma de cambios que supuestamente han llegado para quedarse, cambios que harán que un paciente de cáncer nunca vuelva a ser el mismo. Es el valor de las cosas, de las personas, el tiempo, la muerte, las prioridades, el dinero, la familia, los amigos… Todo eso gira y ya no vuelve a estar en el mismo lugar ni a pesar lo mismo. Se supone que todas esas reflexiones nos han convertido en personas más sabias. Yo no lo veo así, porque yo lo que sé, lo que he aprendido, ha sido sobre mí,  y por tanto no puedo enseñar nada a otros a pesar de que, en medio de la desesperación, todas las semanas se dirigen a mí personas pidiendo que les ayude. Y yo les respondo lo que vengo a decir hoy: Yo cuento  lo que me ha pasado y cómo lo vivo, y espero y cruzo los dedos para que eso les sirva a otros. Cuento mi verdad, no la verdad. Afortunadamente, parece que mis palabras están sirviendo a muchos. Y estoy dispuesto a ir donde sea a hablar a quien sea sobre esto, a decir que no soy psicólogo, ni oncólogo, ni un gurú, ni me he tragado al Dalai Lama ni a Miliki ni a Paolo Coelho… Soy Valentín García, tengo cáncer, 50 años, soy un periodista y así cuento lo que me pasa.

Y lo cuento  siendo honesto, contando por ejemplo que hoy tengo un día de los malos, en realidad llevo tres, sin apetito, casi sin fuerzas, respirando mal, hinchado y redondo por los corticoides, cabreado al ver la báscula, dolorido por los hematomas que salpican mi barriga gorda a causa de las inyecciones de Heparina, que bajarme de un coche me cuesta media vida, atarme los zapatos también, y que como mal, tengo la nariz hecha un espectáculo, camino como  si tuviera 90 años, estoy cansado y paso horas acostado, que quiero volver a trabajar, que si paso un día fuera de casa necesito dos de recuperación, que empiezo a odiar hablar por teléfono, que quiero estar con mis hijos, que muchos días me cuesta que mi familia y mi novia no me noten harto,  harto de no tener mi vida en mis manos. Menos mal que he aprendido que mi vida anterior ha volado y no volverá y por tanto celebraré la vida que venga. No será tan buena, pero será vida, y en ella os estoy encontrando por miles y me gusta tanto que me agarro a vuestras ropas para quedarme aquí.

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Amanece. Hoy amanece.

Va a amanecer dentro de un rato, tengo que escribir rápido, porque hoy quiero ver cómo sale el sol. Hoy quiero vivir un amanecer especial, diferente a los más de 18.000 (tirando también rápido de calculadora) que han pasado por mis 50 años. El de hoy no quiero que pase, este me lo abro, voy a cargarlo de deseos, de pensamientos, voy a guardarlo y a llevarlo conmigo.

Hay apenas un par de amaneceres en mi memoria. Uno, el primero después de toda la noche fuera de casa siendo adolescente, ese amanecer iniciático, unas horas en las que uno crece. El otro que recuerdo es un amanecer en el Gran Cañón del Colorado, adonde había llegado la noche anterior y que al recibir los rayos del sol se presentó como uno de los lugares que más me iban a impresionar en mi vida. Después, he vivido muchos, muchísimos amaneceres despierto, pero ha sido a causa de mi trabajo. Catorce años dando las primeras noticias del día en la radio dan para una gran ristra de amaneceres contados pero sin contemplar.

Y llego al de hoy, al que me quiero quedar. Voy a asomarme para observar cómo el cielo cambia de color, cómo se va colando ese naranja mágico que no alerta de nada, pero avisa que un nuevo día va a comenzar, que tienes por delante bolsas llenas de oportunidades,  de sonrisas, de miradas, de palabras reconfortantes, de gestos… En tus manos está la decisión de abrir o no esas bolsas, la decisión de hacer un día pintado de colores o una jornada más de color gris que ni siquiera mañana serás capaz de recordar. Puedes decidir también si quieres compartirlo con otros y de qué forma, si en este día que se anuncia quieres decir cosas cuando hables, si quieres escuchar cosas cuando te hablen, si quieres que haya risas, quizá algún llanto, alguna confidencia o quizá ese mágico momento de silencio compartido, el silencio que apetece.

Yo quiero todo eso hoy, y mañana, y pasado mañana y el día siguiente también, y lo quiero todos los días, y quiero que sean muchos días, y efectivamente van a ser muchos  y no sólo unos pocos como estaba amenazado, y voy a abrir las bolsas con las dos manos cogiendo sonrisas para mí y echando otras al aire para que te llegue alguna a pintar de colores tu habitación. A mi escritorio ha llegado un buen taco de calendarios… 2019, 2020, 2021, 2022, 2023… Otra vez tengo tiempo, el tiempo. El que había venido el cáncer a robarme y que por ahora no se va a llevar porque entre todos no se lo hemos permitido. Le pusimos una barrera de #yomecuro y se ha marchado con su metástasis entre las piernas. Volverá, lo sé, pero esta vez lo hemos echado, esta vez no has ganado cabronazo…

Esta vez marcamos este 8 de agosto, día en el que salí a ver amanecer,  a ver cómo era el primer día del resto de mi vida.

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La esquina de la vida

Tengo la vida a la vuelta de la esquina. En esa esquina hay una prueba médica que dirá cómo está mi cáncer, dirá si puedo recuperar mi vida. Y claro, tengo ilusión y tengo miedo.

Así que aquí estoy, esperando a mi vida aunque ya sé que nunca será como antes del cáncer porque en este tiempo me he dejado unos cuantos jirones. Yo quiero esa vida como quede, para vivirla, para hacerla mejor, para sentir qué ocurre cuando respiras sin necesidad de pensar en ello, cuando dejas de contar, cuando la palabra “último” deja de bombardearte, cuando vivir es una rutina. Quiero la rutina de no darle importancia a la vida. Necesito esa tranquilidad, admito que estoy nervioso y que en estos días me cuesta reír y sonreír. Estoy más serio, escribo más serio…

Tras la última quimio, estoy como asomado, caminando impaciente hacia ese recodo tras el que está mi futuro. Bien o mal, sano o no, limpio o con células, mejor o peor… siempre huyendo de los dualismos y ahora no puedo evitarlos aunque sepa que todo son matices. La balanza está en manos de esa prueba  llamada Pet-Tac. Pasa por ser la más efectiva para la detectar el cáncer, y en ella  tengo mis afanes: en que me la hagan pronto (aún no tengo fecha pero será en menos de 15 días) y en que salga todo bien. No es como echar una moneda al aire, hay un trabajo y un tratamiento médico serio e imponente detrás que me hace ser optimista. ¡¡Más que optimista, hombre, es verdad, si tuviera que apostar lo haría claramente a favor del éxito!! No entiendo nada de Medicina pero sí sé algo sobre las miradas, y en la de los médicos y en la de mi hermana (también médico) percibo una tranquilidad que no estaba hace unos meses cuando fueron saliendo las cuatro metástasis con las que mi cáncer de pulmón se ha explayado.

Tengo esperanza en que se abre un nuevo tiempo, y bueno. En que podré decir que el #yomecuro me ha servido, no para curarme (ojo, siempre insisto en que en cáncer no se puede hablar de curación sino de superación de etapas), pero sí como una manera de afrontar el reto de la enfermedad, una actitud eficaz frente al dolor y los miedos, una frase enunciada en forma de mero propósito que se vuelca en la vida  mientras la hay, en no morir dos veces. No. #Yomecuro es esperar a lo que tenga que venir procurando ser feliz y hacer felices a los demás. Creo que es ese es nuestro deber más importante, y curar pues no creo que cure, pero hay que ver cómo ayuda a sacar adelante cada día y a pasar los malos ratos…

Y si sale mal… Lo primero, volveremos a suscribir un #yomecuro. Uso la primera persona del plural porque el cáncer es mío, pero la pelea es de todos los que estáis conmigo… ¡tengo tanta suerte! Y después, a ver qué se puede hacer metiendo mano o lo que los médicos quieran entre esos matices que el dualismo deja pasar.

En cualquiera de los casos, todo es ya un “por ahora”. Mi vida tiene colgado ese cartel, es curioso, “POR AHORA PARA SIEMPRE”, porque cuando el cáncer entra en tu vida escribe eso nada más llegar. Tendré que acostumbrarme a esa forma de vivir. Pero hoy no toca hablar de eso. Hoy, que estoy más serio,  quería contaros cómo me siento mientras me acerco a una esquina.

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Dormir. O no.

Son las cinco de  madrugada. Me he despertado, desvelado y enseguida he pensado en ti. No te conozco pero tienes cáncer y no puedes dormir. Igual que yo.

Tú lo llevas a tu manera, haces lo que puedes, como yo y como todos, claro. Y sin dormir bien, otra vez cerrar los ojos se convierte en un lujo. Yo paso. De dormir, digo. Es que yo quiero estar vivo, sentirlo, y cuando duermo no me entero, no disfruto del mero hecho de vivir, por eso digo que dormir no me interesa nada. Lo voy a escribir en plan bestia… Supongamos que me quedara un año de vida… ¿voy a pasar 8 horas diarias de ese mi último año de vida dormido? No. Sería como si regalara un tercio de mis horas, y no lo voy a hacer. Por eso dormir me importa poco o casi nada.

 Cuando no duermo me entretengo mucho. Aprovecho para situar mi cabeza y centrar mis pensamientos, sobre todo respecto al cáncer. Leo, navego mucho en internet, escucho música,  escribo,  y como estoy más tranquilo y solo, pienso. Hoy por ejemplo le estoy dando vueltas a que me encuentro bien y eso me asusta un poco. Joder, tengo cáncer, con metástasis en dos sitios, llevo seis meses de tratamiento, quimio, radio, dos operaciones… y no sé si debería encontrarme bien.

Sin entrar en detalles médicos, todo son buenos resultados y buenas sensaciones. Ojo, queda mucho todavía: me esperan unas cuantas sesiones de radioterapia en una glándula suprarenal, me queda una sesión de quimio de las malas y después empezaré con mis quimios “light” administradas cada tres semanas y pruebas variadas. A esto súmese el catálogo de “goteras” (especialmente el cansancio) que el tratamiento me ha dejado por ahora y que me molestan a diario. Pero me encuentro bien. A veces creo que demasiado bien, sobre todo cuando veo otros casos que me llegan a través de las redes sociales.

Siempre me comparo, unas veces salgo mejor parado que otras, pero siempre miro mi  alrededor y me encuentro, por ejemplo, contigo. No sé, puedes ser  Benito, o Julia, o Gemma, o Pilar y su hijo Julio, quizá eres Iván, Joluis, o Juan Manzorro, Diego, o eres AlfaReina, Esther, Virginia, o Nuria Argalleira,  o Nina, o Manuel , o  Jesús… hasta de Terelu Campos me he acordado y eso que no me gusta que alguien se llene los bolsillos de pasta fácil gracias al cáncer. Pienso en vosotros y os imagino cuando estéis superando el cáncer y sonreís. Otra veces, es verdad, pienso que dentro de un año quizá no estemos todos. Pienso también en todos los que mandan mensajes de apoyo y sigo alucinando con el hecho de que alguien que no conozco de nada me dedique unos minutos de su tiempo. Están haciendo la campaña #yomecuro cada día más grande. Procuro atender todo pero no siempre me da tiempo… en eso también pienso cuando como hoy, no duermo. Pienso en eso, y en mis hijos y mis ganas de verles crecer, pienso en el miedo a morir, en el miedo al dolor, en las ganas de volver a los micrófonos, en cuándo podré hacerlo, en qué pensarán mis jefes, pienso en todo lo que a diario recibo, en mis amigos y su inagotable generosidad, en mi novia y su infinita paciencia, en mi madre… pienso en todo lo que de verdad importa!!

Y en eso se me van pasando las horas, me entra el sueño y entonces me tumbo en la cama y me quedo dormido. Tres horas me resultan suficientes. No me importa añadir ese cansancio a las “goteras ” de mi tratamiento. Lo he hecho por la VIDA. He vivido más. Es que yo adoro vivir, necesito vivir, me encanta. Qué cosas tiene este tío, eh? Ea, pues ya han dado las 6.33…

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Los días malos

Los días malos también existen. Muchos. Vienen y te dejan hecho un trapo, pero sobre todo te recuerdan que tienes cáncer, chavalote, que se te estaba olvidando. En mi caso son cada vez más frecuentes porque llevo ya cinco meses de tratamiento y todo se acumula.

Me despierto  y antes de pisar el suelo ya lo noto. El cuerpo está más pegado al colchón y sacar los pies de la cama me cuesta trabajo. Hay que moverse despacito o me marearé al ponerme en pie. Voy al baño y es posible que me duela orinar, y ya de lo otro ni hablamos. La cosa está clara: en pocos minutos ya sé que tengo un día malo. Sin remisión, sin piedad, sin anestesia. El cáncer ha dicho “aquí estoy”.

En los días malos de ahora (y dejando aparte los posteriores a una sesión de quimio) me cuesta tirar del cuerpo, todo se ralentiza. La cabeza funciona peor, me resulta muy difícil concentrarme. La radio que me han puesto en las vértebras me ha destrozado la garganta y comer es una odisea asquerosa. Tengo que tomar papillas de farmacia. La nariz no deja de gotear, es agobiante. Llevo varios pañuelos encima, uno siempre en la mano para limpiarme. Cuando hablo con alguien me preocupa mucho que crea que se me caen los mocos. Lo parece. Las fosas nasales están hechas un poema, irritadas y con restos de sangre. Ya tengo una herida visible, no veas cómo me queda. Y luego la tos. Me entra de repente porque la garganta se queda a medio camino y es horroroso. Me dobla. Me parte. Es muy larga, suena mucho y me saca unos esputos como flanes. Es un asco que me deja agotado, es el Do del cáncer.

Me veo en el espejo. Me miro en el espejo. Mala cara. Esos ojos tan dentro, la boca más abierta, la piel más gorda y yo mucho más delgado. Hoy sí que me veo calvo. Apoyo las manos en el lavabo, hablo solo y digo: “Puto cáncer. Puto cáncer de mierda”. Entonces me doy media vuelta dejando ese careto en el espejo y cuando salgo del baño me digo que me voy a curar.

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Cosas buenas que me ha regalado el cáncer

Mi hijo pasando su mano por mi cabeza calva. La macedonia de fruta fresca que me hace cada día mi tía. Vestir tres tallas menos y quedarme -como dice Felipe- con un body para “debutar en la Maestranza”. Redescubrir mi barrio en Madrid. Discutir con mis hermanos para explicarles que no hace falta que me lleven a todos los sitios. Comer y cenar a diario con mi madre. Pensar que whatsapp es un invento maravilloso que me permite recibir 20 “¡buenos días!” antes de las 7.30 de la mañana.

La infusión de manzanilla y el té con leche de avena de Cris. Horas con mi hermano Nacho que tenía soñadas desde que éramos pequeños. La música de Kings of Convenience. La contención y la sonrisa cómplice de Davilete.  Pachi diciendo que me admira.  Cris intentando explicar a Cris cómo somos Pachi y yo.

La simpatía de las chicas de la farmacia. Todo Sanlúcar 28. Mis amigas, las que conocí porque eran las chicas de mis amigos. Los mimos de mi hija. Cinco meses sin trabajar y no haber visto ni cinco horas de televisión. El seguimiento de mi hermana Paloma, las ganas de estar con María y la dedicación de Silvia. Recordar cuánto he querido siempre Laura, a Cristina, a Gabriel, a Juancho y a tantos amigos tan antiguos. Hacer los recados despacito. Un camino del Rocío absolutamente emocionante.

Un mail de A.Cattoni.  Twitter y Facebook. Mensajes que me descubren a personas increíbles en las redes sociales. Llorar junto a mis Desorganizaos. Llorar más y sonreír muchísimo más. La senda marcada por CLV, mi eslabón. Periodistas que escriben sobre mí con el corazón. Amador más cerca.  Jerez, David y Reyes, Avanti, La Moderna, mi gente de Cádiz… y Juan Manzorro como un modelo. Compañeros de la radio que son mucho más que eso. La necesidad de tener a Blanca y la suerte de tenerla. Más tiempo con mi tío Manolo.  El paso hacia mí de Alfredo, Jesús, Nobuya y Raúl.

Vuestros ojos dando saltos para evitar mirarme la calva. Humanes y Gorgue siempre, siempre. Fotos maravillosas. La risa y el optimismo de Bea. La imposibilidad de dar las gracias a todos a quien debo hacerlo. Mis amigos. Mi familia. Mis amigos. Mi familia. Mis amigos y mi familia. Todo lo que me da Cris, que es todo. Infinitas ganas de pasar una vida alegre y feliz. Y todo esto gracias al cáncer… no esperes a una cosa así para besar el aire que respiras.

 

 

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Una ola de #yomecuro

Eran las 7 de la tarde, las 7 exactas, cuando me ha llegado la primera foto al móvil, vía whatsapp. La segunda a las 19:00.02, la tercera a las 19:00:04… y así sucesivamente, durante unos 30 minutos no han dejado de llegar fotos de amigos, familia, compañeros, con una camiseta puesta en la que se puede leer #yomecuro. ¡¡Más de 200!!

Cristina, mi novia, les había puesto a todos de acuerdo desde hace algunas semanas, con la intención de ayudarme a subir el ánimo cuando estuviera sufriendo los efectos de la quimio. ¡¡Y vaya si lo han conseguido!!

Camisetas, carteles, lo que sea pero todo ha llegado cargado de alegría, de buen humor, de luminosidad. Iban entrando en el móvil componiendo una secuencia que he vivido riendo y llorando, por supuesto. ¿Cómo es posible que haya tanta gente que me quiera así, que me haya dedicado su tiempo para enviarme un deseo tan importante?

El caso es que ahí están, y hoy, de forma organizada y coordinada, me han hecho inmensamente feliz. (Recibo mensajes todos los días, más de los que me da tiempo a contestar, es maravilloso). Todos a la vez, en un mismo impulso sanador, luminoso y alegre para estar a mi lado contra el cáncer. Ha sido media hora de lágrimas emocionadas al recibir tanto cariño. Como acción curativa es espectacular, extraordinaria, no he visto antes nada igual… debería ser recetada, yo la recomiendo absolutamente.

Mis hermanos, cuñados, sobrinos, amigos de Sevilla, amigos de Madrid, sus hijos, compañeros de trabajo, colegas de otras emisoras, compañeros de estudios, amigos de la infancia… todos me dicen #yomecuro, me dicen por tanto que quieren que me cure y me comprometen (lo digo una vez más) con la vida. Me comprometen a resistir al cáncer hasta superarlo y me comprometen a hacerlo con toda la alegría que sea capaz de transmitir. En eso estamos.

¡¡Gracias!!  

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Era otra cosa

Recuerdo cuando me pasaban otras cosas que no eran el cáncer, cuando en mi vida tenía cosas que no eran un cáncer. Tenía pelo en la cabeza y bajo ese pelo bullían simultáneamente decenas de palabras, imágenes y conceptos que se mezclaban y daban saltos hacia una vida muy breve.

Tenía un corazón que hacía algo más que dar las gracias, que sentía agradecimiento  alternado con sentimientos de pasión, entrega, desprecio, egoísmo, suficiencia, admiración, cariño, decepción, envidia, cansancio, ilusión…

Recuerdo venir aquí y  equivocarme, venir y que no viniera nadie, venir y vomitar y dejar aquí los restos, escribir sobre otros, cantar, pintar, hacer versos malos, venir a olvidar y acabar recordando.

Venía solo y salía solo, si acaso cargado de penas que querría haber dejado aquí entre los espejos, venía a ajustar cuentas y salía perdiendo porque aquí solo se venía a perder. Aquí venía a escribir sobre esta vida que ahora me estoy jugando, y al leerme, parece que no me estoy jugando nada. Era mi vida, cuando la tenía, cuando el cáncer no me la había secuestrado. Yo no era un cáncer.

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