Nadie en la estación

Llevas demasiado tiempo, amigo, mirando al final de la rampa automática de la estación, para ver que no ves a nadie, que nadie espera verte, que nadie te espera. Viajas, regresas, bajas del vagón con tu equipaje pesado y esas manos chiquititas agarradas a las tuyas, y cuando aparece la rampa, vuelve a pasarte lo mismo. No se distinguen los rostros que están arriba, pero tú ya sabes que ninguna cara sonreirá al verte, que ninguna mano se agitará para saludarte, que no hay abrazo ni beso al final del recorrido, que llegas y es para nadie.

Hay mucha gente , pero nunca hay nadie. Sólamente esperas al taxi que te llevará a tu casa vacía, intacta, la cama sin hacer como la dejaste, los libros desordenados, la basura que olvidaste bajar, el gas abierto, la ropa que se quedó fuera al hacer la maleta, todo  está igual.

Nadie te ha llamado mientras ibas en el tren para quedar contigo y recogerte, pero has escuchado a otros pasajeros avisando que ya estaban a punto de llegar. Ellos tienen prisa por un abrazo, por el beso de qué bien que ya has vuelto, y tú sólo tienes prisa por salir de esa estación que maldices cada vez que coges la rampa.

Cada viaje, cada regreso, lo mismo. Ni una llamada perdida, y decenas de llamadas que hubieras querido hacer mientras tu mirada se perdía tras el paisaje verde del camino. Camino hacia nada, camino hacia nadie. Lo sabes, no esperas que te esperen, pero esa rampa cruel es un camino al cadalso, al peor, al de olvido. Porque hubo un tiempo en que quisieron esperarte pero tú dijiste que no hacía falta, tonto, si nadie te espera para qué vas a volver. Has hecho el viaje sin que nadie te pregunte a qué hora llegas, sin prisa por compartir la cena, sin que en casa nadie te pregunte cómo te ha ido.

Y ahí vas tú, subiendo, aclarando los rostros ilusionados de los que aguardan a quienes van delante y detras de tí, y tu mientras, cargas, el equipaje, las manos chiquititas, las ganas de fumar, cargas, como siempre, el insoportable peso de la derrota, los kilos de  olvido, la losa de no querer llegar si ella no está allí.

Cada regreso, lo mismo, todavía no lo puedes evitar. El tren termina su recorrido en la estación Soledad, y por el camino ha hecho parada en Tristeza, Ausencia y Melancolía.  Cada regreso, cada vez que la rampa te lleva, te ves más cerca de olvido, y duele.  Siempre tienes unos segundos para soñar un milagro con banda sonora, pero esto no es una película. Es tu reallidad, la de esa vida que te has ganado, así que corre, vete a casa, que te está esperando nadie.

(Para Cat)

Acerca de JuanBlan.co

Periodista en barbecho especializado en estudios europeos. Provinciano. Escéptico. Autocrítico. Más en http://JuanBlan.co.
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