No place for me.

La primera calle que intenté coger estaba cortada por obras. Tomé otra, oscura, que me llevó a una avenida grande donde no había pasos de peatones. Llovía y los semáforos no funcionaban. Me refugié bajo la parada de cualquier autobús, y al rato de esperar leí que estaba fuera de horario. Volví a caminar,  buscando. Había olvidado el reloj.

El móvil, ese que suena poco, sin saldo. Frente a la cabina me dí cuenta que no sabía de memoría ningún teléfono útil. Las calles estaban rotuladas, pero no sabía dónde estaba, y prefería no recordar cómo había llegado hasta allí ni a quienes dejé por el camino, bueno, a quienes me dejaron por el camino. Tampoco quería recordar cuánto tiempo llevaba dando vueltas, buscando, pero sabía que era mucho y que estaba cansado.

Vi un bar, un bareto, pero no entré. Estaba lleno de hombres viendo fútbol. Es la única forma de verlos con la cabeza alta y como mirando al horizonte. En la puerta había un chavalillo a quien quise regalar una bola sorpresa de las de máquina pero la mujer que le acompañaba no me dejó. No se aceptan regalos de un extraño. Seguí caminando, no sé si calle arriba o calle abajo, pasé por un cine pero no quedaban entradas.  Al poco, entré en una hamburguesería, pedí, pero tuve que comer en la calle porque todas las mesas estaban llenas.  Me había sentado en un banco que tuve que dejar cuando llegaron dos tipos peores que yo.

Cansino, cada vez más desaliñado, seguí andando mientras me cruzaba con personas que no me miraban, Un hombre apresurado, un repartidor, dos chicas cantando de la mano, una mujer elegante y mayor, una asistenta con dos perros que la llevaban a tirones, un anciano absorto, un chaval haciendo footing, otra señora con el carro de la compra, un joven de gafas redondas con su pequeño sobre los hombros, y en la esquina, una pareja que se besaba. Les miré. Terminaron su beso y sonriendo continuaron andando. Me pregunté si era verdad que yo había hecho eso mismo alguna vez.

Crucé. Estaba dejando de llover y en la calle cada vez había más gente. Todos con cara de saber dónde ir. Como siempre, fui incapaz de preguntar a alguien para que me orientara. Entonces decidí parar un taxi. Me detuve en la esquina. Durante tres cigarros no pasó ninguno. Entre el cuarto y el quinto pasaron tres, pero iban ocupados.

Distraído, la luz verde del taxi libre me sorprendió a un metro de mí. Abrí la puerta y me senté. El conductor tenía el pelo blanco y una chaqueta de punto gordo de color gris. Bajó la bandera, y entonces me hizo la pregunta:

¿Dónde va?

Me quedé callado. No era un día de mala suerte. Es que no tenía dónde ir, es que no tenía un sitio.

Acerca de JuanBlan.co

Periodista en barbecho especializado en estudios europeos. Provinciano. Escéptico. Autocrítico. Más en http://JuanBlan.co.
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  • La última vez que le pregunté a alguien acerca de si el relato de su blog era real o no, lo sabía antes de preguntar, así que rehusaré de hacerlo.

  • Allas

    Me gusta que escribas ficción. ¿O no? No lo sé.

  • Pilu

    Chicho, animaté un poquito y vuelve al humor del día cuando te conocí.
    Un beso muy fuerte
    Pi

  • Gracias por…

    escribir “bajó la bandera”, no sabes cuánto hay en esa frase, en esa expresión, cuántos recuerdos, cuánta infancia, en esos tres clicks que hacía el banderín y cuántas veces me lo mostró mi padre, cuando mis manos eran aún pequeñas y las suyas grandes.

    Y gracias por contagiarme de nuevo las ganas de escribir. M’a picao er gusanillo.

  • ¡¡¡¡Guauuu!!!! Esto tiene un corto… de cine, me refiero…
    Espectacular, buenísimo…
    ¡Qué más da si ha ocurrido o no! Es fantástico.

  • Bluemoon

    ¡¡¡Bonita foto!!! ¿¿Y no se te ocurrió coger el tranvía??

  • Allas

    A mí no me da igual. Valentín es grande, pero prefiero que sea una bajona de ficción.