El color de una lágrima

A veces, algunas veces, se preguntó  si respirar merecía la pena. Eso le ocurrió durante algunos meses que ya quedaron atrás.  Ahora, cuando por la mañana mete los pies en las zapatillas más feas del mundo, respira hondo, apoya la manos en las rodillas, mira la última pava de cenicero, enciende la radio y se pone todo lo erguido que es capaz. Como si el uniforme fuera su cuerpo desnudo, que luego cubre con lo primero que coge del armario. Pensando cada mañana que algún día tendrá que aprender a combinar los colores, y que ya es mayorcito para aplicar supersticiones a algunas prendas que cuelgan en su armario donde se mezcla la ropa de invierno y de verano.

Sale de casa pensando qué color tendrá el día, sigue respirando hondo y camina fuerte, dispuesto a que, como siempre ocurre, también hoy le pasen cosas. Las buenas, las malas, las regulares, las de reir, las de pensar, las de acertar, la de meter la pata, las inesperadas… a vivir. Sabe que hay cosas que no pasarán aunque le gustaría, pero ahora cree que respirar siempre merece la pena. Incluso suspirar.

Hoy, cuando se acueste en esa cama sin hacer y que le sobra, ya sabe cuál será su último pensamiento antes de que el sonido de la radio le acune. Hoy no están los níños, no es su día de turno, dos cielos a los que subir y que resultan ser protagonistas de fondo de lo que le ocupará la cabeza antes de cerrar los ojos.

¿De qué color es una lágrima? Ha visto cómo caía, despacio, por esa piel morena y tan suave que le hacía morir y que tiempo atrás era su abrigo. De repente, sin esperarlo, sin buscarlo, sin intencion siquiera de hablar, se han encontrado frente a frente, delante de confidencias fuera de tiempo y de lugar, entendiéndose sin tener que explicar, dibujando con precisión el pensamiento del otro. No eran esas las reglas, han pasado muchos meses y todo se ha ido…Ya sus relojes se meven al contrario, ya desconocen más que saben, ya no hay planes ni mapas, no hay cubatas, ni dardos, ni cigarros, no hay mensajes, no hay llamadas. Como mucho, el viernes, hay un “¡hasta el lunes!”. Cada día que ha pasado la goma de borrar se ha llevado un trozo de su historia común, cada día una grua derrumba un sueño, los metros se hacen kilómetros. Ella se ha ido, él no está, hay otro, ella ha cambiado las camisetas de colores por las camisas de rayas y el pelo desordenado por el peinado correcto, él sigue con sus camisetas y los pelos de loco, ella le niega, él se busca un nuevo sitio, ella vive y él está aprendiendo a sobrevivir.

Pero hoy, durante unos minutos, el viento que a ella le lleva a tierra y a él le empuja al mar, ha dejado de soplar. Calma chicha y dos miradas antiguas que no sabe de dónde han salido se han encontrado sin cita previa.  De una conversación prescindible han regresado a un tiempo atrás. Ella, a quien tanto quiere, le ha preguntado por quienes él más quiere. La realidad de la respuesta es dura, él se ha abierto porque en tres segundos se recupera toda una historia anterior que ella conoce de sobra, no le hace falta explicar una historia que, por cierto, a ella quizá todavía le duele.

Entonces, ha saltado, despacio como un verso recitado, una lágrima. El ha recordado las veces que le hizo llorar pero ahora no es su culpa. Ella dice que lo está haciendo bien, pero le da mucha ¿pena, coraje, rabia, nostalgia? El no lo sabe, no puede saberlo. Pero la lágrima sigue cayendo. Aprieta los dientes, respira tan hondo como a primera hora, para que esa lágrima no le confunda, para que no le inunde, para que no le ahogue. Y se amarra a algún pensamiento que la prudencia le impide decir. La lágrima hace un eterno recorrido de cinco segundos. Se treve a borrarla de su tez con sus manazas torpes y rudas, lijándo esa piel cuyo olor distinguría entre cientos.

Como siempre, el humor como salida, salida de emergencia para que él pueda huir de esa trampa que la vida hoy le ha traído. La vida, ella no. Se despiden, él se queda atropellado por las preguntas que haría y amarrado a sus machos para no haberlas hecho. Es temprano, y queda un día entero para rumiar. Ahora, antes de acostarse, antes de quitarse las zapatillas más feas del mundo, sabe la imagen que verá antes de rendirse al sueño. Es una película intensa y eterna que dura solo tres minutos. Cierra los párpados, y a oscuras, intenta averiguar cuál era el color de esa lágrima. Y entonces juega con las letras… La lágrimas no tienen color, tienen dolor. Pero sabe que a ella ya no le duele nada. Y antes de caer dormido, cierra sus ojos grandes, incapaces de llorar lágrimas como la de ella. El, si pudiera llorar, lloraría lágrimas rojas como las flores que nunca más le podrá regalar.

Acerca de JuanBlan.co

Periodista en barbecho especializado en estudios europeos. Provinciano. Escéptico. Autocrítico. Más en http://JuanBlan.co.
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  • Allas

    Bello. Peligroso. Catártico. Tónico. Ufffff!!!! Tal vez otros dos pasos adelante; uno y medio atrás. Y no, las lágrimas no tienen color. Son saladas.

  • 1984

    Por empatía, por provocar un buceo en los estados de ánimo, en los presentes, en los pasados. Porque a veces haces sonreír de puro dramatismo y otras llorar de linda nostalgia. Porque transportas al mundo de los sentimientos, de la añoranza, regocija al espíritu leerte, aunque sea empapado de tristeza…Sé que no es por lo que tú escribes, pero es por lo que yo te leo.
    Comprate unas zapatillas bonitas.

  • Paula

    La tristeza es bonita si eres capaz de escribir cosas bonitas. Las lágrimas buenas tienen color y son transparentes. Pero también están las lágrimas malas; éstas no tienen color porque se quedan en un ahogo en la garganta.

  • Marina

    Creo que ella habrá vuelta a derramar lágrimas si ha leído esto.a veces las personas tenemos “tiempos vitales” diferentes, encontrarse en el mismo tiempo es complicado