(2) La Isla de los Olvidados

“He llegado a este islote a mediodía, con calor, a pesar de que el cielo no estaba tan despejado como prometía cuando desperté. Es un islote mediano, no demasiado frondoso, con pocas playas donde poder desembarcar; tuve que aguardar un buen rato hasta que vi dónde poder hacerlo, una apertura al mar entre paredes de roca donde se ven las líneas del tiempo, esas marcas que siempre me asombran al pensar que hubo un tiempo en el que las olas rompían a esas alturas.

Cuando estaba cerca de la orilla ví a un grupo de personas. Hombres y mujeres sentados sin aparente actividad. Apenas dos o tres giraron su mirada hacia mi barco y hacia mí cuando ya estaba a solo unas decenas de metros de ellos.  Desperdigados, rondaban un chamizo destartalado en el que después supe que guardaban leña seca para hacer hogueras. Toda la playa estaba salpicada de restos de fogatas, algunas de ellas aún humeantes, componiendo un cordel de círculos negros colocados sin orden aparente. Ellos miraban a los rescoldos con los ojos absortos, con esa mirada propia a una chimenea en una tarde de invierno. Solo se mira así al fuego y a las olas, pero ellos ni miraban al mar ni tenían delante ninguna llama chasqueando. Lógicamente, yo estaba extrañado, pero no inquieto. Se les veía inofensivos, tan parados, callados… Pensé que mi presencia no les interesaba en absoluto. Sin embargo todo indicaba que estaban esperando algo.

Tras desembarcar, me detuve un minuto para situarme, intentando ver cómo era esa lugar al que la corriente me había llevado. Despacio, fui acercándome hacia ellos, haciendo momentáneas paradas al lado de algunos restos de hogueras. Así llegué hasta el chamizo, y sin hablar me coloqué a su lado, intentando no mirarles aunque supongo que enseguida se dieron cuenta de que era imposible no hacerlo. Serían una docena más o menos y cada uno vestía con ropas de diferentes etapas de la Historia. El más alto llevaba un traje impecable de corte italiano, estaba sentado sobre una piedra grande al lado de otro hombre, grueso, vestido con el uniforme del ejército inglés de la Primera Guerra Mundial. Hablaban poco y sin mirarse. Del interior del chamizo salío una gheisa, que se sentó alineada a un minero, una enfermera, un juez con su toga, un hombre con un mono azul, una bailarina, una mujer vestida de novia, un futbolista de la selección brasileña y por último, algo más adelantado que los anteriores, un anciano que me recordó al abuelo de Heidi o a Gepetto. Y no era precisamente una fiesta de disfraces. El anciano se incorporó y son mirarme y con desinterés me preguntó:                                       – ¿Hace mucho que te han olvidado, joven?                                                                                   Me fui acercando a su lado, y empezamos a charlar.”





Acerca de JuanBlan.co

Periodista en barbecho especializado en estudios europeos. Provinciano. Escéptico. Autocrítico. Más en http://JuanBlan.co.
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  • Invitado

    Bien. ¿Es una novela por fascículos?