Cuatro minutos

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Esa mala costumbre, como tantas, de comerse las uñas hizo que abriera la caja con dificultad. Las manos nerviosas iban demasiado deprisa y recurrió a meter el dedo por el agujero del troquelado que deja el farmaceútico para tirar y romper la caja, alargada, tan rosa, tan de cartón como todas las cajas que salen de una farmacia. Lo compró en una donde jamás había estado y a la que probablemente no volvería. Pensó que en la de siempre le harían alguna pregunta .

Sonreía al pensarlo aunque que no era precisamente un momento divertido el que estaba viviendo. Dentro del cuarto de baño, a solas, con ese artilugio en la mano. Sus compañeros estaban comiendo y podía hacerlo con algo de tranquilidad. Ya habría tiempo para el jaleo si aquello salía como temía. 

Dejó la caja rota sobre el lavabo y aunque siempre evitaba hacerlo se sentó. Esta vez era preciso. Desplegó el papelito de las instrucciones y las leyó. Pensó que ésas debían ser las únicas instrucciones que se leen en España, donde nadie las lee nunca. Era simple: quitar la tapa de una de las puntas y “orinar directamente sobre el puntero absorbente de forma tal que quede suficientemente embebido”.  También se podía orinar sobre un recipiente seco y sumergir la punta en cuestión, pero en el baño de la empresa no había nada que sirviera. Procedió con el mejor acierto que tuvo, tapó el puntero y se dispuso a “esperar pacientemente 4 minutos para obtener el resultado”. ¿Y si no espero pacientemente, pensó, el resultado será otro? Una raya, negativo. Dos rayas, positivo.

Cuatro minutos. Largos, larguísimos los doscientos cuarenta segundos. Se miró al espejo, puso las manos tras la nuca y resopló. No se veía mal, aún era joven y tenía un aspecto estupendo que desde luego cambiaría si salían las dos rayitas rojas en el centro de ese artilugio que parecía un termómetro. Si era así, todos los minutos, millones de minutos que vendrían después serían muy diferentes. La ropa, un problema: No le valdría nada de su armario. El trabajo, un problema: El éxito de la alta dirección podría girar.  La casa, otro problema: Llevaba más de diez años sin compartir vivienda, a sus anchas, sin hacer la cama, sin planchar, a su aire. Tendría que cambiar muchas cosas, preparar una habitación para el bebé, vaciar las estanterías llenas de trofeos del pádel, de recuerdos de viajes por el mundo, de las decenas de Vespas en miniatura que coleccionaba. Todo se sustituiría por fotos tiernas, y las decenas de cosas que le iban a regalar. 

El coche deportivo cambiaría por un monovolumen. Su pequeña bodega albergaría cajas de pañales. En la televisón de plasma dejaría de verse el fútbol y se vería Bob Esponja.  Pasaría los fines de semana en el parque en lugar de cazando y, seguramente, la nutrida agenda de su movil iría languideciendo poco a poco hasta que la unica mujer fuera la canguro.

 Así pasó esos cuatro minutos. Antes de mirar al Predictor buscó su cara en el espejo. Pasó la mano por la barba y pensó que quizá debería afeitarse. Mientras bajaba despacio la mano para cogerlo habló en alto y dijo: “Juanmi, con dos cojones”. 

Dos rayas, positivo.

Acerca de JuanBlan.co

Periodista en barbecho especializado en estudios europeos. Provinciano. Escéptico. Autocrítico. Más en http://JuanBlan.co.
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  • Amelie

    ¡Enhorabuena!