¿Quién eres?

Entre sus ojos y los de ella se podía tender un alambre, que al tocarlo, sonaría como una cuerda de guitarra sin afinar. Silencio en medio de la conversación. Silencio tras la pregunta que ella hizo mientras tendía la mano abierta como si acabara de lanzarle una granada al pecho. Silencio de él. Largo y denso. Raro pero cómodo.

Había acudido preparado, con cientos de palabras, frases aprendidas a base de retumbar noche tras noche en su cabeza. Hasta el eco de las palabras se sabía. Dispuesto a hablar todo, a contar todo, a mentir nada. Y en los bolsillos, puñados de preguntas listas para que ella respondiera, mapas donde quería que le dibujara las rutas, ecuaciones que saldrían por la puerta con su incógnita despejada. Quizá eran demasiadas palabras y preguntas y frases y explicaciones y no lo estaba ordenando bien. Caótico y cansado iba desgranando los errores, la rabia, la inquietud  y alguna sonrisa. El agotamiento le hacía repetir cosas sin darse cuenta, pero daba igual porque estaba sentado en esa silla blanca para eso, exclusivamente para extender su caos como en una lona de mercadillo.

Entonces ella preguntó y vino ese silencio. Las lágrimas no hacen ruido al mojar los ojos, no suena su roce en las mejillas, pero cuando comenzaron a brotar esuchó los sonidos. Sin hablar, pudo distinguir la melodía de dos otres canciones derramándose desde sus ojos, escuchó su nombre, más nombres, y un nombre de entre todos los nombres. Escuchó la voz de su padre y la mirada de su madre, escuchó páginas de algunos libros y diálogos de películas, escuchó las clases de latín en el colegio, el ruido de las motos, el sonido de Madrid al amacecer, la piedra de un mechero, el sonido de los hielos y el ruido sordo que se produce cuando en un puño metes un corazón.

Las lágrimas, inéditas y viejas seguían cayendo. Ni su respiración se oía. Con cada una, un sonido. Sonó su despertador, una puerta, un portazo, las palabras torpes de un niño… Sonaron palabras más altas que otras y susurros de entre almohadas, sonaron promesas, descorches de cava, su nombre en la boca de varias mujeres. De sus ojos apretados seguían surtiendo lágrimas con el sonido de los viajes, de la radio en un coche, de los elogios, de las carcajadas, de los tonos de los teléfonos, de una voz desde el pasillo, sonido de los bares en soledad y de las llaves de todas las casas donde había vivido. Las gotas recorrían su rostro con el sonido de amigos diciendole que es oro, y caían a plomo cuando sonaba la nostagia, el olvido, el daño, el fracaso, la decepción y la condescencia.

Lloraba en silencio. No podía responder con palabras a la pregunta que ella le había hecho, no podía, la respuesta iba en cada una de esas lágrimas maduras que le embarraban los pies

Cuando ella le dió un pañuelo de papel paró de llorar. Pero no respondió a la pregunta, tan difícil, tan dura. Durante los siguientes tendría que derramarse entero para componer la respuesta con el sonido de las lágrimas.

Acerca de JuanBlan.co

Periodista en barbecho especializado en estudios europeos. Provinciano. Escéptico. Autocrítico. Más en http://JuanBlan.co.
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  • Cristina

    Ufffffffff, cuando reaccione a ver si puedo escribir algo que se parezca a una frase. Brutal.

    • valentingarcia2

      Cristina, no tardes con tu frase, me interesa mucho una reacción… Gracias!!!

  • Cristina

    Dicen que cuando uno está a punto de morir, toda su vida pasa como en un suspiro, momentos, sensaciones… a una vertiginosa velocidad. En el caso de los sentimientos ocurre lo mismo, pero duele más, porque hay que sobrevivir a la decepción, a la angustia, al olvido. Y seguir. Lo ideal sería vivir sin expectativas, para no sucumbir a la frustración, esa que, como dices, hace que sientas que te están estrujando el corazón como una algofifa. (la palabreja cañí es para quitarle un poco de hierro al asunto). Esa tristeza serena que me transmiten tus palabras la conozco muy bien. La que te invade cuando estás agotado de tanto llorar. Ay, que me gusta lo que escribes.