¿A qué sabe la quimio?

Carboplatino. Esa es la cosa que durante 4 horas  me pusieron hace 10 días en el hospital, con mi vía perfectamente inyectada en una vena de la mano izquierda, entrando en mi cuerpo para acabar con las células malas, las que se reproducen más rápido de lo normal, las del cáncer de pulmón. Lo que pasa es que se llevan por delante algunas cositas más y sobre todo, entra en tu cuerpo y te deja la clara sensación de algo muy terrible: has sido envenenado. (Entonces aquí tarareo canciones que saltan solas… Dicen que tienes veneno en la piel, o  Dame veneno que quiero morir dame veneeeeenoooo) Importante: no he buscado nada sobre el carboplatino en Google, es que no lo he hecho con nada desde que me diagnosticaron el cáncer de pulmón. Y creo que me estoy ahorrando muchos disgustos gratuitos.

La sesión de quimio en sí misma aporta poco, y como he ido nada más que a una, esperaré a tener más material para contar. Pero vamos, fueron 4 horas y salí de allí tan normal,  y tan normal estuve los dos días posteriores pero… al tercer día… al tercer día iba yo sentadito en el AVE y me entraron los fríos sudores de la muerte, qué digo de la muerte, peor,  los fríos sudores de irte como un mirlo por la legdown (pataabajo).

En pocos minutos todo había cambiado. Me encontraba realmente mal, muy mal. Tuve que pedir a mi novia que saliera antes de trabajo para recoger en la estación lo que quedaba de mí… Yo, que había entrado en un vagón de Ave con paso firme, dos horas después salía de ese vagón encorvado, arrastrando los pies y apretando todos mis músculos hacia un mismo punto redondo que no debía relajarse bajo ningún concepto.  (Para los escatológicos, sabed que llegué casa inmaculado)

La quimio sabe a metal frío en la punta de la lengua. Es decir, no sabe a nada pero sabe fatal. A tu lengua solo llega frío y hierro. Envuelve la lengua pero no cala; es como si te pusieran una funda de carboplatino y por tanto nada sabe a lo que es, solo sabe a metal.

El agua fresca, metal. El zumo de naranja recientito, metal. La Cruzcampo (¡La Cruzcampo!), metal. El café con leche, metal. Y así los líquidos que queráis, pero con el gran inconveniente de que  tu cuerpo es ahora una esponja. Tras la quimio, bebo casi un litro de líquido por hora, y cada noche unos 2-3 litros. Y todo me sabe a metal. Cuando termino de beber tengo la misma cara que cuando te ponen un cubata bien cargao y tienes que echarle más refresco.  Afortunadamente no hay problemas para orinar, salvo que voy tantas veces que ya tengo ganas de pintar algo bestia con rotulador en las losillas del baño, no sé tipo… “Agarralá mientras puedas” o “mira a ver si se te ha caído”, pero no creo que sea del agrado de mi santísima madre (por cierto, ella merece un post).

El sabor a metal afecta a líquidos y sólidos y otras cosas que se comen en casa de mi madre. Es bestial, es absoluto, es como si una fábrica de alimentación hubiera desarrollado una línea de productos que sepan todos a lo mismo. Por ejemplo, bollería con sabor a Teja, legumbres sabor teja, carne de teja, pollo de teja, arroz teja con huevos teja y tomate frito de teja con sus papas teja… Todo sabe igual de mal, pero tú tienes que comer.

Tienes que comer, que dentro llevas lo más grande… Pero el estómago se ha cerrado. El hambre no existe ni las ganas de comer tampoco. Hay que hacerlo, necesitas fuerza porque ya vas notando el peor efecto de la quimio: tus fuerzas desaparecen y sientes que tu cuerpo tiene como 98 años. No puedes. No puedes.

A la cama, tumbado, respirando lo justo. No es nada en concreto pero es todo en conjunto, tienes muy mal cuerpo, muy malo. Te pesa. Salen ronchas que pican en la pelvis y en los tobillos. Duelen las articulaciones. La tensión se ha descolocado por primera vez en la vida. Otra pastilla más. Tomo 11 cosas diferentes cada día.  Necesito una listilla para no liarme. Esa lista es de las pocas cosas que leo, porque no tengo la cabeza para leer. Y me da rabia. No tengo ajustada la atención, y además temo que los libros también me sepan a metal.

Porque con la quimio cambia el sabor de las cosas,  pero ahí está lo bueno, no todo sabe a metal.  La “paleta” es ahora muy variada y me está abriendo puertas a sabores que no imaginaba.

Los mensajes de aliento y ánimo que recibo en el móvil saben a galletas recién hechas. Tengo decenas de cajas llenas. Los mensajes a través de Twitter y Facebook me saben a todo, porque llegan de todos los lugares y son sabores desconocidos, como desconocidos son la inmensa mayoría que me dicen “tío, no te conozco pero te vas a curar, o sigue peleando, o yo ya estoy en cuarto de quimio y va todo bien”. Son muchos, no digo la cifra porque me sonrojo y porque en realidad da lo mismo. Pero ese sabor lleno de mil sabores, que hay que pensar bien si uno lo quiere, a mí me encanta. Sobre todo porque parece estar sirviendo  de aliento a otros que están en su respectivos cursos de quimio.

Luego está es sabor de las llamadas que no atiendo porque me falta el resuello; es un sabor algo amargo pero enseguida se diluye entre la seguridad de un buen amigo. El sabor de mi familia, a vino criado en una barrica de la mejor madera, sabor firme e inequívoco, seguro, sabor a una tierna maroma que siempre está cerca. El sabor de mi novia, esencia de la dulzura, y últimamente con brotes de sabor a paciencia. El sabor de los buenos amigos, animando cada minuto, sabe como el primer trago de una cerveza a mediodía.

 Me saben muchas cosas. Pero hay algo extraordinario. Nada me sabe a muerte. A dolor, sí. A sufrimiento, a hartazgo, a impotencia, también. Pero a muerte no me sabe nada de nada.

Acerca de Valentín García

Mi nombre es Valentín García Sandoval, "Chicho". Soy periodista, dedicado a la radio, en la que llevo desde 1992, primero en RADIO SEVILLA de la CADENA SER y ahora en CANAL SUR RADIO. Nací en Madrid, pero desde los 24 años vivo en Sevilla. Soy un loco de la radio, disfruto mucho delante de un micrófono y me encanta comunicar: esa es mi obsesión. También me dedico a la presentación de eventos. Y vivo en Triana.
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