Plancho lo que puedo

E_hombre-actual-plancha-una-camisa-1La otra habitación había cobrado el aire de una jaula de culebras y me daba miedo acercarme siquiera a la puerta. Dentro, sobre las camas de los niños, 15 camisas, 6 pantalones, camisetas, pijamas, pañuelos, toallas, yo qué sé!!! Más que un cerro de plancha era el Everest mullido. Ahí se había ido acumulando ropa desde hace 15 días, y lo peor, estaban todos los restos de la Feria. Esta tarde, por fin, armándome de valor cual legionario, cargué de agua mi plancha de vapor y lo he planchado todo. To-do.

Han sido varias horas, alternando comedias de la tele y sesiones de Spoty. Así he combatido el silbidito del vapor, aunque creo que a partir de la cuarta camisa blanca lo que hacía la plancha era resoplar. Y en esas, intentando no pensar que debería tener un nivel de vida que me evitara el palizón, me he echado a la poética del planchado y…

Y he pensado que estaba planchando una Feria. Una magnífica Feria de abril que se queda guardada hasta el año que viene. He pensado que he planchado las arrugas que me han salido en los ojos de tanto reírme estos días y las marcas que deja en la cara una semana de sonrisa. He planchado mis piernas cansadas, mis ojos abiertos y decenas de instantes que, ya lisos, puedo guardar en el álbum intangible de los recuerdos.

Pero había más. También he querido planchar un corazón arrugado. No encuentro el programa de la lavadora que lo deje decente y en condiciones de ponérmelo en el pecho para sacarlo a la calle. He querido planchar la memoria, y tampoco. No está limpia, ni seca, los quitamanchas no pueden borrar esos tizones; sigue por tanto colgada en el armario al que acudo cada mañana. Tampoco he podido planchar el deseo, los errores, la melancolía, las contradicciones, la rabia y lo que es peor… No he podido planchar el miedo.

Tengo que cambiar de plancha. No, no es eso. Lo que tengo que hacer es aprender a planchar.

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Again

Llegan los abriles, este abril, descarnando. Otro abril tras otro abril porque todos lo meses son ya abriles. Están amarrados al esternón, enquistados.
Y se repetirá el rito, caminar oscuro entre las luces, transparente entre los colores para no ver, no mirar, no salir corriendo. Agotado no se puede ni huir.

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Vacaciones

Son más maletas que el año pasado, pero pesan menos. Miras a esas maletas pensando en aquello que se te ha olvidado y te dejas aquí. Este año es mucho tiempo fuera, y vas primero con los niños a pasar unos días a la playa. Otra vez puedes ir con tus hijos a jugar en la orilla del mar. Pero temes que el equipaje no sea adecuado. Quizá, pero has hecho los montones de ropa, contando los días, has metido todo aquello que puede hacer falta aunque solo sea una vez y lo vendan cerca, y te llevas un montón de chorradas solo porque te mola tenerlas contigo aunque sea de vacaciones.

Este equipaje es distinto. Difícil ver la razón. Será porque ya no llevas encima todo lo que no podías tener, todo lo que no ibas a hacer, y eso aligera mucho el peso. Siempre viajará contigo un caja pequeña con recuerdos, pero se pierde entre tanto bulto.

Sabes que esto no es lo que querías, pero resulta que ahora quieres esto por encima de todo lo demás, ahora van a ser una vacaciones inolvidables, diferentes a las anteriores que se parecían tanto entre ellas, que eran como cualquier noche de fin de semana. Cuando pasen los años sabrás qué verano era. En las anteriores tienes que mirar la fecha; se parecen tanto…

Estas vacaciones son tuyas y empiezan ahora. Asegurate de que te olvidas lo que te tienes que olvidar. No lo vas a echar de menos, ya no. Te da pena, claro, pero cuando estés haciendo el primer castillo de arena con tu hijo recuerda que antes era difícil. Antes no podías hacer muchas cosas, y ahora, haces sin miedo lo que crees que tienes que hacer.
Antes, pudo ser ahora, mañana y siempre. Pero se derrumbó. Hoy es mañana y es todo lo que has aprendido mientras mirabas hacia atrás esperando una migaja. Pero tú ya no eres de migajas, esas ya no van en tu equipaje. Pásalo bien, chaval.

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Nueva experiencia

Quinto día consecutivo con los niños en casa. Vida normal, vida de padre soltero. Ellos van a un campus de verano mientras yo trabajo. He contratado a una amiga (magnífica) para que les lleve, y yo les recojo cuando salen. No paro de hacer comidas, meriendas, cenas, compras juegos, vestir, duchar, fregar, lavadoras, limpiar, ordenar, planchar, regañar… No paro, como de pie y a estas horas tengo los primeros minutos para mí.
Por delante otros cuatro días de lo mismo, que harán que haya vivido una de las semanas más largas, deliciosas y enriquecedoras que podría tener.
Ahora comprendo mejor a las madres, por su esfuerzo, y al mismo tiempo me siento muy cerca de los padres que luchan por estar con sus hijos más allá de unas horas entre semana y fines de semana alternos.
Sé que esto está lleno de matices y que no hay dos casos iguales. Pero en mi caso ,que dejé lo que mas quería por quien más querré, celebro que lo que antes era un problema sea ahora una maravillosa solución.
Eso sí, tengo que ampliar mi repertorio de cocina.

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Ahora pinto.

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Luna de un San Juan

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Está bonito…

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“Mi mejor madre del mundo”

Podría haber escrito sobre mi madre cualquier día, pero hoy desde bien temprano  y por ser el Dia de la Madre,  mi Facebook y Twitter se han llenado de testimonios de amigos llenos de cariño. En esas líneas he observado dos cosas en común: que para todos su madre es la mejor del mundo, (hecho científicamente imposible hasta que algún programa de TV lo mida), y que las madres, cada madre, tienen un valor infinito y único.
Es por tanto muy064_4 probable que lo que diga sobre la mía, sobre Blanca, también esté tiznado de esos sentimientos. Pero mi punto de partida no va a a ser mi madre hoy, una mujer de 78 años.  No, yo voy a escribir sobre esa mujer de la foto, que tenía 23 años, estaba recién casada, acababa de dejar su Granada de toda la vida y vivía en New York. Era el año 1960.
Esa mujer, cuando fue fotografiada por mi padre, no sabía que se quedaría embarazada poco después y que regresarían a España, a Madrid, para establecerse definitivamente.
No sabía que durante la siguiente década tendría seis hijos y que su marido, mi padre, estaría poco en casa. Que cualquier aspiración profesional que tuviera quedaría enterrada bajo pañales, comidas, trajecitos y pantalones cortos. Que iba a tardar años en volver a dormir tres o cuatro horas seguidas, que iba a enseñarnos a leer y a jugar, y que lo iba a hacer tan bien que décadas después sus seis hijos estudiarían carreras universitarias a las que ella no pudo acceder, compensándolo con una voracidad lectora que ya la quisiera yo para mí.
Blanca no sabía que España iba a cambiar, y que la educación que recibió ya no serviría para andar por la calle, qué digo la calle, para estar en casa… Que sus hijos iban a tener otras ideas políticas, otras formas de formar una familia, que incluso desharían familias ya hechas, que las madres de sus 13 nietos no serían madres como ella… No sabía en definitiva, que nada de lo que le habían contado, que nada de lo que podía intuir, se parecería ni de lejos a lo que en su día a día, noche a noche, iba a tener que afrontar.
Han pasado 55 años de esa mujer. No tiene sentido contar aquí cuántas cosas le/nos han pasado. Miles, y algunas muy difíciles. Con seis hijos, os podéis imaginar…
Lo que he venido a decir es que todo, todo eso que ha pasado, en cada una de las situaciones, quien mejor se ha adaptado es ella. Quien menos problemas ha puesto al mundo que iba llegando es ella. Quien ha tenido las manos, la casa y el corazón abierto es ella. Ella, y miles como ella, son las que hicieron la famosa Transición española, pero como no la hicieron en las Cortes sino cortando pantalones, no salen en la foto. Pues aquí va la foto de una, de Blanca Sandoval, “mi mejor madre del mundo”.

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No tengo casa

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Volar

Una tarde mirará al sol sobre el mar prohibido y dejará de volar en dirección contraria. Preferirá un paraíso solo a un infierno para dos. Atrás será un lugar lejano donde una sombra deambulará abandonada, pisando fuerte en un círculo eterno alrededor de su propio centro, incapaz de llegar a otro sitio.
Entonces podrá empezar a tener recuerdos nuevos. Podrá besar con los ojos cerrados y notar el calor de otra piel.  Podrá usar palabras nuevas y palabras olvidadas.  Podrá sentir de nuevo el orgullo, y podrá dormir.

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