Cosas buenas que me ha regalado el cáncer

Mi hijo pasando su mano por mi cabeza calva. La macedonia de fruta fresca que me hace cada día mi tía. Vestir tres tallas menos y quedarme -como dice Felipe- con un body para “debutar en la Maestranza”. Redescubrir mi barrio en Madrid. Discutir con mis hermanos para explicarles que no hace falta que me lleven a todos los sitios. Comer y cenar a diario con mi madre. Pensar que whatsapp es un invento maravilloso que me permite recibir 20 “¡buenos días!” antes de las 7.30 de la mañana.

La infusión de manzanilla y el té con leche de avena de Cris. Horas con mi hermano Nacho que tenía soñadas desde que éramos pequeños. La música de Kings of Convenience. La contención y la sonrisa cómplice de Davilete.  Pachi diciendo que me admira.  Cris intentando explicar a Cris cómo somos Pachi y yo.

La simpatía de las chicas de la farmacia. Todo Sanlúcar 28. Mis amigas, las que conocí porque eran las chicas de mis amigos. Los mimos de mi hija. Cinco meses sin trabajar y no haber visto ni cinco horas de televisión. El seguimiento de mi hermana Paloma, las ganas de estar con María y la dedicación de Silvia. Recordar cuánto he querido siempre Laura, a Cristina, a Gabriel, a Juancho y a tantos amigos tan antiguos. Hacer los recados despacito. Un camino del Rocío absolutamente emocionante.

Un mail de A.Cattoni.  Twitter y Facebook. Mensajes que me descubren a personas increíbles en las redes sociales. Llorar junto a mis Desorganizaos. Llorar más y sonreír muchísimo más. La senda marcada por CLV, mi eslabón. Periodistas que escriben sobre mí con el corazón. Amador más cerca.  Jerez, David y Reyes, Avanti, La Moderna, mi gente de Cádiz… y Juan Manzorro como un modelo. Compañeros de la radio que son mucho más que eso. La necesidad de tener a Blanca y la suerte de tenerla. Más tiempo con mi tío Manolo.  El paso hacia mí de Alfredo, Jesús, Nobuya y Raúl.

Vuestros ojos dando saltos para evitar mirarme la calva. Humanes y Gorgue siempre, siempre. Fotos maravillosas. La risa y el optimismo de Bea. La imposibilidad de dar las gracias a todos a quien debo hacerlo. Mis amigos. Mi familia. Mis amigos. Mi familia. Mis amigos y mi familia. Todo lo que me da Cris, que es todo. Infinitas ganas de pasar una vida alegre y feliz. Y todo esto gracias al cáncer… no esperes a una cosa así para besar el aire que respiras.

 

 

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Una ola de #yomecuro

Eran las 7 de la tarde, las 7 exactas, cuando me ha llegado la primera foto al móvil, vía whatsapp. La segunda a las 19:00.02, la tercera a las 19:00:04… y así sucesivamente, durante unos 30 minutos no han dejado de llegar fotos de amigos, familia, compañeros, con una camiseta puesta en la que se puede leer #yomecuro. ¡¡Más de 200!!

Cristina, mi novia, les había puesto a todos de acuerdo desde hace algunas semanas, con la intención de ayudarme a subir el ánimo cuando estuviera sufriendo los efectos de la quimio. ¡¡Y vaya si lo han conseguido!!

Camisetas, carteles, lo que sea pero todo ha llegado cargado de alegría, de buen humor, de luminosidad. Iban entrando en el móvil componiendo una secuencia que he vivido riendo y llorando, por supuesto. ¿Cómo es posible que haya tanta gente que me quiera así, que me haya dedicado su tiempo para enviarme un deseo tan importante?

El caso es que ahí están, y hoy, de forma organizada y coordinada, me han hecho inmensamente feliz. (Recibo mensajes todos los días, más de los que me da tiempo a contestar, es maravilloso). Todos a la vez, en un mismo impulso sanador, luminoso y alegre para estar a mi lado contra el cáncer. Ha sido media hora de lágrimas emocionadas al recibir tanto cariño. Como acción curativa es espectacular, extraordinaria, no he visto antes nada igual… debería ser recetada, yo la recomiendo absolutamente.

Mis hermanos, cuñados, sobrinos, amigos de Sevilla, amigos de Madrid, sus hijos, compañeros de trabajo, colegas de otras emisoras, compañeros de estudios, amigos de la infancia… todos me dicen #yomecuro, me dicen por tanto que quieren que me cure y me comprometen (lo digo una vez más) con la vida. Me comprometen a resistir al cáncer hasta superarlo y me comprometen a hacerlo con toda la alegría que sea capaz de transmitir. En eso estamos.

¡¡Gracias!!  

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Era otra cosa

Recuerdo cuando me pasaban otras cosas que no eran el cáncer, cuando en mi vida tenía cosas que no eran un cáncer. Tenía pelo en la cabeza y bajo ese pelo bullían simultáneamente decenas de palabras, imágenes y conceptos que se mezclaban y daban saltos hacia una vida muy breve.

Tenía un corazón que hacía algo más que dar las gracias, que sentía agradecimiento  alternado con sentimientos de pasión, entrega, desprecio, egoísmo, suficiencia, admiración, cariño, decepción, envidia, cansancio, ilusión…

Recuerdo venir aquí y  equivocarme, venir y que no viniera nadie, venir y vomitar y dejar aquí los restos, escribir sobre otros, cantar, pintar, hacer versos malos, venir a olvidar y acabar recordando.

Venía solo y salía solo, si acaso cargado de penas que querría haber dejado aquí entre los espejos, venía a ajustar cuentas y salía perdiendo porque aquí solo se venía a perder. Aquí venía a escribir sobre esta vida que ahora me estoy jugando, y al leerme, parece que no me estoy jugando nada. Era mi vida, cuando la tenía, cuando el cáncer no me la había secuestrado. Yo no era un cáncer.

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Un poquito más de cáncer

“Se observan 2 zonas de alteración de señal localizadas en la porción superior del cuerpo vertebral de C7 y en el inferior de D8…  en el contexto clínico del paciente son sugestivas de afectación metastásica”.

Esa es la conclusión de una resonancia que me hicieron el martes. Que tengo un poco más  de cáncer alojado en dos vértebras. Es metástasis, cierto, pero no es una cosa demasiado alarmante y además empiezan a tratarlo con radioterapia inmediatamente. Mi cuerpo lozano está estrechamente vigilado y cualquier alteración fea da la cara enseguida y antes de que se le ponga nombre ya se le ha puesto tratamiento. Por mi parte, a este poquito más de cáncer en dos vértebras pienso tratarlo mal, sin respeto alguno, con desdén para que se vaya con prisa porque, digámoslo con sinceridad, no tenía que haber aparecido.

El cáncer inicial, el de pulmón, ahora parece lejano. Sin embargo las cicatrices están aún tiernas y el dolor de la operación lo soporto gracias a  un variadito de drogas legales con receta. El dos, el tumor en la hipófisis, está siendo bombardeado a diario y me lo imagino próximo a estar cautivo y desarmado mientras las funciones que la hipófisis regula se encuentran en algo parecido a un viaje de fin de curso. Pero en el conjunto todo iba bien, una metástasis está dentro de lo razonable, pero dos… dos no.  Salen dos porque con 50 años se es joven para el cáncer y sale vigoroso.

Mientras… Pues mientras tanto voy cumpliendo mi agenda médica. Cada mañana a las ocho, hierros y máscara en la cabeza para atacar el tumor de la hipófisis. El bocado que he de morder es lo único realmente molesto; respirar así es difícil.  Y cada tres semanas las estrella de tratamiento, el antes y después,la dueña y señora de mi cuerpo durante una semana: la quimio. Estoy a punto de empezar Tercero y me siento más confiado. He calculado incluso qué días empezaré a notar los primeros síntomas perversos, su duración, intensidad… En el fondo sé que no vale de nada y quedaré arrasado como los campos de Napalm. Será una semana tras la que intentaré recomponerme y vivir.

Y mientras ocurre todo ese “mientras”, intento vivir con dignidad y alegría una vida que no quiero, la vida de un enfermo que ha detenido y desplazado su vida, que se encuentra lejos de casa y de sus hijos. Aún así soy un afortunado  pues tengo a mi lado a la familia y a amigos buenos, fieles y  entregados. Entonces me encuentro con que la única reacción que me sale es alegre, positiva y feliz. Yo era así antes del cáncer y celebro que reaccionar como lo he hecho sea una “salida natural” de mi forma de ser. Lo que no me esperaba es a tanta gente que se iba a identificar conmigo y mi #yomecuro. Todos los mensajes son kilos de fuerza, son ejemplos de resistencia y superación, de imaginación, de humor, de perseverancia y optimismo. Me consuela saber que hay tantos como yo, igualitos, solo que yo he salido a contarlo. Pero en realidad somos uno y juntos resistiremos mejor, y juntos, cuando llegue el momento veremos que  el aire se partirá por la mitad cuando gritemos #yomecuro!!!

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Metástasis

Mi cáncer viene peleón. De lo contrario no habría aparecido súbitamente en otro sitio que nada  tiene que ver con el escenario donde debutó.  A ver, que desde la parte de abajo del pulmón, hasta la base del cráneo, hay casi tres cuartas!!!  ¿Qué leches pinta ahí el dichoso cáncer?

Dice mi oncólogo (ya he desarrollado un sentimiento posesivo) que se llama metástasis única. Pero sea lo que sea, la clave es que el término METASTASIS ha entrado y esto cambia sustancialmente las cosas, muchísimo más que el afeitado de la cabeza que me he metido.  El cáncer está ahora en la hipófisis. (Copio-pego: Glándula de secreción interna del organismo que está en la base del cráneo y se encarga de controlar la actividad de otras glándulas y de regular determinadas funciones del cuerpo)

 Yo ya había dibujado mi cáncer, tenía una medida, un peso, un color, una duración… Y resulta que el dibujo no vale para nada porque un cáncer no se puede dibujar, chavalote.

Llegados a este punto, llegados a la  decimonovena línea de este texto, me gustaría tener una ocurrencia simpática, incluso graciosa, un giro de palabras que significara que estoy tan tranquilo, que no pasa nada y tal, que esto lo ganamos y esas cosas,  que el ingenio se mantiene tan intacto como la confianza en una salida airosa de este trance.

Pues no.

Tengo miedo, tanto, que miedo me da decir a qué tengo miedo, pero estoy seguro  de que no hace falta que lo explique. Ese miedo sí que lo podemos dibujar cualquiera de nosotros.
Pero también tengo confianza. Confío absolutamente en los médicos que me están tratando y en los que me van a tratar en esta nueva fase. Confiar me da muchísima seguridad y me endereza. Confío totalmente en las personas que me rodean. Mi “primer círculo” es infatigable, firme, confortable… es cientos de adjetivos positivos. Y como las ondas en el agua, lo que hace ese primer círculo se va repitiendo en círculos sucesivos que se van situando más lejos de mí pero que actúan y yo  lo noto.  Durante los días de Semana Santa he recibido muestras de cariño que dan para escribir un hermosísimo libro. Soy de Sevilla, y allí es algo muy importante pero a la vez es un momento muy íntimo en el que muchos me han tenido presente. No he dejado de preguntarme porqué en medio de ese complejísimo y personalísimo sentimiento que a los sevillanos les proporcionan esos días, un buen número de ellos se han acordado de mí, personas que conozco y maravillosos desconocidos.  Y he llorado, claro, y qué.

Sigo sin tener frío, sin sentirme solo y sin temblar. Sigo siendo positivo y espero contagiar a quien le haga falta. Estoy “reseteando” la situación, porque con la metástasis esto va a ser más largo, más pesado y con nuevos riesgos.

Lo que no cambia es el final, porque me voy a curar.

 

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¿A qué sabe la quimio?

Carboplatino. Esa es la cosa que durante 4 horas  me pusieron hace 10 días en el hospital, con mi vía perfectamente inyectada en una vena de la mano izquierda, entrando en mi cuerpo para acabar con las células malas, las que se reproducen más rápido de lo normal, las del cáncer de pulmón. Lo que pasa es que se llevan por delante algunas cositas más y sobre todo, entra en tu cuerpo y te deja la clara sensación de algo muy terrible: has sido envenenado. (Entonces aquí tarareo canciones que saltan solas… Dicen que tienes veneno en la piel, o  Dame veneno que quiero morir dame veneeeeenoooo) Importante: no he buscado nada sobre el carboplatino en Google, es que no lo he hecho con nada desde que me diagnosticaron el cáncer de pulmón. Y creo que me estoy ahorrando muchos disgustos gratuitos.

La sesión de quimio en sí misma aporta poco, y como he ido nada más que a una, esperaré a tener más material para contar. Pero vamos, fueron 4 horas y salí de allí tan normal,  y tan normal estuve los dos días posteriores pero… al tercer día… al tercer día iba yo sentadito en el AVE y me entraron los fríos sudores de la muerte, qué digo de la muerte, peor,  los fríos sudores de irte como un mirlo por la legdown (pataabajo).

En pocos minutos todo había cambiado. Me encontraba realmente mal, muy mal. Tuve que pedir a mi novia que saliera antes de trabajo para recoger en la estación lo que quedaba de mí… Yo, que había entrado en un vagón de Ave con paso firme, dos horas después salía de ese vagón encorvado, arrastrando los pies y apretando todos mis músculos hacia un mismo punto redondo que no debía relajarse bajo ningún concepto.  (Para los escatológicos, sabed que llegué casa inmaculado)

La quimio sabe a metal frío en la punta de la lengua. Es decir, no sabe a nada pero sabe fatal. A tu lengua solo llega frío y hierro. Envuelve la lengua pero no cala; es como si te pusieran una funda de carboplatino y por tanto nada sabe a lo que es, solo sabe a metal.

El agua fresca, metal. El zumo de naranja recientito, metal. La Cruzcampo (¡La Cruzcampo!), metal. El café con leche, metal. Y así los líquidos que queráis, pero con el gran inconveniente de que  tu cuerpo es ahora una esponja. Tras la quimio, bebo casi un litro de líquido por hora, y cada noche unos 2-3 litros. Y todo me sabe a metal. Cuando termino de beber tengo la misma cara que cuando te ponen un cubata bien cargao y tienes que echarle más refresco.  Afortunadamente no hay problemas para orinar, salvo que voy tantas veces que ya tengo ganas de pintar algo bestia con rotulador en las losillas del baño, no sé tipo… “Agarralá mientras puedas” o “mira a ver si se te ha caído”, pero no creo que sea del agrado de mi santísima madre (por cierto, ella merece un post).

El sabor a metal afecta a líquidos y sólidos y otras cosas que se comen en casa de mi madre. Es bestial, es absoluto, es como si una fábrica de alimentación hubiera desarrollado una línea de productos que sepan todos a lo mismo. Por ejemplo, bollería con sabor a Teja, legumbres sabor teja, carne de teja, pollo de teja, arroz teja con huevos teja y tomate frito de teja con sus papas teja… Todo sabe igual de mal, pero tú tienes que comer.

Tienes que comer, que dentro llevas lo más grande… Pero el estómago se ha cerrado. El hambre no existe ni las ganas de comer tampoco. Hay que hacerlo, necesitas fuerza porque ya vas notando el peor efecto de la quimio: tus fuerzas desaparecen y sientes que tu cuerpo tiene como 98 años. No puedes. No puedes.

A la cama, tumbado, respirando lo justo. No es nada en concreto pero es todo en conjunto, tienes muy mal cuerpo, muy malo. Te pesa. Salen ronchas que pican en la pelvis y en los tobillos. Duelen las articulaciones. La tensión se ha descolocado por primera vez en la vida. Otra pastilla más. Tomo 11 cosas diferentes cada día.  Necesito una listilla para no liarme. Esa lista es de las pocas cosas que leo, porque no tengo la cabeza para leer. Y me da rabia. No tengo ajustada la atención, y además temo que los libros también me sepan a metal.

Porque con la quimio cambia el sabor de las cosas,  pero ahí está lo bueno, no todo sabe a metal.  La “paleta” es ahora muy variada y me está abriendo puertas a sabores que no imaginaba.

Los mensajes de aliento y ánimo que recibo en el móvil saben a galletas recién hechas. Tengo decenas de cajas llenas. Los mensajes a través de Twitter y Facebook me saben a todo, porque llegan de todos los lugares y son sabores desconocidos, como desconocidos son la inmensa mayoría que me dicen “tío, no te conozco pero te vas a curar, o sigue peleando, o yo ya estoy en cuarto de quimio y va todo bien”. Son muchos, no digo la cifra porque me sonrojo y porque en realidad da lo mismo. Pero ese sabor lleno de mil sabores, que hay que pensar bien si uno lo quiere, a mí me encanta. Sobre todo porque parece estar sirviendo  de aliento a otros que están en su respectivos cursos de quimio.

Luego está es sabor de las llamadas que no atiendo porque me falta el resuello; es un sabor algo amargo pero enseguida se diluye entre la seguridad de un buen amigo. El sabor de mi familia, a vino criado en una barrica de la mejor madera, sabor firme e inequívoco, seguro, sabor a una tierna maroma que siempre está cerca. El sabor de mi novia, esencia de la dulzura, y últimamente con brotes de sabor a paciencia. El sabor de los buenos amigos, animando cada minuto, sabe como el primer trago de una cerveza a mediodía.

 Me saben muchas cosas. Pero hay algo extraordinario. Nada me sabe a muerte. A dolor, sí. A sufrimiento, a hartazgo, a impotencia, también. Pero a muerte no me sabe nada de nada.

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Quiero

Quiero dejar dejar el centro y pasar a un lado con poca iluminación.  Quiero que dejen de mirarme, de auscultarme. Quiero no necesitar ayuda y si la necesito, quiero pedirla antes de que me la ofrezcan. Quiero que el teléfono vuelva a sonar poco, quiero que apenas digan mi nombre. Pero no quiero que me olviden entre mis miedos y mis dolores. No sé lo que quiero.

Quiero comer como antes, beber cerveza, conducir, cabrearme por una tontería y me quiero reír como un loco. Quiero que la tristeza no me haga daño, quiero no llorar por casi todo, quiero no tener que dar las gracias todo el rato. Pero no quiero que dejéis de ayudarme. No sé lo que quiero.

Quiero a mis hijos cerca y hablar con ellos sin pensar que es un privilegio. Quiero sentir que me quieres por que me quieres y no por lo que tengo dentro. Quiero no darte ni un poco de pena. Pero no quiero que dejes de pasar tu mano sobre mí. No sé lo que quiero.

Quiero mi vida entera, no el trozo que tengo ahora.

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Esa felicidad

La felicidad, o eso que se le parece, mata.

La felicidad da sed y quita el hambre, enfermas de salud, te peina y te limpia los zapatos.

Esta tranquilidad te quita el sueño, se lleva los silencios de los que nacen las palabras.

Te rompe los huesos, te cierra los ojos, te cura la piel, te mete en casa.

Te pone en una mesa con dos platos y postre, te sirve vino caro y las cuentas empiezan a salir a la primera y te quedas sin cosas que contar.

La felicidad  con alguien es nostalgia de la tristeza, cree pero no crea, dice pero no chilla, y ya no rompe nada.  Dejas de perder, ganas lo que no te vale.

Esta felicidad que mide, pesa, que es como la de tu vecino, que acaba contigo.

 

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Su sitio

Su sito es un sitio lleno colores. Todos los colores, y  todos tienen nombre. Yo estuve y solo fui capaz de nombrar media docena. Su sitio coloreado cambia a menudo de color, porque lo colorea, lo menea, lo estira si toca o lo ensancha si quiere más aire.

Su aire es de color, de colores. Color sonrisa roja, color mirada miel, color palabra blanca, color silencio transparente, color carne-carne, color alma rosa…

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Y te pinta. Entras en su sitio y esa mano poderosa pasa por tu cara y te convierte en una caja de ALPINO. Te hace preguntas de colores que tienen respuestas CARIOCA y tus risas serán la caja grande de MANLEY.

Pinta el suelo que pisas para que camines con rumbo, pinta tu cama para que duermas bien, te pinta las letras para que los poemas sean felices y te pinta el alma de un color secreto, ese que lleva años buscando y que sólo le sale cuando lo extiende por tu corazón.

Me contaron que se había escapado de un cuento, que se hizo una escalera de colores con la penúltima página y saltó porque vio que el final no era feliz.

Entonces se convirtió en un Hada de los Colores. Dicen que desde entonces quiere saltar al principio de otro cuento y que mientras lo intenta -que no es nada fácil- reparte su paleta de colores entre quienes necesitan salir del gris, del marrón y del negro.
Ella es así, y así es su sitio.

 

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El pasillo

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Desde que salí de la última casa donde tenía calor, vivo en en el pasillo de un hotel, como si fuera una camarera de piso. Voy por libre, sin horario ni salario. Arriba, abajo, arriba, abajo… La mayor parte de los días camino y me asomo sin entrar en habitación alguna. Algunas puertas de esos cuartos están abiertas; entonces a veces entro casi sin llamar, casi sin mirar quién hay dentro porque sé que solo voy a deshacer la cama.  Y cuando me voy ya estoy tan lejos que no escucho si cierran con un portazo al ver que he dejado la habitación hecha un desastre.

Otras veces paseo distraído delante de esas puertas abiertas hasta que me invitan a entrar. No siempre lo hago, pero si cruzo el umbral seguramente lleve una flor, una botella de ron y la sonrisa de un vendedor de Thermomix. Si me siento cómodo, tras deshacer la cama esperaré hasta el amanecer para salir, otra vez corriendo, procurando no dejar rastros y con el deseo cierto de no dejar ningún arañazo en la piel. No miro atrás, no quiero recordar nada, solo quiero correr para que en el aire no quede nada de mi, para que mis pasos vuelen y no pueda encontrar el camino de vuelta.

Otras veces, muy pocas veces, me he quedado más tiempo, da igual si la puerta estaba abierta o llamé. He deshecho y hecho la cama, he escuchado la radio, he dormido y despertado, a veces comí, incluso cerré los ojos. Casi estaba allí. Casi.

Porque desde que entré tenía ganas de salir, sentía una fuerza absurda e inevitable empujándome de nuevo al pasillo, arriba y abajo, arriba y abajo, mirando al suelo o cerrando los ojos para no ver la puerta de la habitación tras la que creía que estaba mi casa.

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