Hoy, todavía, siempre.

Mis meses duran 21 días, el tiempo comprendido entre quimio y quimio. Y el año, o una vida, dura 90 días, el tiempo que transcurre entre cada revisión en la que me dicen si el cáncer avanza, retrocede o se ha quedado pasmado ante mis ganas de vivir. En medio de esos hitos tan clavados, pasan los días.

«Hoy es siempre todavía», no se puede mejorar a Machado cuando abro los ojos por las mañanas. Hoy, cada día, es un todavía.

Todavía nadando en un cáncer, todavía vivo. Todavía sin poder vivir, todavía sin morir, todavía caminando mal, todavía con dolor, todavía feliz por ir de un sitio a otro, todavía sintiendo, hablando, escribiendo.

Hoy hago recados y camino alegre, hoy me tomo disciplinado mis medicinas, hoy estoy aquí, hoy estoy vivo, hoy me duele, hoy no tengo dolor y me tomo tres botellines, hoy mi hijo me sujeta para ayudarme a andar, hoy envío sobres con pulseras y esperanza, hoy dejo de pincharme la Heparina, hoy pienso que soy mucho más que un cáncer con un hombre.

Todavía no he vuelto al trabajo en la radio, todavía necesito un micrófono, todavía tengo miedo, todavía estoy fuerte, todavía no pienso en la muerte, todavía me hacen entrevistas, todavía mi  hermana Silvia me manda un mensaje cada mañana, todavía mis amigos gritan #yomecuro, todavía Juanma sigue ingresado, todavía me acuesto después de vestirme, todavía no me acostumbro a sentir cerca la fría hoja de Damocles, todavía me siento bien.

 

Hoy me siento mal, hoy me río, hoy he vuelto a llorar, hoy me han dado un premio que me ha hecho feliz, hoy solo quiero dormir, hoy el pelo ha empezado a caer de nuevo, hoy conozco a 20 mujeres más fuertes y valientes que 2000 hombres, hoy Mª Carmen dice que el cáncer le ha dado la vida y que está buscando su camino, hoy mi madre me llama, hoy Cristina está preocupada, hoy no quiero hablar.

Todavía puedo ocuparme de mis hijos y hacerles reír, todavía creo  que el cáncer me ha hecho mucho bien, todavía escucho la radio, todavía cuento cositas en Twitter, todavía decenas de personas me envían mensajes, todavía no estoy cansado, todavía adoro la vida, la música y pasear al lado del río, todavía me enfado, todavía Cristina me cuida y me da crema en los tobillos, todavía me quiere.

Siempre es hoy porque mañana es como hoy y como ayer. Siempre es por ahora y yo quiero que por ahora dure siempre. Siempre dudando y aprendiendo, siempre me digo que #yomecuro, siempre temo al sufrimiento, siempre vivo, siempre vivo, siempre pensado que quiero ser eterno.

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PREMIO DE LA COMUNICACION DE LA ASOC. DE LA PRENSA DE SEVILLA

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4 de febrero, Día Mundial Contra el Cáncer. #yomecuro

Hoy es el Día Mundial contra el Cáncer, y no es que sea el día de mi santo, pero sí que es una jornada que vivo con intensidad porque es el día de la enfermedad que me llegó hace algo más de un año y que se ha convertido en protagonista de mi vida. Afortunadamente por ahora estoy bien, mejor de lo esperado gracias a la eficacia del tratamiento -muy duro- que he recibido, y afortunadamente también creo que llevo encima mi cáncer de la forma más ligera, positiva y optimista de la que sido capaz. Es el #yomecuro. Por eso hoy me parece adecuado recordar su breve y sencillo mensaje.

#Yomecuro es una actitud, un propósito. No puede ser exactamente una afirmación ya que el cáncer se supera, no se cura. No es una herida que cicatrice, no es un sarampión, no se pasa. Pero eso no quiere decir que te mueras. En absoluto. Hace tiempo que el índice de supervivencia al cáncer es superior al número de fallecimientos, por tanto rompamos con la vieja idea, tenebrosa, terrible, de que CANCER=MUERTE. Ya no.

El cáncer es una enfermedad que no debemos ocultar. Cuántas veces leemos o escuchamos eso de «una larga y penosa enfermedad», o «el bicho» para referirse en conversaciones informales…  Pues se llama cáncer, con todas sus letras, no es vergonzante ni deshonroso padecerlo. Llamarlo por su nombre es el primer paso para hacerle frente.

Tener cáncer es duro, es durísimo. Es muchas cosas, y además distintas para cada uno de los que lo padecemos. Respetando y comprendiendo al máximo la actitud de cada enfermo, #yomecuro invita, en la medida de lo posible, a ser positivo y optimista, a confiar en el tratamiento que nos dan nuestros médicos y en su eficacia. #Yomecuro es intentar que el cáncer no te tumbe en un sillón y te deje pegado a la tele, es intentar seguir haciendo tus cosas con normalidad. #Yomecuro es mantener nuestra sonrisa y la de las personas que nos rodean, especialmente la de quienes nos cuidan. Es ser consciente de que la vida sigue girando a nuestro alrededor y no tiene que detenerse. El cáncer no es un carnet, ni una excusa para ser egoístas.

El cáncer es un tsunami que cambia nuestra vida y la forma de percibirla. #Yomecuro es el propósito de ver las cosas buenas que nos trae el cáncer, porque aunque parezca paradójico, las trae. Recibir el cariño y la ayuda de los demás es un regalo maravilloso, sentimos a los nuestros mucho más cerca y todos coincidimos en que encontramos el verdadero valor de lo que realmente importa y empezamos a «pasar ampliamente» de cosas que antes nos traían de cabeza. Nuestra mirada ha cambiado para siempre.

No hay mucho más, #yomecuro es algo sencillo e incluso puede valer para quienes no tienen cáncer. A mí me funciona, y puedo afirmar que el cáncer me ha hecho mejor persona. Te invito a que lo hagas algo tuyo.

¡¡Gracias!!

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Buenas noches, papá

Puede que sienta más cerca la vida, puede. Puede que sea que la tengo más viva, y que en estos días de frío se haya alejado la muerte a buscar otro calor. Puede ser que me guste tanto vivir, tanto-tanto, que me enoja y entristece que mi cuerpo no me permita saltar de una sonrisa a otra, ni caminar rápido entre decenas de amigos, ni correr detrás de las ilusiones que hace unos meses no quería albergar.

Puede que me den miedo las esperanzas, mirar el  calendario hacia los meses de abajo, la llegada de la primavera y hasta mi Feria de Abril. Puede que mire a mi pelo temiendo que crezca y  que me asuste en ocasiones al escuchar, otra vez tronando, mi propia voz. Puede que me dé pavor no llegar al bautizo de mi ahijado Valentín. Puede que no sea cansancio lo que me acuesta sino recelo a salir a disfrutar del sol. Puede ser.

Puede que cada sesión de quimio sea un clavo al que me agarro, que encuentre confortable el Hospital y que cada pastilla que tomo sea como una dosis de «todo sigue igual». Y es que puede ser, puede, que sentirme mejor me esté llenando de incertidumbres y esté barnizando con laca de miedos todas las ilusiones que el cáncer me quitó hace ya más de un año.

Es miedo a encontrarme bien por si más adelante vuelvo a encontrarme fatal, miedo a creer que me estoy curando, miedo a olvidar que dentro de cuatro semanas un TAC y una Resonancia Magnética serán un tribunal inapelable que dicte cómo están mis metástasis, y si pintan bastos, tendré que volver a parar. Ya no quiero parar pero tengo miedo a todo aquello que me espera si voy a poder seguir.

Qué paradoja… He sido capaz de encajar el peor de los miedos, el miedo a la muerte, y ahora me turba una posible vuelta a mi vida porque no sería capaz de resistir un diagnóstico malo cuando ya me haya instalado de nuevo en la ilusión. Me deslumbra tanto la vida que, convertida ya para mí  en una suerte frágil, tiemblo al ser consciente de que se puede apagar. Porque en este tiempo he visto morir o empeorar a personas como yo, mejores, mucho mejores que yo.

Ese es hoy mi miedo, pero desde hace días mi hija Julia me manda antes de acostarse un mensaje de audio diciendo «buenas noches, papá»  y saca, potente e intacta,  la fuerza que me determinó a acuñar mi lema y ya el de tantos: #yomecuro. Es un resorte que me impulsa,  arrasa con la posibilidad de  instalarme en ese miedo y sin elección me lleva a levantar la vista, a pronunciar de nuevo la palabra «futuro», a querer escuchar esta voz mía por la radio, a ser más valiente y a volver a besar -como ya os dije- el aire que respiramos.

Nada en la vida, y tampoco el cáncer, es blanco o negro, o par o impar. La vida es compleja y claro, el cáncer también. Quizá yo lo tenga más fácil porque yo sé, estoy seguro, que yo me curo.

PD: La ilustración es de @CCornejo21, my girl.
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Las caras del cáncer

El dolor tiene gesto, el miedo tiene manos y a la esperanza le he escuchado la voz. Me gusta cómo camina la ilusión y he visto los ojos de la incertidumbre. Porque yo, al cáncer,  ya le pongo cara. Cuando hablo de la enfermedad, veo caras. Si hablo del día de una revisión, de la salida de una quimio, de cuando el oncólogo tiene algo malo que decirte, o de esperar unos resultados, veo las caras de personas que a lo largo de último año he conocido y como yo, tienen cáncer.

Benito sonreía nervioso, todavía sin pelo, cuando entró a verme mientras yo me daba una quimio de las malas en el Hospital. El médico acababa de decirle que estaba como nuevo. No pudimos darnos un abrazo en nuestro primer encuentro porque yo estaba conectado a la máquina. Su cara, con sus ojos bien abiertos, era la de la prisa por comunicárselo a los suyos, y aún así  el primero en saberlo fui yo. Al día siguiente me escribió diciendo que después de meses con una especie de nebulosa gris, su cabeza estaba limpia y emocionada. Twitter y el #yomecuro han cruzado nuestros caminos.

A Manoli se le ha reproducido el tumor que tiene alojado en el cerebro, me ha escrito pidiendo una ayuda que yo no puedo darle. Su cara es de una mujer asustada porque el ensayo clínico no funciona y ya no la pueden operar.

Marina sonríe, Marina se ríe desde su silla de ruedas, con hidrocefalia y parálisis cerebral.  Su cara es la de la alegría y me remata diciendo que vivir es precioso. Mi cara es de admiración.

José  Manuel no tiene cáncer pero su madre sí. Me habla de ilusión para recorrer el camino que les espera. Su cara es la de la determinación. Como Diego, que hace unas semanas llevó al mar de Almería las cenizas de su padre, como homenaje a quien no perdió la entereza en ningún momento. Gema asegura que nadie es lo suficientemente fuerte como para aguantar esto. Ella lo está aguantando porque aunque ha tenido  mucho miedo, muchísimo,  ya lo ha arrinconado. Su cara es la de la seguridad y la confianza.

Ese miedo está ahora en el rostro de Mónica, quien acaba de recibir la mala noticia de que su cáncer está instalado en el hueso de la frente tras pasar por el pulmón y destruir sus mamas. Está dispuesta a luchar de nuevo pero en su cara hay hastío y pereza al saber la dureza del tratamiento que le espera.

Pepi tiene en la cara el orgullo por su sobrina, dos años con cáncer y demostrando un coraje excepcional. Y Nati con su padre, o Ramiro, que quiere tomarse unas cervezas conmigo para comentar nuestro cáncer de pulmón, y Raquel, está Angel, lo último que supe de él es que estaba en paliativos… Virginia, que ha vuelto a correr pero aún le duele al agacharse con los niños… Y también está, Pepa, Amelia, Ana Belén preocupada por «el amor de su vida», Alberto preocupado por uno de sus huevos, o Paqui preocupada por las reacciones de la gente…

Pilar ha aprendido a llorar sin que la vean, sobre todo su pequeño Julio, su hijo, esperando que lo de la médula salga bien. O Juanma, que es caso aparte (juanmadiaz.es), lleva casi dos meses hospitalizado, grandes dolores, los médicos buscando los caminos y él animando a los suyos y concitando una oleada de apoyos por ser un enfermo ejemplar.

A alguno desgraciadamente le hemos dicho adiós, como Antonio Roales, y quizá alguno más y no nos hemos enterado. Esto es lo que acaba con la épica del cáncer: la derrota, la muerte.

Y por seguir nombrando a algunos… Milena, Manoli, Isabel, Mari Paz, Belén que me da estupendos consejos y ojalá haya podido volver a trabajar, Pedro, Antonio, Elisa, Justi, Lole, José Luis, Juan, Efraín, Chema, Nito, Antonio, Jeanette, Cecilia, Alberto, Mercé, Rosa… Y tanto otros… En Twitter estamos casi 11.000 en torno al #yomecuro. Personas que de una forma u otra tienen o han tenido cerca el cáncer. Por eso ahora, cuando hablo del cáncer, cuando he pedido SALUD al año recién estrenado, ya no pienso tanto en cifras y esas cosas. Hablo y no hace falta que cierre los ojos para que pueda ver  esas caras y esas historias, caras como la mía, historias como la mía, historias de personas que  tenemos la muerte cerca, nosotros, los que queremos VIVIR.

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Hoy hace un año

Hoy hace un año que tengo cáncer. Hoy hace un año que me encontré mal y fui a Urgencias del Hospital Virgen del Rocío y vieron una mancha negra en un pulmón. Hoy hace un año que cambió mi vida.

Como hoy, era el día del Sorteo del Gordo. Uno de los días que más me gusta trabajar en la radio. Pero no me encontraba bien, sentía un dolor en el pecho que subía de intensidad a medida que pasaban las horas y se iban repartiendo millones. En el último tramo del programa, de 13 a 14, el dolor era ya muy intenso. Aun así me fui a comer con Jorge y Humanes, era nuestra comida de Navidad, tres buenos amigos que nos dábamos un homenaje y no quería fallar a pesar de lo mal que me encontraba. Pasé por casa antes de la comida y,  sin saber por qué ni para qué, me llevé un termómetro, algo totalmente inútil en esas circunstancias. Comimos y nos fuimos a tomar una copa. Yo estaba mal. Cristina, mi novia, se sumó al copicheo, así como Ana e Isabel, dos buenas amigas de la radio. No aguanté mucho y Cris insistió en que nos fuéramos a casa. Así lo hicimos.

Pasaron unas cuantas horas de dolor, como si me hubieran dado una patada en el pecho, pero son horas que no recuerdo muy bien. Pasada la media noche le dije a Cris que llamara a una ambulancia que finalmente no vino porque no atendía este tipo de cosas. Entonces cogimos el coche y pusimos rumbo al Hospital. Creo que no pasaron muchas horas -quizá el efecto de un fuerte calmante me ayudó a hacer la espera más liviana- hasta que me vi en la consulta de los médicos, una mujer y un hombre, que tenían en la mano mi radiografía.

 

Pericarditis. Usted sufre una pericarditis, es una inflamación de la membrana que cubre el corazón.

– Vale.

– Pero mire aquí, en la parte baja de su pulmón derecho… ¿ve esta mancha negra?

– La veo. ¿Qué es?

– Nosotros aquí no se lo podemos decir con exactitud, pero podría ser un cáncer. O quizá neumonía. Ya le hemos cerrado una cita urgente con Neumología dentro de tan solo unos días para que los especialistas lo analicen con detenimiento.

– ….

A partir de ahí solo recuerdo la palabra «cáncer» rebotando en mi cerebro y la cara asustada de Cris en el coche regresando a casa. Y mi empeño en no decir nada a nadie. El pecho me seguía doliendo pero mi mente ya no se centraba ahí. «Cáncer, cáncer… o no. Quizá no. Acabo de cumplir 50 años y tengo dos hijos que me necesitan mucho. Quizá no» En el coche también comentamos lo que nos habían dicho en Urgencias, que gracias a la pericarditis la mancha negra había sido descubierta. Bendita pericarditis, eso pienso ahora, pero aquella noche de frío en Sevilla no lo veía así. No sé que veía.

Recuperándome del dolor hice una vida casi normal hasta la cita con la neumóloga días después. Antes de esa cita los médicos vieron mi caso mientras yo estaba en Madrid y se decantaron   por una posible neumonía; de hecho me pusieron un tratamiento. Sin embargo cuando ya estuve frente a la especialista, ésta tardó poco en enviarme inmediatamente a Urgencias del Virgen de Rocío porque allí estaban los aparatos para hacerme las pruebas adecuadas. Yo iba solo. Me hicieron esas pruebas. Cris no tardó en venir. No me daban los resultados y me dejaron allí conectado a unas máquinas. Mandaba mensajes a Jorge y a Humanes que respondían con incredulidad y optimismo. Como era muy probable que me quedara ingresado tuvo que ir a casa a por cosas para mí. Era por la tarde. Mientras Cris iba a Triana a por una muda y esas cosas, el médico responsable de Urgencias me llamó a su despacho. Me veía muy inquieto pero entero y por eso habló conmigo. Fue exquisito, delicado y muy amable. De verdad.

-Valentin, tienes cáncer, cáncer de pulmón, es grave. Lo siento. Tu novia está viniendo. ¿Quieres llamar a alguien? Toma mi móvil.

-Sí, gracias, voy a a llamar a mi hermana mayor, ella también es médico.

En ese momento mis decisiones dejaron de ser totalmente mías. En ese momento comenzó mi resistencia al cáncer. Ha pasado un año, una operación, cuatro metástasis,  41 sesiones de radioterapia, 8 de quimio de la dura, Tacs, resonancias, pruebas de todas clases y el tratamiento está siendo eficaz.

Ha pasado un año. Mi vida ha cambiado como nunca pude imaginar. Convivo con la muerte y con decenas de cosas hermosísimas que no había visto antes. Hago todo lo posible por curarme, recibo cariño a manos llenas y he llegado a la conclusión de que soy un tipo con buena suerte.

Y estoy vivo. VIVO.

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Un poquito menos de cáncer

Más aire, más sonrisa, más voz, la mirada apuntando un poco más lejos y mi caminar despacito, sí, pero con otro swing mucho más vacilón, mucho más yo. Así me siento. Sé que no es un triunfo, que no he ganado nada, que todo es provisional pero me ha cambiado la cara, y a mejor.

Tengo cara de «un poquito menos de cáncer» . Entonces estaba en plena efervescencia de células malignas construyendo las cuatro metástasis que me comían y que ahora se han parado o van remitiendo. Lo dicen los estupendísimos resultados del TAC y de la Resonancia que me hicieron el día 15…  «No se observan claros signos de recidiva local – Disminución de tamaño del nódulo suprarrenal izquierdo –  Mejoría radiológíca respecto a control de RM anterior, con reducción del engrosamiento del tallo hipofisario y lesión intraselar previa. Respecto a control de RM del 3/4/2018 esta mejoría es más clara y evidente»  

Esas palabras escritas en «mediqués» me suenan a pura poesía, a versos que se deslizan con soltura por mi cuerpo iluminando mis venas, a 20 poemas de amor a la vida y una canción esperanzada tras los días de angustiosa espera para un veredicto que me  parecía un cara o cruz. Y ha salido cara.

En estos momentos las cosas marchan bien, qué narices, ¡¡muy-muy bien!! Estos resultados me han dado una carga de ánimo enorme, y aunque sigo con el bajonazo de fuerzas a causa de la retirada de los corticoides, me siento mucho mejor. Reconozco que  unos resultados  negativos me habrían llevado a un punto mucho más débil  para mi resistencia contra el cáncer. No estoy ahora igual que en enero, arrastro tantas horas de dedicación a la enfermedad que pesan tanto…

Y sé que todo es provisional, que en la próxima revisión puede salir la bola negra, y que así será ya el resto de mi vida. Me pregunto si seré capaz de acostumbrarme a saber qué va a ser de mí con una periodicidad totalmente programada, señalando en el calendario fechas en las que sabré si sigo, si me paro, o si retrocedo. Es uno de los cambios que ha llegado para quedarse, uno de tantos. Nunca más seré el de antes, nada ya será como antes pero eso no quiere decir que sea necesariamente peor. Estoy absolutamente dispuesto a hacer que todo lo nuevo sea bueno, a hacerme el dueño de toda la vida que el cáncer no me arrebate. Quiero una vida buena.

 

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La mala cara, la cara mala.

Desde hace más de un mes vivo recorriendo la distancia que hay entre lo que quiero hacer  y lo que puedo hacer. Esa distancia es cada vez más larga y el recorrido de un punto a otro cada vez me deja más cansado. No estoy en un buen momento, no es bueno este largo momento. Pero es pura verdad este jodido momento.

Son cosas del cáncer. Corrijo, cosas de mi cáncer,  que seguramente no tiene nada que ver con el tuyo o el de alguien que conoces. A mí lo que me ha pasado es que me han retirado los corticoides y eso produce como efectos principales una enorme fatiga, debilidad, aturdimiento… y mucho sueño. Aplicado a mi vida real, me levanto, ducha, me visto, y me tengo que acostar porque tengo sueño y vestirme me deja agotado. Entonces duermo un par de horas más, hasta que se levanta el zombi para comer. Como, el careto es para verlo y me acuesto otra vez, a dormir como si volviera de una fiesta de Fin de Año. A las 17 sonará la alarma del móvil, tengo que pincharme la Heparina, ya no sé dónde ni cómo hincar la aguja para que no me  escueza como si me hubieran arrancado uno de los michelines que me sobran. El resto del tiempo, lo que queda de tarde, dependerá de lo que me quede de fuerza, que apenas será nada. Casi no salgo y lloro mucho.

Así desde hace unas seis semanas. No todos los días son tan trapo, menos mal. Con suerte puedo hacer una cosa, pero solo una. Si hago dos, la segunda será sufriendo. No sufro dolor, no es eso, es cansancio, puro cansancio, pura falta de fuerza. Necesito ayuda para casi todo. Me muevo muy lento, camino muy despacio y si puedo iré apoyado en mi acompañante. He descartado algunos recorridos porque en las calles no hay bancos, y quien no me conozca creerá que soy un cristiano devoto porque entro en todas las iglesias que me salen al paso. Siempre me puedo sentar.

No puedo cargar peso. Si me agacho un poco, a sacar algo de lavavajillas por ejemplo, me mareo y se me nubla la vista. No guardo el equilibrio para ponerme los pantalones y tienen que ayudarme a quitármelos. Apenas tengo apetito y como poco, pero no consigo quitarme unos kilos que me sobran al tener medio pulmón menos. Un día a la semana tengo que orinar en un bote, apuntar todo lo que orino y todo lo que bebo. Tomo diez medicinas diferentes cada día, además de otras cosas que llevo para el dolor. Han pasado 8 meses desde que me operaron y todavía me duele.  Tengo entumecidas parte de las manos y las plantas de los pies. Cosas de la quimioterapia, que me sigo dando cada 21 días. El pelo, ahí va… lento. Las articulaciones  doblan como si fuera un señor mayor. Tengo 51 años y me siento dependiente.

Con este plan, me estoy perdiendo muchas cosas.  El cáncer me las quita. Le pegué un buen empujón al dichoso plazo que me marcaba para volver a la radio, a trabajar. No tengo ni idea sobre cuándo podré volver, ahora sería imposible. Y cada día, cada semana, pierdo oportunidades para estar con mis hijos. Quedo a una hora para verles y tengo que llamar diciendo que no puedo levantarme. Me ha pasado varias veces. Ya lo sabes, eso es lo peor de esto. Creí que estar cerca de ellos cambiaría todo y resulta que no puedo.

Me pregunto si estoy perdiendo. Perder entendido como dejar de tener lo que tenía o lo que buscaba, no en el sentido de derrota, porque lo que tiene que ver estrictamente con mi resistencia contra el cáncer parece que va bien. De todas formas el día 15 me hacen las pruebas que señalarán si las metástasis siguen en retroceso o hay alguna mala novedad. Por tanto el miedo  ya ronda mi casa.

Terminé el tratamiento previsto por los médicos y en lugar de descansar me siento peor. Creo que es por no tener en mi día a día la quimio, radio, y consultas a mogollón que me daban la sensación de pelear. Entonces el cáncer se ha convertido en una especie de absoluto y sin hacer ruido, distraído por la propia enfermedad, me voy perdiendo cosas y alejando de personas.  Sé que no estoy perdiendo puntos en mi resistencia, que el bajonazo físico que me arrastra es metabólico y nada tiene que ver con mi cáncer. Tengo que aguantar y lo haré apoyado por los que no se han movido de mi lado: Cris, mi familia, mis amigos, mis compañeros y miles de desconocidos que me alientan. Me han dado dos premios, dentro de poco me dan otro, todos ellos me comprometen aún más con mi propósito de curarme. Sigo regalando las pulseras del #yomecuro, no las vendo para mandar dinero a ninguna fundación.

El cáncer me está dañando pero no me va a ganar. Hoy  toca volver a mostrar ese lado donde la sonrisa es una rareza. Ya me gustaría escribir otra clase de texto, pero me comprometí a contaros lo que ocurriera y a mantener el optimismo, a subrayar cada mañana el #yomecuro. Sigo convencido de ello pero tengo que pasar por esta fase que está en medio del camino hacia la superación de la enfermedad. El cáncer es una bomba. Yo voy a vivir.

 

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Viejecito temporal

Como un viejecito. Así camino muchas veces ahora. Y si no es como un viejecito, poco menos. Tengo un estado de cansancio permanente combinado con unas ganas continuas de dormir. Pero de dormir-dormir, nada echarme en un sofá. Vaya plan…

Por lo que me dicen mis superoncólogos (qué grandes son) se debe a que estoy dejando de tomar los corticoides. Eso es, sumado a la paliza de 10 meses de tratamiento, lo que está detrás de este nuevo estado físico en el que me encuentro. Y no se pasa en dos días…

¿Y ahora? Pues lo mismo, idéntica receta que anteriormente. Seguir afrontando lo que venga con optimismo y alegría, aunque sea duro. Me lo tomo como una fase más de las que me va trayendo el cáncer, como cuando he estado inmerso en la quimio o en la radioterapia, o anteriormente en la operación… ¿Ahora toca esto? Pues a por ello… Si me cuesta caminar, caminaré todos los días hasta que no me cueste, y vuelvo al gimnasio para ganar músculo y… perder peso. ¡Qué trabajo cuesta eso! Nunca antes me había visto en la necesidad de quitarme kilos, y es muy difícil. Me sobran unos 8 kilos y me faltan camisas y pantalones donde quepa. Además los corticoides hinchan y tengo una cara de papa tremenda… Parezco un cantaor de los antiguos.

Mientras tanto, a ver qué truco se me ocurre para no quedarme dormido por las esquinas. Hoy mi amiga y «prescriptora»  Pepa me ha dicho que lo mejor es echarse a andar pero por donde haya bares, para poder parar… no sé yo…

Lo más complicado de todo esto es que hay que seguir retrasando mi reincorporación a la vida normal, al trabajo fundamentalmente, porque así es imposible ir a la radio y hacer lo que tenga que hacer. Una nueva patada a esos plazos que uno, inevitablemente, se pone para ver cuándo dejará de verse como un enfermo. Aunque hace tiempo que aprendí que los plazos no valen para nada, creo que es normal que tenga cierta prisa en ver cumplidas mis ilusiones.

En cualquier caso, no se me olvida en ningún momento que esto que me pasa no es nada, que podrían estarme pasando cosas muchísimo peores, que mi cáncer está reduciéndose y mi vida aumentando. Son problemas menores que hace solo unos meses eran un sueño.

Y ahora poquito a poco,  que los «viejecitos temporales» tenemos que ir despacito…

 

 

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Ahora

Aprender a tocar la batería. Comprarme un monopatín eléctrico. Hacer el Camino de Santiago. Escribir más. Escribir mejor. Grabar podcasts. Cambiar el sofá rojo. Adelgazar 10 kilos. Más tiempo con los niños. Volver al gimnasio con ellos. Comer mejor. Dar más veces las gracias. Apuntarme a escritura creativa. Y a bailar sevillanas, que ya me vale. Ir a Galicia y más veces al mar. Dejar de planchar. Diseñar camisetas. Leer. Escribir poemas. Pintar. Pintar la casa. Respirar mejor. Explorar la música. Los tangos. Recuperarme.

Ir a Lebrija. Deshacerme del coche. Dormir. Cocinar más.  Ver alguna serie de TV. Comprar una planta para la casa. Escanear las fotos. Cantar bajo la lluvia. Volver a la radio. Hacer mejor radio. Dejar que el pelo crezca. Pisar un hospital lo menos posible. Limpiar la agenda de contactos. Reducir la medicación para el dolor. Preparar charlas. Preguntar más. Ordenar y limpiar la casa.  Buscar la risa. Un voluntariado. UN fin de semana en Granada. Estudiarme el móvil nuevo. Pensar mucho. Vivir más despacio, vivir menos seguro. Vivir. Vivir. Vivir…

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Y a partir de aquí, y al día siguiente de escribir la lista anterior, voy añadiendo las sugerencias que me están haciendo a través de Twitter:

Viajar. Ir a una Discotaku. Hacer el Camino de Santiago. Ir a tomar a La Moderna, en Jerez. Tomar chicharones de la calle Feria. Vivir. Ser feliz. Hacer deporte. Hacerme representante de futbolistas. Disfrutar. Comprar un telescopio. Disfrutar de lo ordinario y de lo extraordinario. Abrazar más. Escribir un libro. Tener el valor de ser uno mismo. Disfrutar. Volver a la radio. Hacer un programa de discos dedicados. Cervecita en el Tendido 11. Leer o releer Guerra y Paz, Machado. Oír cantar a los pájaros. Dejarte la melena y hacerte trenzas. Seguir adelante. Disfrutar de ti, de la vida y de los tuyos. Vivir en paz. Servirse, beneficiarse, rendir, poseer, usar, gozar, deleitarse, regocijarse, divertirse, solazarse. expansionarse, entretenerse, evadirse, recrearse,… VIVIR!!. Hacer mucho el amor. «VIVIR Y DISFRUTAR. Hacerle un banquete a personas que no tengan que comer, irte un dia a un spa y que te den masajes..que te hagan manicure y pedicure. Oler diferentes especias…y sentir al tacto sus texturas. Echar vinos, quesos y una buena conversa con amigos. Saborear media de manzanilla fresquita y media de jamón en el bar Las Palomas, en Sanlúcar de Barrameda. Sonríe, sonríe mucho. Dejar que te cuiden. Unas cervecitas con tu chica los viernes por la tarde. Respira hondo,mira hacia delante y vive!. Unos días a solas con tu madre, sin nadie más, relajados.  Un día en Bolonia (Cádiz), independientemente de la estación del año, y recrearse con el atardecer mientras escuchas el rumor del mar. Tírate por la rampa del Salvador, túmbate en una azotea a ver las estrellas, vuelve a ser niño. Escucha las canciones que te levantan la dermis, cántalas. Abraza, observa la vida pasar desde el velador de un buen bar, báñate en el mar lloviendo… Fotografía, mucha fotografía. Tu familia, tus lugares. Pero, sobre todo, tu punto de vista a través de la imagen. Quererte mucho y dar gracias a la vida. Un Scape Room. Jugar a Rodeo Stampede en el móvil. Apuntarte a Kick Boxing. Yo que tu me iria a El Palmar. Hacer Pilates , pasear por la orilla del mar, salir con amigos,iniciar algún aprendizaje. Comprate una autocaravana. Querer y dejarse querer, cantar por Zenet, reír, reír más.. ah! Y ser Desorganizao Puro. Yoga, meditación, reír a carcajadas, montañismo, estudiar, aprender otro idioma… VIVIR.  Vente pa Cai. Na vegar. Escuchar músiva indie española. Amar simplemente amar. Amar a la vida, a los amigos, a los desconocidos, a la felicidad. Tomar un vermut a mediodía en el Parque de María Luisa.  Indudablemente paseos playeros. Comerte un chuletón de buey de medio kilo con un buen vino en compañía de un puñado de buenos amigos. Ir juntos a Vejer. Ver amanecer desde la playa amarilla (Isla del fraile, Aguilas/Murcia). Venirte conmigo a desayunar chocolate con churros. Seguir ayudando a tantos, enfermos de salud y soledad, como hasta ahora…y comer más gambas. Ir al mercado tradicional y comprar al día te obliga primero a salir y a relacionarte con el vecindario. Volver a la rutina, bendita rutina. Ir al Caminito del Rey.  Dejarte llevar por tu corazón y hacer lo que realmente quieras sin pensar en lo que tú crees que los demás quieren de ti. Escribe un libro, escribe y cuéntalo.

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