Nueva experiencia

Quinto día consecutivo con los niños en casa. Vida normal, vida de padre soltero. Ellos van a un campus de verano mientras yo trabajo. He contratado a una amiga (magnífica) para que les lleve, y yo les recojo cuando salen. No paro de hacer comidas, meriendas, cenas, compras juegos, vestir, duchar, fregar, lavadoras, limpiar, ordenar, planchar, regañar… No paro, como de pie y a estas horas tengo los primeros minutos para mí.
Por delante otros cuatro días de lo mismo, que harán que haya vivido una de las semanas más largas, deliciosas y enriquecedoras que podría tener.
Ahora comprendo mejor a las madres, por su esfuerzo, y al mismo tiempo me siento muy cerca de los padres que luchan por estar con sus hijos más allá de unas horas entre semana y fines de semana alternos.
Sé que esto está lleno de matices y que no hay dos casos iguales. Pero en mi caso ,que dejé lo que mas quería por quien más querré, celebro que lo que antes era un problema sea ahora una maravillosa solución.
Eso sí, tengo que ampliar mi repertorio de cocina.

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Ahora pinto.

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Luna de un San Juan

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Está bonito…

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“Mi mejor madre del mundo”

Podría haber escrito sobre mi madre cualquier día, pero hoy desde bien temprano  y por ser el Dia de la Madre,  mi Facebook y Twitter se han llenado de testimonios de amigos llenos de cariño. En esas líneas he observado dos cosas en común: que para todos su madre es la mejor del mundo, (hecho científicamente imposible hasta que algún programa de TV lo mida), y que las madres, cada madre, tienen un valor infinito y único.
Es por tanto muy064_4 probable que lo que diga sobre la mía, sobre Blanca, también esté tiznado de esos sentimientos. Pero mi punto de partida no va a a ser mi madre hoy, una mujer de 78 años.  No, yo voy a escribir sobre esa mujer de la foto, que tenía 23 años, estaba recién casada, acababa de dejar su Granada de toda la vida y vivía en New York. Era el año 1960.
Esa mujer, cuando fue fotografiada por mi padre, no sabía que se quedaría embarazada poco después y que regresarían a España, a Madrid, para establecerse definitivamente.
No sabía que durante la siguiente década tendría seis hijos y que su marido, mi padre, estaría poco en casa. Que cualquier aspiración profesional que tuviera quedaría enterrada bajo pañales, comidas, trajecitos y pantalones cortos. Que iba a tardar años en volver a dormir tres o cuatro horas seguidas, que iba a enseñarnos a leer y a jugar, y que lo iba a hacer tan bien que décadas después sus seis hijos estudiarían carreras universitarias a las que ella no pudo acceder, compensándolo con una voracidad lectora que ya la quisiera yo para mí.
Blanca no sabía que España iba a cambiar, y que la educación que recibió ya no serviría para andar por la calle, qué digo la calle, para estar en casa… Que sus hijos iban a tener otras ideas políticas, otras formas de formar una familia, que incluso desharían familias ya hechas, que las madres de sus 13 nietos no serían madres como ella… No sabía en definitiva, que nada de lo que le habían contado, que nada de lo que podía intuir, se parecería ni de lejos a lo que en su día a día, noche a noche, iba a tener que afrontar.
Han pasado 55 años de esa mujer. No tiene sentido contar aquí cuántas cosas le/nos han pasado. Miles, y algunas muy difíciles. Con seis hijos, os podéis imaginar…
Lo que he venido a decir es que todo, todo eso que ha pasado, en cada una de las situaciones, quien mejor se ha adaptado es ella. Quien menos problemas ha puesto al mundo que iba llegando es ella. Quien ha tenido las manos, la casa y el corazón abierto es ella. Ella, y miles como ella, son las que hicieron la famosa Transición española, pero como no la hicieron en las Cortes sino cortando pantalones, no salen en la foto. Pues aquí va la foto de una, de Blanca Sandoval, “mi mejor madre del mundo”.

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No tengo casa

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Volar

Una tarde mirará al sol sobre el mar prohibido y dejará de volar en dirección contraria. Preferirá un paraíso solo a un infierno para dos. Atrás será un lugar lejano donde una sombra deambulará abandonada, pisando fuerte en un círculo eterno alrededor de su propio centro, incapaz de llegar a otro sitio.
Entonces podrá empezar a tener recuerdos nuevos. Podrá besar con los ojos cerrados y notar el calor de otra piel.  Podrá usar palabras nuevas y palabras olvidadas.  Podrá sentir de nuevo el orgullo, y podrá dormir.

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Día no día

Hay días que, si te vienen así, no deberían existir. Que los demás los disfruten, que se rían y bailen, pero si tú no puedes estar, que te lo quiten del calendario.
Que sea un día de otro mes y no de éste, en un lugar lejano y no a tu lado, que su ruido no te suene, que su color no te deslumbre y que su aire sople donde su día sea tu noche.
Porque esos días tienen sus marcas sus ritos, sus espacios, tejidos entre familias, amigos, vecinos, compañeros… Y un alguien.
Y en esta tierra mía, tierra de vísperas, el recorrido hasta el día en cuestión es un camino que se hace sonriendo, se anticipa y se pregona, empieza a tener sabor tiempo atrás y es, por cierto, el sabor más rico.
Por tanto, esos días no tienen término medio y o son, o no lo son. Hoy es uno de ellos y para mí no lo es. Tengo al lado de casa las puertas del cielo y una entrada, pero no voy. Bailaré la sintonía de Anatomía de Grey, alzaré el vaso de Espidifén y me apoyaré en la barra de al almohada para pedir un plato de sueños.
Que me pongan una de salir de casa en la Vespa , otra de dar un beso bajo 200.000 bombillas, otra de ver iluminada a la mujer más bella, para ir terminando quiero una de bailar con los ojos clavados pensando en volver a casa, y de postre, poner en sus hombros mi chaqueta con el clavel rojo que me colocó con sus dedos largos al entrar. No me cobre mucho, que el precio de este sueño es alto, que pago mucho por las mentiras que me creo y por los días que no tendrían que existir. Y se me agota el fondo.

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Dia Internacional del beso

Iba a escribir sobre besos,
pero no puedo,
porque de entre esos besos
miles que he dado, uno.
Solo uno.

Por eso es sobre un beso si escribo,
y no sobre los besos
largos, tan cortos,
tan primeros, tan últimos,
tan baratos, tan caros.
Ese beso, como beso
no era un gran beso.

Era medio dado y medio robado,
mitad accidente y mitad deliberado,
que no era un beso entero,
que no se mordían los labios,
que las lenguas no salían
ni los ojos se entornaron,
un beso que no era de frente
sino  más bien beso de lado.

Y besaba rapidito,
evitando ser pillado,
y entonces en un instante,
los finales de los labios,
el final dos sonrisas,
donde el labio se ha acabado,
ahí se tocaban las bocas,
que más sería pecado,
y yo me iba andandito
con el corazón desbocado.
Vaya beso…

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Lost

En un pasillo a oscuras.
Bucear sin gafas.
Sin gafas de sol al sol.
Con auriculares en el tren.
Recién llegado al aeropuerto de Tokyo.
Estrenar sistema operativo.
Buscar el baño en El Corte Inglés.
Pinchar en la carretera.
Ser nuevo.
Olvidar el camino de vuelta.
Tocar un arma.
La nevera un lunes.
Whisky en lugar de Ron.
Parado en un ascensor bloqueado.
Elegir una camisa.
Sin voz.
Un domingo entero.

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